De 1945 a 2019, de Rómulo a Guaidó

A diferencia de 1945, tenemos una clase política que simplemente no quiere la toma del poder, sino servirse de quienes lo tienen

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Busto del expresidente y novelista venezolano Rómulo Gallegos en Washington, Estados Unidos (Foto: Flickr)

El chavismo, asociación criminal que se hizo con el Estado para mantener secuestrada a la nación, está derrotada en todos los escenarios, menos en el escenario militar.

A pesar de ese detalle, para nada menor, allí sigue en el poder.

En 1945, el régimen imperante era conformado por una casta militar, regional y política, atada al incipiente rentismo petrolero usado para construir hegemonía política. Una marca nacional: usar la renta del petróleo para, desde el ejercicio del poder, distribuirla en función de lograr las adhesiones políticas que permitieran al distribuidor permanecer en el poder, hegemónicamente.

Esa máxima de la praxis política venezolana se ha mantenido invariable desde Gómez hasta el día de hoy. No hemos superado esa práctica ni tenemos la más mínima intención de hacerlo.

Por eso, Gómez y los postgomecistas se mantuvieron mientras pudieron. Por eso, quienes buscaban sustituirlos, lográndolo de hecho, tenían como base de su queja el hecho petrolero y la renta, la situación económica de las Fuerzas Armadas en cuanto a salarios y acceso a prebendas como ascensos y administración.

A la clase política le molestaba que la renta fuese utilizada para dejarlos por fuera del reparto. A la clase militar le molestaba no tener acceso a esa renta, en la magnitud deseada y en el momento que requerían.

La toma del poder en Venezuela es una excusa: no es el poder lo que quieren, sino la renta a la que ese poder permite tener acceso. Y así, siempre se inicia un círculo casi sin fin: plantear un cambio de mando, tomar el poder, convertirse en el distribuidor de la renta y simultáneamente (y gracias a esa distribución) empezar a construir una hegemonía política que, a la larga, se desgasta. Y al desgastarse, empieza a ser atacada por grupos civiles y militares, o cívico-militares, para ser desplazados del poder. Ahí, sucede alguna de las dos cosas posibles: 1, que el distribuidor de la renta desde el poder sea desplazado por otros que harán lo mismo o 2, que pacten, se repartan la renta mejor y todos contentos, por unos años más, hasta que surja otro factor civil, militar o cívico-militar dispuesto a desplazarlos.

Ese es el resumen de la comparación que hoy, 18 de octubre de 2019, planteo a propósito de aquel 18 de octubre de 1945. Ayer, un factor cívico-militar, sobrevenido y a las trancas y barrancas construido, desplazó del poder a la hegemonía rentista establecida. En el proceso actual, lo cívico está intentando desplazar a lo militar, sin tener un factor militar a su lado que sea decisivo o al menos con poder de fuego real. Su intención obvia no es desplazar al distribuidor de la renta, sino pactar con él un mejor reparto. En eso radica toda la diferencia.

Revisar la historia, nos da más datos.

Perejimenistas y romuleros negando lo evidente

En el festival de estupideces usado para revisar la actualidad política en Venezuela, podemos observar a disminuidos del intelecto haciéndose pasar por «derechistas» o «liberales» o «libertarios» con el único objetivo de gritarle al mundo que ellos si son más antichavistas que todos los demás. En ese coitus interruptus de filosofía política, es esencial para los implicados decir que Pérez Jiménez era el mejor presidente de la historia, que Betancourt es el papá de Chávez y que además los malditos adecos fueron capaces de sacar del poder a Medina Angarita, un santo varón virgen y mártir que jamás cometió un desafuero, hasta el punto que debería ser beatificado primero que José Gregorio Hernández.

Falencias del argumento: no se puede ser perejimenista y al mismo tiempo lamentar el derrocamiento de Medina, pues fue Pérez Jiménez junto a sus compañeros de logia militar, todos alumnos de Medina, quienes traicionaron a su maestro y jefe organizando un golpe de estado para el cual buscaron el respaldo político de Betancourt y su partido. En segundo lugar, si Medina era tan buen mandatario, debieron Pérez Jiménez y los demás felones devolverlo al poder en 1948 cuando, traicionando su palabra una vez más, derrocaron a Gallegos. ¿Por qué en vez de devolver al poder al bueno de Medina Angarita, virgen y mártir, se dedicaron a conjurarse entre ellos para imponer primero a Delgado Chalbaud, matarlo después, imponer a un títere como Suárez Flamerich y volver a imponer por encima de la ley y de la voluntad popular a Pérez Jiménez? En tres oportunidades distintas tuvieron la oportunidad de enmendar su «error» de 1945: en 1948 al derrocar a Gallegos, en 1950 al asesinar a Delgado y en 1952 al perder las elecciones a la Constituyente que ganó de calle y sin dudas Jóvito Villalba.

Los adecos, y muy especialmente los romuleros, son capaces de negar que el golpe de 1945 haya sido un golpe. Los adecos de hoy, triste y patético género de lisiados mentales estructurales, dependientes argumentales de las palabrejas que pueda de vez en cuando regurgitar Ramos Allup, nada pueden decir del asunto porque obviamente si tuviesen cerebro para entender la historia, ya no militarían en AD. Y en eso hablo con propiedad.

Pero los romuleros, que no necesariamente son militantes adecos ni dirigentes de partido, son los que realmente tienen cómo debatir al respecto. La gran mayoría cae en la tontería de negar el carácter golpista del proceso de 1945 y su necesaria reivindicación. Si AD volviese a ser un partido como ese, yo no tendría ningún problema en volverme a poner la guayabera blanca. El doctor Tejera París, en larga conversación sostenida en su casa, me dijo que en efecto, ser adeco de verdad, era ser golpista cuando una tiranía estaba atravesada. Lo contrario, era ser aquiescente, acomodaticio y rastracuero.

