Argentina: Como no aprendemos, luego nos quejamos

El país está atrapado en un loop hace siete décadas y se da el lujo de fracasar con iniciativas que ya resultaron ser un desastre cada vez que se implementaron. No aprendemos.

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El denominador común del problema argentino: el Estado genera una distorsión luego de una medida populista, la distorsión genera nuevas problemáticas y luego se proponen una serie de nuevas distorsiones para solucionar los problemas ocasionados. (Twitter)

Algunas de las caracterizaciones que nos hacen a los argentinos son injustas. ¿Somos egocéntricos? Sí. ¿Nos creemos el ombligo del mundo? Puede ser… Pero no por eso somos pedantes y desconsiderados. Tenemos como país un bagaje cultural muy interesante, somos divertidos, informales e inclusive nuestros recursos humanos alrededor del planeta suelen tener un buen desempeño. Esto sin dudas es producto de la iniciativa y creatividad que genéticamente nos va moldeando la necesidad de vivir sorteando los impedimentos del estatismo gubernamental.

Pero si hay algo que debería avergonzarnos profundamente es el poco compromiso intelectual que tenemos para analizar las problemáticas que sufrimos. No somos pasivos… ¡claro que no! Me atrevería a decir, haciéndole honor al egocentrismo que nos caracteriza, que somos de lo más activos sobre la faz de la tierra. Cuando algo nos parece injusto salimos a la calle, protestamos y somos capaces de dejar todas nuestras actividades personales por una causa que consideramos justa.

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Lamentablemente, como pueblo, carecemos de las herramientas más básicas para analizar los problemas que tenemos, no contamos con la formación para comprender por que nos pasa lo que nos pasa y, por lo tanto, muchas de nuestras causas terminan siendo no solo improductivas, sino que también contraproducentes.

Pero si hay algo que complica aún más la situación es el desprecio por la historia. Incluso la reciente. Aunque tengamos problemas teóricos y seamos poco inteligentes (por no decir bastante boludos) y no nos demos cuenta que las soluciones que le pedimos a la política son intentos de apagar fuego con combustible, lo terrible es que fracasamos y volvemos a intentar lo mismo.  Una y otra vez. Ante los ojos del mundo se nos dificulta explicar por que volvemos a generar inflación, por que intentamos nuevamente controles de precios o por que insistimos con las regulaciones de alquileres.

El control gubernamental sobre los contratos de alquileres es una de las muestras más claras de este problema. La sociedad pide cosas, el Gobierno genera medidas es búsqueda de su satisfacción, fracasa y produce distorsiones que antes no existían. Nuevamente la gente pide al Estado que solucione esos problemas y adivinen que: vuelve a fracasar generando unos nuevos que también buscarán ser solucionados de una forma contraproducente.

En este caso, el déficit fiscal del Estado delirante argentino genera inflación. La gente no sabe que será de la moneda el próximo mes. Aunque lo lógico sea no tener contratos largos, poder hacerlos en dólares o habilitar cláusulas indexatorias, generamos largos plazos por medio de regulación, prohibiciones de pactar en moneda extranjera e inhabilitación de cualquier tipo de indexación.

Como si la cuestión económica, y sobre todo, no tener moneda, no sea suficiente para desincentivar los contratos, nos vestimos de «héroes sociales» y pedimos legislación que impida desalojos ante los incumplimientos de pagos. ¿El único resultado posible? Las solicitudes de seguros, garantías y un mercado inmobiliario cada vez más chico. ¿Las consecuencias? Menos gente que puede acceder a un alquiler.

Las nuevas viejas medidas para solucionar estos problemas

Aunque resulte insólito e indignante, en medio de una nueva crisis se vuelven a evaluar las mismas soluciones fracasadas para los problemas que nos aquejan. Los dos diarios más importantes de Argentina, La Nación y Clarín, titularon esta semana: «Las propuestas que recibió Larreta para facilitar los alquileres» y «Para fomentar el alquiler, proponen crear un impuesto a departamentos vacíos«. En ambos artículos encontramos una serie de propuestas que invitan a la indignación o al exilio voluntario: necesidad de leyes sobre actos «discriminatorios», garantías ofrecidas por el banco estatal, créditos gubernamentales, modelo único de contrato de alquiler, registros obligatorios en la Administración General de Ingresos Públicos y, por supuesto, un nuevo impuesto a las personas que tengan un departamento y se niegan a ponerlo en en el «mercado«. Detrás de todas estas propuestas absurdas hay decenas de entidades, grupos de legisladores, asociaciones de inquilinos y «profesionales».

Cabe destacar que los importantes medios que cubren de esta manera las informaciones en cuestión también son responsables. En lugar de darle un artículo informativo, la información debería ser ridiculizada en una columna de opinión. Proponer estas cosas como medidas viables tiene la misma seriedad que invitar a arrojarse de un piso veinte con la finalidad de adquirir una nueva experiencia para luego contarla.

Esta analogía no es una exageración. Hay más posibilidades científicas de sobrevivir a la caída, ya que existen excepciones como caer encima de alguien y amortiguar el golpe, dar sobre un toldo o aterrizar en un cúmulo de arena que puedan estar usando para una construcción cercana, que este proyecto funcione. ¿Quieren saber los periodistas de La Nación y Clarín qué va a ocurrir si se implementan estas medidas? Menos construcción, más informalidad, menos departamentos disponibles y más familias hacinadas en hoteles.

Abrir los ojos o fregarse

Si consideramos que hacer cumplir los contratos a rajatabla tiene poca conciencia social, si asumimos que es imposible bajar el gasto público por lo que hay que seguir imprimiendo billetes e incrementando el déficit y si pensamos que alguna vez un incendio se puede apagar con nafta, sigamos haciendo las mismas cosas. Sepamos que el resultado es el fracaso total y absoluto.

Los argentinos debemos comprender que el voluntarismo no es la respuesta a muchas de nuestras problemáticas. Podemos comprometernos y analizar un poco más lo que nos pasa. Eso sería ideal. Pero si no estamos dispuestos, al menos deberíamos aprender de nuestros errores. Lamentablemente no hacemos ni siquiera eso. Después nos quejamos.

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