Socialismo es barbarie

"Socialismo o barbarie", clamaba Rosa Luxemburgo en un panfleto antibélico que escribió en prisión en 1915, pero no se puede ser una alternativa a sí mismo

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socialismo
La Habana, Cuba. (Foto: Flickr)

Lo extraordinario de la más famosa consigna de la notable marxista revolucionaria polaco-alemana, Rosa Luxemburgo, es que invirtió completamente la realidad. Y esa, a fin de cuentas, era la clave del pensamiento socialista revolucionario siglos antes de Marx, el marxismo y la citada intelectual, política y revolucionaria profesional. «Socialismo o barbarie», clamaba Rosa Luxemburgo en un panfleto antibélico que escribió en prisión en 1915 –ella atribuyó en una confusión de memoria el concepto a Engels, aunque era de Kausty– y lo resumió en su exitosa frase. Palabras citadas hasta el cansancio: han servido de eslogan o de nombre a periódicos socialistas y anarquistas, grupos de agitadores harapientos y elegantes clubs de la más fina intelectualidad socialista.

Pero no es socialismo o barbarie. Algo no puede ser alternativa a sí mismo. Y socialismo es barbarie. El bárbaro, explicaba hace más de 200 años Adam Ferguson, es aquél que a diferencia del salvaje –que todavía no la concibe individualizada– desea la propiedad, pero carece de leyes para protegerla. El concepto no podía ser más acertado. Barbarie es el estadio de hombres que carecen de los usos y costumbres de los que emerge la moral civilizada. Inicialmente del respeto a legítimas reclamaciones de sus vecinos, sobre sí mismos y sus propiedades. Desea el bárbaro propiedad y la adquiere –por la guerra o el comercio– pero carece de la seguridad que únicamente la civilización le daría sobre lo adquirido.

Barbarie es un estado de inseguridad y violencia del que son víctimas y victimarios a un tiempo quienes aspiraran a la paz civil mientras rechazan los usos y costumbres que la hacen posible. La moral civilizada –de la que emerge el derecho– no es sino creciente preferencia moral por esas prácticas que permiten a los barbaros adquirir y mantener pacíficamente propiedad; y rechazo moral de aquellas que aunque permiten tomarla, garantizan no poder disfrutarla en paz. Tal evolución moral es producto de las acciones pero no de la voluntad de los hombres –otra revelación de Ferguson–. Civilización es, pues, la superación involuntaria de la violencia salvaje en el propio bárbaro. Paradójicamente, la barbarie evoluciona en civilización por el anhelo de propiedad del bárbaro.

Eso es pues barbarie. Y lo contrario, es civilización. Son esas las acepciones que manipulan Kausty y Luexemburgo. Pero ¿socialismo qué es? Pues un conjunto de creencias dogmaticas y prácticas –o aspiraciones– de bárbara violencia contra las bases mismas de la civilización. Es barbarie desatada en busca del anhelo atávico de una colectiva igualdad –en realidad mítica– del salvaje. Es irracionalidad que promete que la barbarie imponiendo el primitivo orden moral del salvaje, garantizaría seguir disfrutando –sin esfuerzo alguno– todos los frutos de la civilización. Promesa absurda, imposible. Y por ese absurdo imposible se despedazó la civilización. Se desató la barbarie. Se idolatró al salvaje. Y se impuso el totalitarismo una y otra vez. Eso y no otra cosa es socialismo.

El bárbaro, en su más prístino estado, fue el violento y relativamente primitivo guerrero que, civilizado en técnica y organización, salvaje en prácticas y medios, alcanzó circunstancial superioridad militar sobre ricas civilizaciones debilitadas por contradicciones internas. Estas contradicciones son insuperables únicamente cuando prevalecieron ideas del tipo que hoy conforman el ideario socialista –seudoprogresismo e igualitarismo– exigiendo lo imposible en ataque desesperado al progreso –material y moral– y la igualdad –ante la ley– posibles realmente.

Aquel bárbaro sojuzgó únicamente civilizaciones previamente debilitadas desde dentro. Saqueó sus riquezas. Y con su victoria creyó haber esclavizado además de los derrotados hombres civilizados, a la civilización misma. Pretendió entonces mantener –e imponer– sus usos y costumbres –que tenía por superiores a los de la civilización– exigiendo como tributo que siguieran produciéndose los frutos intactos de aquello que había destruido e insistía en despreciar. Perfecto antepasado del juvenil revolucionario que tras apedrear e incendiar un Mac Donald’s, exigió de inmediato hamburguesas y papas fritas gratis para todos como “derecho humano” materialmente imposible por su propia bárbara y estúpida destrucción. Y créanlo o no, se han visto y se seguirán viendo tales casos. Muy literalmente.

La esencia del bárbaro es la idea de destruir la civilización imponiendo lo que del salvaje en él subsiste, aunque aspirando disfrutar permanentemente de sus frutos a cambio de nada. Pero los frutos de la civilización mueren con ella. La civilización no es lo que produce. No es arte, ciencia, comercio e industria. No son máquinas y libros, ni tecnología y bienes de consumo, sino un conjunto de usos y costumbres institucionalizados en la moral y el derecho de los que dependen esos frutos. Es el orden espontáneo del mercado libre. Y hoy, es el de la propiedad y el derecho que hacen posible la civilización capitalista que de la revolución industrial a nuestros días ha logrado el mayor avance –en todos los campos– de toda la historia humana.

Y es a las bases morales mismas de eso que llamamos civilización –y especialmente a su más avanzado estadio que es el del capitalismo de libre mercado contemporáneo– a lo que ataca con violencia bárbara el socialismo. Socialismo que opone a la moral civilizada, la retorcida idea de la legitimación de la envidia como axioma moral. Esta barbarie aspira no a la civilización sino al salvajismo, y que aún así se promete a sí misma –o al menos a los no iniciados– que no solo seguirán saliendo de una mágica cornucopia los frutos de la civilización tras destruirla. Sino que estarán ahí, a disposición de todos, como “derechos” sin requerir de otro esfuerzo que despojar y exterminar a quienes los producen. Y ese –entendámoslo de una vez– imposible que sostiene el absurdo y violento fanatismo socialista, es la quintaesencia de la barbarie. El socialismo es barbarie de la peor posible, porque es barbarie encaminada decididamente al salvajismo que la precedió y más allá. A la muerte, que es lo que finalmente adoran los socialistas, admítanlo o no, y que es, nos guste o no, el único estado en que finalmente se alcanza su tan anhelada igualdad.

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