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El Estado paternalista malcría a los gobernados

Por: Guillermo Rodríguez González - Ago 24, 2016, 10:07 am
(Wikimedia) gobiernos paternalistas
Hoy nuestros gobiernos se gastan los recursos de la seguridad y la justicia en financiar cosas como las bellas artes. (Wikimedia)

Si un borracho gasta todo lo que gana en licor, y apenas a crédito lleva comida a su casa, cuando el tendero le exija que pague la comida de la misma manera que pagó el aguardiente, ¿puede el borracho acusar al tendero de quitarle la leche a sus hijos? No, pero lo gritará sin dudarlo y en nada cambiaría el asunto que en lugar de alcohol, gastase lo que apenas alcanzaba para dar de comer a su familia en el cultivo de las bellas artes, la búsqueda contemplativa de la iluminación o el más noble objetivo imaginable.

La leche de los niños es asunto del padre como la tienda es asunto del tendero, y si el tendero no cobra, los hijos sin leche serán los suyos. Así de simple, aunque muchos intentarían distraernos de esa línea de razonamiento que les disgusta –porque no tienen forma de negarla– insistiendo en que existe quien sin desperdiciarlos en sí mismo, carece de recursos para la leche de sus hijos.

Claro que los hay, bajo el capitalismo son cada vez menos hasta que ya no quedan, pero bajo una revolución socialista como la de Venezuela hoy en día abundan incluso los que únicamente pueden dar de comer a sus hijos lo que recogen de la basura. Creo que una parte de lo que nos condujo a esa desgracia es cierta forma de pensar equivalente a la de individuos que aunque sí tienen para pagar la leche de sus hijos, lo gastan en otra cosa.

Que son malos padres, irresponsables y moralmente despreciables, es algo en lo que podemos estar casi todos de acuerdo, pero lo son porque los medios siempre son escasos y algunas cosas son más importantes que otras.

Supondríamos que lo que se exige al padre de familia se exigiría al gobierno, pues vivimos en sociedades en que se pretende que los gobernantes se comporten como padres de todos y los gobernados como niños eternos, esperándolo todo del “papá gobierno” sin esfuerzo alguno, o para ser precisos, limitando sus esfuerzos exclusivamente a exigir del gobierno que les provea de lo que no han producido, robándole a quienes lo produzcan.

Todos se sienten con derecho a exigir del presupuesto recursos para lo que a bien tengan, desde la sociedad civil –que deja de serlo en cuanto se transforma en apéndice del presupuesto–, la cultura, el deporte, el arte, el agro, la educación y cuanto grupo de interés organizado se pueda crear para exigir privilegios y redistribuciones, se creen todos en el sagrado derecho de exigir que papá gobierno les financie con cargo al presupuesto público. Pero –incluso dejando aparte que el gobierno no es padre de todos y es padre de nadie– el presupuesto es lo que el gobierno le ha quitado por la fuerza a quienes pagan impuestos y especialmente si se pretende que no colapse la economía bajo el peso de los impuestos, no alcanza para todos.

Algunas cosas son más importantes que otras, y en el caso de un gobierno, entre lo obviamente más importante están la policía, el ejército, los tribunales y las cárceles.

En la Venezuela revolucionaria donde el gobierno socialista se ocupa de todos los objetivos imaginables y pretende planificar la economía centralmente con controles de precios y empresas estatizadas.

No solo sufrimos escasez, racionamiento e hiperinflación, sino que tenemos por capital la ciudad más peligrosa del planeta y por las fronteras pasan libremente grupos armados de extranjeros que en poco tiempo serán un problema inmanejable, los jueces tratan miles de casos al mismo tiempo, nuestro máximo tribunal constitucional está obviamente al servicio del interés político del Ejecutivo y si no sentenció la nulidad de la ley de la oferta y la demanda es porque el Legislativo se le adelantó derogándola con la “Ley de costos y precios justos”, hay en operación menos cárceles que cuando teníamos mucha menos población y esos centros penitenciarios son manejados por mafias armadas que las usan como centros de mando del crimen organizado.

Ahora, quienes no tienen la capacidad de razonamiento para diferenciar entre restituir a la víctima de robo y repartir lo robado entre delincuentes, afirman que el problema de la inseguridad y la justicia se resuelven dotando de más y más recursos a la educación “gratuita” que los adoctrinó para repetirlo. Pero la triste verdad es que los recursos –que no son toda la solución pero sin los que no hay solución– se requieren para atacar la inseguridad y el problema es de asignación de recursos escasos.

No podemos tener gobiernos financiando orquestas sinfónicas y estudios de cine cuando carecemos de jueces, tribunales y cárceles. Incluso un socialdemócrata puede comprender, aunque le pese, que únicamente cuando las funciones más importantes del gobierno se han garantizado razonablemente, y tenemos seguridad, justicia y un estado de derecho que garantice vidas y propiedades, pudiéramos pelearnos políticamente por lo que sobra.

Si es que sobra. Sin inflación, monetización de deuda e impuestos que desincentiven la producción, ¿sobraría algo sin eso? Quizás, pero poco, tan poco que la lucha política sería entre los partidarios de una plaza pública aquí y los de unos faroles allá. Pero lo cierto es que no es así, y hoy nuestros gobiernos se gastan los recursos de la seguridad y la justicia en financiar cosas como las bellas artes.

Y a mí me agradan las bellas artes tanto como otras cosas que los gobiernos no deben financiar, y lo curioso es que la razón por la que los gobiernos no pueden ser los padres de todos, resulta ser casi la misma razón por la que es inaceptable que un padre de familia se gastase en licor –o en bellas artes– el dinero de la leche de los hijos.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.