Las momias

Las momias seguirán representando perfecto al comunismo: una cara reluciente que esconde la putrefacción de un sistema que implota

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¿Cuál es la obsesión de la izquierda con las momias? (Foto: Flickr)

Por Andrés Villota Gómez

A los pocos años de haberse tomado el poder a sangre y fuego, el dictador comunista Fidel Castro expresó abiertamente su voluntad de no ser momificado. Cuando lo dijo, ya habían sido momificados los cadáveres de Vladimir Lenin y de José Stalin. Los dos primeros de una lista de dictadores que quisieron que su cuerpo fuera de apariencia incorruptible, y su momia, se convirtiera en un extraño objeto de culto para las generaciones futuras. Los cadáveres de Kim Il Sung, Kim Jong Il, Mao Tse Tung, Hồ Chí Minh, Ferdinand Marcos y hasta Eva de Perón (la esposa de Juan Domingo Perón, el populista de izquierda que sentó las bases para la quiebra de Argentina) fueron momificados.

Algunos organismos de inteligencia empezaron a sospechar de la muerte del dictador Hugo Chávez cuando se enteraron de la presencia de un afamado tanatopraxista en La Habana, Cuba, en diciembre del 2012. Al parecer, momificar el cadáver del dictador era la intención inicial pero fue rápidamente reconsiderada por los herederos de su régimen que, al mantenerlo “vivo”, ganaban tiempo para dejar todo listo para su sucesión.

Esa rara necro-obsesión de los comunistas llevó a que José Stalin profanara la tumba de Tamerlán, gran guerrero y conquistador de origen turco-mongol. Hizo que Hugo Chávez profanara la tumba del Libertador, Simón Bolívar. Y que el cabecilla de los comunistas de Podemos, Pablo Iglesias, promoviera la profanación de la tumba de Francisco Franco. Incluso, en 1961, el dictador Nikita Kruschev retiró a la momia de José Stalin de su sarcófago de cristal en la Plaza Roja de Moscú.

Las tragedias que han sobrevenido a los que no respetaron el descanso eterno de los muertos, paradójicamente, ha sido el principal argumento de los guardianes de las momias y de su “legado” para que jamás sean tocadas. Ese fue el principal argumento que esgrimieron los guardianes de la momia de Lenin, ante la propuesta de vendérsela a China o Vietnam para que, en este momento de crisis, Rusia pueda ahorrarse la fortuna que gasta anualmente para preservar la momia.

El otro argumento que usan, es el de la “tolerancia”. Por eso nunca han podido quitar a la figura de Ernesto Guevara alias “El Che” de la pared de un auditorio de música ubicado en la mejor universidad pública de Colombia. A pesar que, esos mismos guardianes de la tolerancia, no han sido tolerantes con los estudiantes que piensan diferente (la mayoría) y que quisieran rendirle un homenaje a cualquiera de los miles de egresados ilustres que ha tenido esa universidad.

El profesor Carmine Pinto de la Universidad de Salerno dice que realizar análisis de los hechos históricos desde la óptica, los valores y principios de la sociedad actual, es un error metodológico imperdonable. Y si bien, no se le puede exigir conocimientos básicos de historia o nociones elementales de análisis histórico a un iconoclasta contemporáneo, la sociedad debería proteger el acervo histórico y cultural con la misma vehemencia que los comunistas cuidan a sus momias y a las imágenes de sus figuras icónicas.

Recientemente, y a raíz de los actos violentos que se desencadenaron a partir de la muerte del afroamericano George Floyd, a los actos de destrucción de estatuas de Cristóbal Colón, Sir Winston Churchill y Miguel de Cervantes Saavedra, le siguieron solicitudes a HBO para que prohibiera la emisión de Gone with the Wind (1939) por tocar el tema de la esclavitud. Quedaron al mismo nivel de los nazis que, en su momento, prohibieron Die Büchse der Pandora (1929) por tocar el tema del lesbianismo y tener a una protagonista nacida en Cherryvale, Kansas, Estados Unidos. Ellos (los nazis) calificaron a la película como “arte degenerado”.

También, se han hecho exigencias de tipo semántico para que la multinacional L’Oreal suprima de los productos usados para cambiar el color de la piel, las palabras “blanco”, “blanqueador” y “aclarador”. Quaker Oats Company, decidió quitarle el nombre de Aunt Jemima (que tenía la imagen de una amable mujer negra) a su gama de productos para el desayuno. Y la gigante Nestlé le quito el nombre de “neso de negro” a unas galletas de chocolate que producía. Cambios para atender las peticiones de un comité que representa a un movimiento antirracista y antiesclavitud que por estar preocupado del pasado, no ha podido cuestionar a esas mismas empresas en el presente, por tener plantas de producción en un régimen que viola los derechos humanos como la dictadura de la China Popular.

La histeria colectiva ha llegado a las redes sociales en donde los grandes anunciantes han decidido no volver a pautar, para evitar patrocinar la “política de odio” que, no es otra cosa diferente a lo que escriben las personas que no tienen inclinaciones políticas de izquierda. Esta es la antesala para que Donald Trump no pueda volver a usar esta herramienta en su campaña de reelección. En España se ha visto el bloqueo sistemático de las cuentas de los grandes líderes de la derecha y, por el contrario, los administradores de Facebook y Twitter han sido permisivos con mensajes en los que de verdad se incita al odio y a agredir a todos los que no piensan igual a la minoría comunista de Podemos.

El materialismo histórico (base de toda la teoría marxista) lleva 150 años siendo refutado por los hechos. Y el capitalismo lejos de colapsar, como lo aseguraba Marx en el siglo antepasado, cada vez se fortalece y se constituye en el único modelo viable. La revolución jamás llegará a las democracias liberales por la vía de los cambios en las relaciones de producción, entonces, intentan crear de manera artificial las condiciones propicias para la tan anhelada “revolución”.

La historia debe desaparecer como se escribió. Se debe volver a escribir una historia que le dé la razón a los postulados marxistas. O se busca retrotraer a la humanidad a la época de la esclavitud, para darle algo de sentido al absurdo teórico que representa en pleno siglo XXI, hablar de Marx y de su Capital. Por eso, y ante la mirada cómplice de la sociedad, el único discurso no proscrito será el discurso anacrónico de la izquierda. Las momias de la izquierda serán las únicas que van a sobrevivir al proceso de destrucción de la memoria histórica. Las momias seguirán representando perfecto al comunismo: una cara reluciente que esconde la putrefacción de un sistema que implota por la corrupción, la falta de libertades, la destrucción del tejido social, las hambrunas, la miseria y la muerte.


Andrés Villota Gómez es consultor en temas de inversión responsable y sostenible, y es excorredor de bolsa con más de 20 años de experiencia en el mercado bursátil colombiano.

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