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América Latina, entre el absolutismo y la anarquía

Por: Carlos Sabino - Dic 9, 2014, 3:29 pm

EnglishCinco países de América Latina poseen hoy sistemas políticos que podrían llamarse absolutistas: Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia. En ellos no existe en la práctica división de poderes, pues en cada uno el organismo electoral está por completo en control del Ejecutivo. El Legislativo es un conjunto dócil de diputados que se somete a la voluntad del presidente; el Judicial no es independiente y recibe fuertes presiones de un Ejecutivo en manos de un presidente que puede reelegirse indefinidamente.

El presidente es así el único poder político real, lo que recuerda al dominio de los caudillos que en épocas pasadas gobernaron dictatorialmente a casi todos nuestros pueblos.

En el resto de América Latina tenemos, por contrapartida, Gobiernos que deben calificarse como débiles, que se ocupan más de satisfacer demandas sociales que de cumplir con la función básica de proporcionar seguridad a los ciudadanos, la tarea primordial a la que no puede renunciar ningún Estado, pues de otro modo deja de ser el depositario del resguardo del orden nacional.

En estos casos el poder judicial, aunque más o menos independiente, es además burocrático y lento, plagado de formalidades, volcado más a la protección de los derechos de los acusados que de las víctimas, siguiendo un llamado garantismo penal que provoca profundo malestar en muchas poblaciones. La policía, a veces ineficaz o corrupta, no alcanza a garantizar el orden y reprimir la delincuencia: vemos así episodios terribles en los que poblaciones rurales se toman la justicia por su propia mano, cárceles donde los delincuentes siguen dirigiendo sus bandas criminales y, en general, un aumento de las tasas de homicidios y una creciente inseguridad.

Algunos de los países mencionados en el párrafo anterior, que tienen Gobiernos de tipo absolutista, se caracterizan también por este desborde criminal que mantiene en zozobra a la ciudadanía. Venezuela, como es sabido, marcha a la cabeza de esta triste lista.

Si hemos dividido a las naciones latinoamericanas en estos dos grandes grupos, simplificando tal vez un poco las cosas, es porque queremos destacar las profundas carencias que en todos los casos presentan los sistemas políticos actuales.

Tenemos estos Gobiernos democráticos pero débiles que se someten a las presiones de grupos bien organizados de activistas y organizaciones no gubernamentales, que adoptan la agenda de los donantes internacionales; no garantizan los derechos de quienes invierten en el país, pues a la inseguridad que se vive hay que agregar la inseguridad jurídica de países donde, en cualquier momento, se aumentan los impuestos o se establecen regulaciones que perjudican a las empresas privadas, especialmente a las más pequeñas.

Tenemos por otra parte Gobiernos absolutistas que son dictaduras o marchan hacia alguna forma de despotismo, pero que ejercen su poder no para resolver los problemas de sus países sino para beneficiar a un presidente que gobierna sin oposición real y distribuye prebendas y privilegios entre sus seguidores.

La situación de la región, por todo esto, recuerda las carencias institucionales que sufrimos durante buena parte de los siglos pasados, un péndulo que oscila entre el poder personal y la democracia, pero una democracia que resulta inefectiva y débil, frágil en su protección a las libertades ante las amenazas de los autoritarismos de todo tipo. Y aún peor: en épocas pasadas muchas de estas dictaduras realizaron importantes obras, se enfrentaron a enemigos de la nación y, en fin, realizaron la tarea de construir un Estado moderno donde todavía no lo había.

Hoy, en cambio, personajes como Hugo Chávez o los hermanos Castro parecen empeñados en destruir todo lo existente, desde los valores republicanos hasta la misma infraestructura física que tan necesaria resulta para el bienestar de todos.

Lo que América Latina necesita hoy no son más ayudas sociales ni diálogos con grupos minúsculos que no respetan las leyes y se arrogan la representación de la voluntad popular. Tampoco necesita más impuestos que, en definitiva, solo alimentan la burocracia y la corrupción. Lo que necesitamos son Gobiernos limitados en sus funciones pero fuertes para hacer respetar la ley, que garanticen el orden y seguridad a todos, que no se rodeen del boato de las monarquías pasadas sino que actúen con eficiencia y con sencillez.

De otro modo seguiremos, como ahora, avanzando hacia crisis políticas que impiden nuestro crecimiento y pueden derivar en diversas formas de violencia u opresión.

Carlos Sabino Carlos Sabino

Sociólogo, escritor y profesor universitario, Sabino es director de programas de máster y doctorado en Historia de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Siguelo @Sabino2324