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Kirzner y el descubrimiento creativo como base moral del capitalismo

By: Guillermo Rodríguez González - Nov 4, 2016, 4:06 pm
(Pexels) empresarial
Al común de los economistas no les agrada la sutileza y complejidad de su concepto de empresarialidad como clave heurística de la acción humana. (Pexels)

El economista Israel M. Kirzner desarrolló a partir uno de los aspectos del amplio trabajo teórico de Ludwig von Mises su propia teoría de la función empresarial, comprendiendo al descubrimiento de nueva información como clave del proceso de mercado, y al empresario como el agente descubridor que lo hace funcionar. Kirzner incorporó en la teoría empresarial de Mises la teoría de la información de Hayek, sintetizando en una teoría de la función empresarial algunos de los aportes más relevantes de los dos grandes economistas austríacos del siglo pasado.

Al común de los economistas no les agrada la sutileza y complejidad de su concepto de empresarialidad como clave heurística de la acción humana; es casi imposible de reducir al leguaje matemático, peor que la destrucción creativa de Joseph Alois Schumpeter. Teorías del proceso en desequilibrio, no del equilibrio, que es lo relativamente simple de modelar, les dice nada, aunque la evidencia estadística sea obvia y abundante.

A Shumpeter lo admiran, pero lo estudian superficialmente, a Kirzner lo ignora la mayoría, aunque su trabajo es vital para entender el proceso dinámico del mercado. Hay fascinantes modelos neoclásicos que usan de manera simplificada lo que Kirzner estudia cómo especial cualidad inherente a la propia naturaleza humana; Paul Romer modela la función empresarial como un factor de producción adicional a tierra, capital y trabajo. Fascinante, útil también, pero se obliga a entender una cualidad subjetiva individual e intransferible como factor homogéneo del que “entra” más o menos cantidad en la combinación con otros factores. Es genial, pero muy poco realista, como suelen ser los modelos económicos más admirados.

Y Kirzner trabaja desde un paradigma minoritario, con una metodología escasamente comprendida, y por ello rechazada por el común de economistas –rechazar lo que escasamente se comprende es la actitud menos científica posible–, como la Escuela Austríaca. Profundiza el aspecto del trabajo de Mises –y de Hayek– que invalida radicalmente la mínima posibilidad de la ingeniería social tan cara al común de los economistas. Y tiene tremendas implicaciones morales su trabajo económico; es la receta para que al común de los economistas les desagrade.

La justificación moral –o el soporte ético, que no es lo mismo, pero se parece– del capitalismo se intentó desde el utilitarismo. El capitalismo sería moral porque produce más, en libre mercado produce tanto, que incluso los más pobres entre los pobres en una economía de libre mercado están en mejores condiciones materiales que sus equivalentes en cualquier otro sistema económico, y son muchos menos. A la justificación moral a partir de los resultados, por toscamente material se oponen fácilmente “fines más elevados”, hipócritamente, pues sin la base del sustento material mínima creada por la amplia división del trabajo y la riqueza del mercado libre, no hay tiempo de concebir ni posibilidad de perseguir esos fines más elevados.

De hecho, la virtud de la denostada desigualdad inherente a las economías de libre mercado es que no es exclusiva ni principalmente vertical, sino más ampliamente horizontal. Las sociedades igualitaristas ni son, ni podrían ser diversas, la diversidad es la causa necesaria de la desigualdad material. En una sociedad donde cada quien es libre de perseguir sus propios fines por sus propios medios, fines y medios serán radicalmente diferentes entre diferentes personas, y eso exige admitir la justicia de la desigualdad de resultados verticales resultante de la desigualdad de preferencias horizontales. No imponer nuestros propios fines sobre los demás por fuerza, y no envidiar los resultados de quienes nos superan en talento, medios, habilidad de identificar y producir lo que los demás demanden, o incluso suerte.

La moralidad del capitalismo no sería la del productor, porque produce. Ni siquiera porque produce lo que el resto demanda. Todo ello es importante y tiene contenido moral. Pero lo justo es “dar a cada cual lo suyo”, no lo de otro. Pretender dar a uno lo que no produjo, quitándoselo por la fuerza al que sí, sin importar las toneladas de papel, los ríos de tinta y los millones de votos que pretendan justificarlo, no es justicia, es robo.

El asunto es que con Kirzner descubrimos que la justificación moral de Locke para la propiedad es insuficiente, incluso errónea, porque funda el valor en el trabajo y no en el descubrimiento creativo, que es la clave real del proceso de mercado de la que una moral capitalista debe necesariamente partir. No es el esfuerzo, ni el trabajo, ni siquiera el hecho de que sirva a lo que otros subjetivamente desean lo que justifica la propiedad y el mercado moralmente. Es el descubrimiento, la capacidad de identificar lo que los otros demandarán antes que ellos mismos; la capacidad de identificar las oportunidades que otros no ven, la de crear el valor descubriendo utilidad no descubierta y materializándola, eso ya sí, con trabajo.

