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Reflexiones de un libertario sobre el proceso de paz en Colombia

Por: Javier Garay - @Crittiko - Ago 27, 2016, 1:18 pm
Colombia
Quienes apoyaron el proceso de negociación en Colombia desde el principio, apoyan hoy el acuerdo alcanzado. Lo mismo sucede con quienes fueron escépticos o estuvieron decididamente en contra.

Desde que escribí este artículo me había prometido no volver a abordar el tema del proceso de paz en Colombia hasta tanto no hubieran finalizado las conversaciones y conociéramos el contenido de los acuerdos. Llegó el momento de pronunciarme.

Veo mis reflexiones de ese momento y me sorprende lo poco que han cambiado. Tal vez sea esa una tendencia generalizada. Según he visto, quienes apoyaron el proceso de negociación desde el principio hoy apoyan el acuerdo alcanzado. Lo mismo sucede con quienes fueron escépticos o estuvieron decididamente en contra. Diálogo de sordos es lo que ha habido.

Seguramente por lo anterior mis reflexiones están fuertemente influenciadas por lo que ya creía desde que comenzaron las negociaciones. Así como lo será la recepción de lo que abajo escribo.

Me dirijo, en particular, a todos aquéllos que como yo, llámense liberales o libertarios, creemos que el principio rector de la vida en sociedad e individual es la libertad. Me dirijo a ellos porque soy consciente que, en una proporción importante, están en contra de los acuerdos alcanzados. Me dirijo a ellos porque, a pesar de que en este tema, el que yo haya llegado a conclusiones diferentes, podremos tener una conversación informada, respetuosa y edificante.

Por lo anterior, mis comentarios no están encaminados a convencer a nadie ni a desvirtuar ninguna posición. Simplemente, los quise compartir con el fin de promover un espacio más de ejercicio, de eso que nos gusta tanto a los liberales-libertarios, a diferencia de la izquierda y la derecha, el debate.

Pensaba caracterizar ese debate como lógico y racional. Pero seguramente quienes lean estas líneas encontrarán  muchas inconsistencias. Inconsistencias frente al pensamiento liberal. Inconsistencias entre los argumentos acá esbozados.

Cuánto me gustaría ser completamente consistente en mi posición frente a estos acuerdos, pero no solo se refleja, una vez más, la falibilidad de la mente humana, sino también el abordaje de un tema tan complejo desde un punto de vista liberal.

No hay que olvidar que en su riqueza intelectual el liberalismo fue construido pensado para sociedades que canalicen sus conflictos a través de medios diferentes a los de la violencia física. Aunque F.A. Hayek y Ludwig von Mises plantean esta realidad de manera tangencial, tal vez la aclaración más certera sobre este aspecto sea la contenida en el famoso Cálculo del Consenso de Buchanan y Tullock.

Ante el conflicto violento, la guerra, los postulados liberales se ven afectados por dos vías íntimamente relacionadas. Primero, los estados de emergencia llevan a la limitación de muchas libertades. Segundo, como resultado de lo anterior, en estos eventos, el Estado, el principal enemigo de la libertad, se ve fortalecido –aumentados sus poderes y ámbitos de acción.

Tal vez por lo anterior es que, aunque todos seamos liberales, llegamos a conclusiones tan diferentes, lo que no sucede en muchos otros temas.

Presentaré, entonces, mis ideas en dos bloques. Hoy abordaré los reparos generales, reiterados tanto al proceso de negociación como al acuerdo final que he escuchado con el fin de mostrar por qué, aunque los comparto casi todos, ninguno ni su suma me parecen suficientes para rechazar lo que se está intentando. La próxima semana me concentraré en el acuerdo. Ahí enunciaré mis observaciones, lo que me parece bueno y malo. Al final explicaré por qué, como planteé hace ya tres años, mantengo mi posición inicial. Tal vez encontrarán los lectores en esta segunda parte las mayores inconsistencias.