Pero son capaces, además de negar el carácter golpista del 18 de octubre de 1945, de negar el carácter cívico militar del mismo. Son capaces de negar que ese Betancourt al que se afanan en achacarle la paternidad de la democracia, no tuvo problemas en aliarse con un militar andino, putañero, ladrón y traidor como Pérez Jiménez.

Los perejimenistas se defecan en el alma de Betancourt. Los romuleros se defecan en el alma de Pérez Jiménez. Y entre sus despojos sépticos, ninguno acepta lo básico: los adecos y los militares se aliaron en 1945 para quitar del medio a los postgomecistas repartidores de renta, para hacerse con el poder que les permitiría a ellos repartir esa renta. En el proceso, obviamente, chocaron los planes: la hegemonía que se empezó a construir, con el recurso manido, demagógico y populista de poner a votar a un pueblo analfabeta para que escogiera a quienes le daban el derecho al voto, quienes a cambio les dejarían caer lo que del usufructo de la renta permitiera. Y el otro plan, el continuar con el arbitraje militar de la sociedad venezolana, pero con actores distintos a los del ancien régime.

De más está decir que, en principio, ganaron los que buscaban el pacto. Pero al final, la demagogia siempre es capaz de regresar por sus fueros. Y de eso se trató la democracia rentista del período 1958-1998. Pero ese ya es otro tema.

Del provisorio Betancourt al interino Guaidó

Si yo fuese un guaidolover de esos que anidan en cierto canal mayamero y en ciertos medios digitales multienchufe propiedad de boliburgueses, me dedicaría acá a hablar de las coincidencias entre Betancourt y Guaidó. Diría que ambos formaron parte de una generación de líderes estudiantiles que le salió al paso a una tiranía, que se pusieron a la cabeza de un movimiento popular para llegar al poder y expulsar a una casta gobernante.

Pero esa comparación es más que imposible. Para empezar, a la generación del 28 no la inventaron en un canal de televisión ni las mandaron a pelarse las nalgas frente a las cámaras en medio de la autopista. Sus líderes se dedicaron a hacer política, a construir partidos y a tomar el poder. No buscaban pactar con una tiranía, sino que le declararon la guerra hasta borrarla del mapa.

Betancourt y la dirigencia de su partido entendieron que salir del régimen postgomecista debía hacerse por la fuerza o simplemente no se haría. Puesto ante la disyuntiva entre patearle la mesa al régimen y pactar prebendas para «convivir» con ese régimen, decidió pactar con los militares. Guaidó, en cambio, ha decidido junto a ese clase política moralmente subalterna e históricamente cómplice, entregarse a la búsqueda del pacto, de la cohabitación y del reclamo de mejor reparto de la renta.

Guaidó está a la cabeza de un grupo de lambucios ávidos de renta. Y solo eso buscan. Por esa razón, desde hace años, por boca de Rosales o de Capriles o de Falcón o del propio Guaidó, hablan de «mejorar las misiones», porque «no son malas, sino que están mal aplicadas». No hablan de eliminar controles a la economía, sino de «hacer al Estado más eficiente». Eficiente con papanatas olímpicos como José Guerra, reo de bastardía política capaz de haber saboteado el acto de privatización de la CANTV en 1991 y andar hoy hablando de privatización, como si nada.

Es esa clase política que fue capaz de tener un candidato presidencial que decía que le gustaba el socialismo del corrupto contumaz de Lula Da Silva. Esa clase política que le abrió las puertas —y las piernas, además— a esbirros como Rodríguez Torres o Luisa Ortega. Esa clase política que fue capaz de poner a la cabeza del parlamento a un connotado corrupto de ayer y hoy como Henry Ramos Allup.

¿Qué podemos comparar? Podemos decir que los políticos y militares que se alzaron el 18 de octubre de 1945 solo fueron a ver juegos de beisbol después que tomaron el poder, no antes. Podemos decir además que no le tuvieron miedo a montarse en la salida armada, ante la carencia de vías distintas para la toma total del poder.

Esta clase actual, repito, solo busca el pacto. La mejora del reparto. Que se distribuya mejor la renta que se les escurrió de un tiempo para acá, testaferros mediante.

Que se distribuya mejor la cajita del CLAP, que se repartan mejor los dólares preferenciales, que se reparta mejor el Arco Minero.

Y mucho más importante: que por ninguna razón se busque una ruptura vía armada, que obligue a una alianza con un sector militar comprometido con el cambio, que nos cueste el trago amargo de construir un nuevo Ejército, desde el exilio, para restablecer la república. Eso es mucho trabajo para una clase política llena de bachilleres como Stalin, Pizarro o Paparoni.

A diferencia del 45, tenemos una clase política que simplemente no quiere la toma del poder, sino servirse de quienes lo tienen. Es una especie de maldición: frente a un reto militar, no tenemos militares sino políticos rentistas. Necesitando al Betancourt y al Pérez Jiménez de 1945, tenemos a unos Guaidó, Stalin o Timoteos a granel.

Y lo peor: no tenemos ni a un Medina derrocable ni a un Pérez Jiménez derrocador.

Siendo así, habrá que establecer que en Venezuela la historia sí se repite primero como tragedia y luego como farsa. Con el añadido de que nuestros farsantes son capaces de causar, cada vez, aún más tragedias.

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