¿Por qué se rechaza eso económica y moralmente? Creo que no por prejuicio anticapitalista, sino por algo más ancestral. Cuando imagino a la primera recolectora que en una primitiva cultura humana descubre los primeros pasos hacia la agricultura, al primer cazador que descubre lo que llegará a ser la ganadería, al genio que descubre lo que será la metalurgia, no los imagino admirados, exitosos y elevados por sus agradecidos coetáneos. Sino acusados de hechicería, perseguidos e incluso asesinados por temerosos salvajes que no pueden aceptar que otro crease por sí y para sí lo que ellos ni entienden ni serían jamás capaces de crear. Ese salvaje primitivo que todos llevamos dentro es el que se rebela contra nuestra propia empresarialidad y envidia al producto de la de otros. Y es la amenaza moral e intelectual que en el seno de la civilización la amenaza insidiosamente. Pero eso es algo que sin estudiar la teoría de la empresarialidad de Kirzner en su profundidad económica y en sus implicaciones morales, es muy difícil de aceptar, por eso lo rechazan intuitivamente tantos, es el salvaje interior gritando: ¡es bruja, quémenla!.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.

Venezolanos deben entender que la política no es solo elecciones

By: Escritor Invitado - Nov 4, 2016, 3:28 pm
(La Prensa)

Por Nelson Ramírez Zabala Aristóteles nos expresa en sus obras «La Política y La Ética a Nicomáquea» que la política es la madre de todas las ciencias, de donde se desprenden ideales,  leyes, costumbres que se conjugan para interrelacionarse en la realidad, de donde se deriva la ética, y en función a esta última, el objetivo supremo del Estado: formar buenos ciudadanos. Hegel entendía la política como la realización de los pueblos en el Estado mediante las ciencias, las artes y el derecho. Lea más: Nicolás Maduro quiere enjuiciar a profesor de Harvard por llevar guerra económica contra Venezuela Lea más: Venezuela: Portal de noticias opositor La Patilla fue víctima de ataque cibernético Por su parte, aunque con gran influencia aristotélica, Santo Tomas concebía al hombre como un ser nacido en comunidad, y bajo esta máxima la política busca el bien común. Vistas estas breves definiciones, es importante considerar y comprender que una falsa concepción de la política en Venezuela se ha apoderado de las mentes confundidas por la desesperanza y el desespero de muchos venezolanos por salir lo antes posible del atolladero al que nos han empujado. Esta falsa concepción de la política en Venezuela implica un reduccionismo que la despoja de su esencia primigenia. Bajo este enfoque, la única forma "correcta" y "efectiva" de materializarla es a través de periódicas convocatorias electorales. Para esta cosmovisión los ofrecimientos en períodos electorales constituyen un pilar fundamental para la toma del poder. Esta práctica es recurrente en todos los partidos políticos en Venezuela - las promesas -  en las que apelando a la complacencia populista de un público electoral, prometen lo que él quiere escuchar, pero no cumplen jamás lo que éste espera a cambio del voto. Esta maña tiene un claro propósito, generar expectativas de un “cambio”, que al fragor del ansiado evento electoral da la sensación de ser inmediato pero una vez pasado ese idilio y/o embriaguez, el tiempo se encarga de disipar esas esperanzas ubicando bien lejos la posibilidad de concretar un cambio real. googletag.cmd.push(function() { googletag.display('div-gpt-ad-1459522593195-0'); });   Esto es así porque lejos de abordar los problemas en su justa dimensión para aplicar las disposiciones de emergencia acordes a las circunstancias, se empeñan en mentir de manera descarada aplicando medidas tibias para no generar “costos políticos” - que generalmente es perder “espacios” de poder -, prolongando así la agonía de toda la nación. Lo anteriormente expuesto no es un juicio de valor carente de argumentos; basta con ver la realidad que nos arropa, en la que las condiciones materiales, intelectuales y espirituales de los venezolanos se ven menguadas, donde el respeto a la vida y a la propiedad privada ha sido nulo durante décadas. De no ser así ¿por qué después de cada elección hay más periferias y zonas de pobreza? De no ser así ¿Por qué la inseguridad aumenta? Y de no ser así ¿Por qué han emigrado tantos venezolanos? Lo más delicado del caso, es que quienes auspician este deplorable estado, tanto por acción u omisión, insisten en fortalecer aun más la tesis que solo con elecciones y diálogos se podrá superar lo que con “elecciones” engendraron. Dicho en otras palabras, no son necesarias condiciones o facultades mentales extraordinarias para entender la complejidad de esta vil realidad. Así actúa la política en Venezuela, para los héroes de las urnas electorales, generar pobreza en todos sus órdenes, una vez obtenido el poder político, es el mejor instrumento para capitalizar su mercado electoral y de este modo mantenerse cómodamente en el poder. La política no solo son elecciones, mucho menos diálogos que profundizan la miseria. Para el Movimiento Nacionalista ORDEN la política es pensar y obrar coherentemente por el Bien Nacional, es pensar más en las venideras generaciones que en las próximas elecciones. La política es fomentar la educación para crear ciudadanos con elevado sentido del deber; la política es asumir las responsabilidades hasta sus últimas consecuencias. Cabe preguntarse: ¿Hay Política en Venezuela? Venezuela quiere ORDEN.   Nelson Ramírez Zabala nació en Venezuela, es Licenciado en Ciencias Políticas con mención en politología (Filosofía Política). Cuenta con un Postgrado en Procesos y sistemas electorales.

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