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Turquía, entre una república secular y una democracia islámica

Por: Guillermo Rodríguez González - Jul 18, 2016, 9:53 am
(La Prensa) Turquía
El autoritarismo secularista enfrentado a tradiciones y religión para modernizar al país tuvo algún éxito. (La Prensa)

Para entender lo que significó el fallido intento de golpe de Estado en Turquía, lo primero a considerar es que la moderna Turquía surgió de un golpe militar que derrocó al último Sultán tras la derrota y el desmembramiento del imperio en la primera guerra mundial. Ya antes, el imperio turco decayó de gran potencia musulmana cuyos ejércitos sitiaron Viena, a la vergüenza de evitar la invasión rusa de Constantinopla por al apoyo británico en la guerra de Crimea.

La República que lo sustituyó por decisión del líder del golpe sería una nación moderna a cualquier costo. El autoritarismo secularista enfrentado a tradiciones y religión para modernizar al país, tuvo algún éxito. Hasta cierto punto, Turquía es una nación moderna, o lo más parecido en el mundo musulmán. Tiene una economía importante que no depende de la exportación de materias primas y uno de los ejércitos claves en la Otan. Y tiene contradicciones nunca resueltas frente a la visión de Ataturk, que significa padre de los turcos y profundas tradiciones religiosas incompatibles con la modernidad que habían decidido imponer.

Es la República de Mustafa Kemal, no la República Washington y Jefferson. La democracia en Turquía no se había librado de la tutela militar en custodia de la visión secular de Ataturk contra un tradicionalismo islamista con suficiente apoyo popular para ganar elecciones. No es algo nuevo, los militares turcos han justificado varios golpes de Estado exitosos con un discurso similar al que intentaron la noche del 15 julio. La novedad fue que esta vez el golpe no tuvo éxito.

Militares que dicen defender la democracia contra un gobierno electo suenan raros a oídos occidentales. Pero, de haber tenido éxito y derrocado a Erdogan, la pregunta sería si sostendrían, en la tradición de Mustafá Kemal, la “democracia” secular por fuerza contra el islamismo electo. Sin la menor duda, esa idea todavía tiene raíces profundas en Turquía. Pero no triunfó el golpe. Conocemos la tecnología que usó Erdogan para comunicarse cuando los militares habían tomado medios y bloqueado redes sociales, pero se conoce poco la “democracia” de Erdogan, que pasa por la persecución inmisericorde de toda oposición a su gobierno.

La democracia que persigue a periodistas turcos, deporta periodistas extranjeros, y encarcela políticos opositores y ciudadanos comunes por “ofender” al Presidente, es la que apoyó en el momento clave el saliente presidente Obama. Una democracia que pretende el control de Erdogan sobre todos los poderes del Estado, la desaparición de la independencia judicial, la islamización de fuerzas militares, tribunales y educación y la censura de la prensa –la que envía a prisión a un adolescente por insultos al Presidente– en un esfuerzo, que no ha cesado en más de una década, por impulsar, desde su leal base de apoyo islamista, la identificación de su poder personal sin límites sobre el Estado turco, con la imposición de los valores musulmanes tradicionales a una sociedad que ya había tomado el camino contrario.

El autoritarismo creciente del islamismo radical democráticamente electo es un camino sin retorno fuera de la propia democracia. El autoritarismo secularista de los militares quizás incluía su propio camino de regreso. Algo claro desde las primeras noticias contradictorias usuales en un golpe de Estado, era que si el golpe fracasaba, la dictadura que gobernaría Turquía sería la de Erdogan. Él saludó el intento de golpe como regalo de Dios para deshacerse de sus enemigos políticos y militares, pues ciertamente le servirá para purgar al ejército de secularistas, acusar a todos sus enemigos políticos de golpistas, e incrementar su control sobre los poderes del Estado.

Tal vez se terminó el tutelaje militar sobre una democracia, pero sin duda se fortaleció la aspiración totalitaria islamista en el Gobierno en una nación de importancia económica para Europa y de importancia militar para OTAN. Una deriva autoritaria islamista antioccidental en Turquía desestabiliza una parte clave de una región ya muy inestable. Seamos claros, los fundamentalismos musulmanes no son necesariamente aliados, y suelen ser enemigos mortales unos de otros. Al caso, el radicalismo islámico turco tiende a ser enemigo del Estado Islámico y tiene diferencias religiosas inconciliables con el Islam que gobierna Irán. Pero todos son antioccidentales, anti seculares, anti republicanos y democráticos únicamente en tanto puedan usar una mayoría electoral para imponerse y eliminar toda oposición.

Erdogan suspendió 2.745 jueces. Ahora los jueces turcos responderán al Islam, y a él. No es sorpresa, en la Turquía de hoy se excluyen Estado de derecho y democracia, pues el objetivo del islamismo tradicionalista turco en el poder es emplear la democracia para acabar con el Estado de derecho y la división de poderes, imponiendo un Islam tradicional tan totalitario e intolerante como ellos, que son la mayoría, lo entienden.

Que tras apoyarlo contra los militares que se opusieron a su deriva autoritaria, Obama pida a un Erdogan fortalecido por el fracaso del golpe respeto al Estado de derecho sería risible si no entendiéramos que el apoyo público de ayer y la critica agria de hoy, responden al cálculo político interno al borde de una elección presidencial, más que a los intereses estratégicos de los EE.UU. y sus aliados, o a los valores de la civilización occidental.

 

¿La Republica de Mustafa Kemnal cayó ante la de Tayyip Erdogan? Quizás. Son los dos hombres que más tiempo la han gobernando y sus visiones de Turquía son en última instancia irreconciliables. Que Erdogan seguirá alejándose del rumbo de Ataturk con éxito a corto plazo es claro, pero a largo plazo no es tan claro. Purgar un ejército levantisco es difícil, y Turquía tiene en su economía, sus condicionamientos geográficos, y sus alianzas político-militares, influencias que resistirán esa deriva autoritaria islamista. Pero si Erdogan logra realmente lo que desea, el poder sin limitaciones para imponer la tradición musulmana a todos los turcos, lo de forzar la imitación de la civilización occidental a una sociedad que nunca adoptó realmente sus valores quizás se terminó, y Turquía seguirá ahora la ruta contraria.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.