Los reparos

La negociación hasta su final generó pasiones. Algunos están eufóricos, abrazándose y bailando en las calles. Otros están presos del pánico y anticipando catástrofes. Por más que intento lo contrario, no puedo ser sino un observador moderado.

No quiero abrazarme con nadie ni bailar en la calle porque el país no cambiará mucho con la desaparición de las FARC. Quedan muchos temas pendientes. Persisten el ELN y las Bacrim. Además, probablemente con la desmovilización de muchos de los miembros de las FARC se incrementen los problemas de seguridad urbana. Con la finalización del proceso de negociación con las FARC el país no alcanzará la paz como han señalado, de manera mentirosa, el gobierno e, ingenua, muchos de los intelectuales políticamente correctos, la mayoría de ellos de izquierda.

Pero tampoco los argumentos de la catástrofe son suficientes. Algunos se concentran en su odio por el actual presidente, Juan Manuel Santos. Que dice mentiras al hablar de paz. Que solo adelanta el proceso porque quiere un premio Nobel o pasar a la historia. ¿Y? La discusión no es sobre quién esté en el poder, sino sobre la viabilidad o no del acuerdo alcanzado.

Otras críticas se refieren al tema de la justicia. Es cierto. Muchos delitos serán perdonados, otros ni siquiera serán reconocidos. Otros más serán castigados de manera muy laxa. Pero las expectativas maximalistas sobre la justicia pasan por alto tres hechos.

Primero, la guerrilla no fue derrotada militarmente. Por eso hay una negociación. Y en una negociación no se puede aspirar a posiciones maximalistas.

Segundo, el número de víctimas y de victimarios, así como la dificultad en la definición clara de los dos conceptos hace que la justicia tradicional tenga dificultades de operación. Si no es que se hace imposible su operación. Por eso se requiere de esquemas que se conocen en la jerga especializada como de justicia transicional.

Tercero y último, no hay que olvidar que una situación de conflicto implica la existencia de dinámicas atípicas en el funcionamiento estatal, incluida la justicia. Esto es lo que ha sucedido en Colombia durante décadas de conflicto: pedir hoy justicia normal es desconocer que tenemos un sistema judicial inoperante, corrupto y con altas tasas de impunidad desde hace mucho tiempo.

Otro reparo, similar en cierta medida al anterior, es el de la concesión de curules a los desmovilizados. También estoy de acuerdo: no hay derecho a que unas personas reciban como premio por sus crímenes la entrada al legislativo sin tener que competir por ello. Ahora, esto debe mirarse de manera equilibrada. Las curules no son por siempre. Además, como en el argumento anterior, si se sentaron a negociar fue para lograr concesiones de ese tipo.

Sobre el precedente que este hecho genera (esto es, muchas personas pueden considerar irse a la guerra para lograr curules después) es un resultado probable pero no predeterminado. Crear una guerrilla, irse a las montañas, asesinar y demás, no son actividades que atraigan a todos los excluidos de la política, por ejemplo.

Después de que termine el periodo de curules “gratuitas” dependerá de los ciudadanos si eligen a estas personas o no. Igual sucede con la imposición de un modelo totalitario como el que defiende este grupo guerrillero. En este nivel, el problema está en las ideas. El reto de los liberales-libertarios está en ser más fuertes contra el estatismo, no necesariamente en contra del hecho de que estas personas hagan política.

Los anteriores reparos son generalizados. Hay uno, sin embargo, que se lo he visto, escuchado o leído a conocidos, amigos y colegas libertarios: el problema de fondo es la legalización de las drogas. Sin ella no podemos esperar que llegue la paz.

No podría estar más de acuerdo. La legalización es necesaria y urgente. Pero considero, una vez más, que esta posición no implica necesariamente el rechazo al acuerdo alcanzado. Estamos hablando de la desmovilización de las FARC. Habría que demostrar que serán estos los que incumplirán por su relación con el negocio de las drogas y no pensar el argumento por la existencia de carteles o de otros grupos que también participan del negocio.

Es más, el argumento se podría pensar al contrario. Incluso si se legalizaran las drogas, y en ausencia de una negociación, no necesariamente se acabaría la guerrilla. La comisión de delitos también es resultado de la acción humana y, por lo tanto, su existencia futura no se puede pensar con la evidencia presente. Existe el factor de incertidumbre.

Hoy la guerrilla no solo participa en el negocio de las drogas (también en secuestro, extorsión, minería ilegal, tráfico de armas y muchos otros). Incluso si se lograra acabar con todas esas fuentes de financiación, conseguirían otra si solo de delinquir se trata. Fíjense, además, que a pesar de toda esta contraargumentación, no se logra refutar la premisa inicial: es necesario y urgente legalizar las drogas.

Cómo sería de diferente Colombia si el Estado hubiera sido capaz de evitar la aparición, fortalecimiento y consolidación de estos monstruos llamados guerrillas. Pero no lo fue. Por eso teníamos que decidir hoy.

Los que mencioné ahora y muchos otros reparos son válidos, ciertos. Pero no me parecen suficientes para considerar que debe rechazarse la implementación de los acuerdos.

¿Por qué creo esto? Por cuatro razones puntuales:

  1. La desaparición de las FARC, solo de las FARC, así queden las demás, también implica la desaparición de esa justificación constante para la expansión del Estado colombiano que ha sido esgrimida por lo menos desde mediados de la década de 1990. No hay que olvidar que las FARC, más que el ELN o que cualquier otra amenaza, se convirtió en una obsesión de los políticos y de los ciudadanos. Su desaparición puede tener un impacto positivo en términos del imaginario colectivo.
  2. La incorporación de las FARC al escenario político también abre una gran oportunidad para contraponer sus ideas con ideas más fuertes y adecuadas como lo son las libertarias. Los ciudadanos no quieren a las FARC, pero hasta ahora tampoco han visto la necesidad de apoyar a movimientos que sean consistentes en la defensa de la libertad. Tenemos muchos estatismos. Las FARC representarán el peor de ellos. Esto puede impulsar un avance decidido de la búsqueda de ideas de libertad.
  3. Con la ausencia de las FARC, el Estado colombiano, tan incapaz, tan inepto, puede dedicarse a combatir las otras amenazas que son mucho menores que la representada por ese grupo ad portas de desmovilizarse.
    1. Acá una aclaración: Independientemente de este proceso, algo que sí es preocupante es que el gobierno no ha sido claro en cerrar la puerta a futuras negociaciones. Esto es un incentivo para prolongar el conflicto, no para eventuales futuros combatientes, sino para los ya existentes, que han desarrollado curvas de aprendizaje que los pueden mantener en el conflicto. Esto sí debe hacerlo el gobierno. Ojalá lo hiciera. De lo contrario, vendrán muchas negociaciones más. Muchos bailes en las calles, pero poca concreción de la paz.
  4. En ausencia de las FARC podemos comenzar a hablar en serio de legalización de las drogas y concentrarnos en dar esa pelea, tanto en el ámbito doméstico como en el internacional.

Estas son algunas de mis reflexiones. Creo que la posibilidad de la desaparición de las FARC, con todas sus imperfecciones, es mejor que mantener el statu quo que se vería empeorado con un eventual rechazo del acuerdo que ya está disponible. Sobre el contenido de ese acuerdo, volveré la próxima semana. ¡Bienvenido el debate!

Javier Garay Javier Garay

Javier Garay es profesor en la Universidad Externado de Colombia. Escribió dos libros sobre temas internacionales, uno de ellos sobre el desarrollo económico, tema sobre el que está realizando su tesis doctoral. Síguelo en Twitter en @crittiko, y visita su blog personal: Crittiko.