El misterio detrás del chavismo improvisado y suicida de Alberto Fernández

La pandemia y la cuarentena del COVID-19 degeneró al Gobierno argentino en un autoritarismo desvergonzado. ¿Qué hay para leer entre líneas?

El presidente argentino insiste en una reforma de la justicia repudiada por la gente y ahora declara de «bien público» las comunicaciones. ¿Enloqueció? (Twitter)

La noticia formal que debería estar escribiendo sería el indignante giro chavista del Gobierno peronista en Argentina. Los párrafos del artículo harían exclusivamente referencia a la peligrosa reforma judicial, y la novedad del fin de semana pasaría por el decreto que declara de «bien público» las telecomunicaciones en el país. Pero más allá de que todo esto sea delirante y peligroso, y que haya que cuestionarlo, criticarlo y combatirlo, hay algo más detrás de todo esto que se me escapa. En este sorpresivo intento de giro bolivariano en Argentina por parte de Alberto Fernández, algo no me cierra en lo más mínimo.

Alberto Fernández, conceptualmente, en su fuero íntimo, no avala absolutamente nada de lo que está haciendo su propio Gobierno. Esto no es una interpretación personal. El archivo del mismo presidente argentino lo deja en evidencia. Antes de ser jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, sus declaraciones políticas eran más que claras. Hacia finales de los noventa criticaba públicamente el nivel de gasto y la gran burocracia del país. Pedía reducir el tamaño del Estado considerablemente y repensar las prioridades hacia las cuestiones necesarias. Por esos días incluso formó parte de una alianza con el exministro de Economía de Menem, Domingo Cavallo.

Luego llegó el poder de la mano del primer kirchnerismo y hubo un impasse en sus convicciones. La gestión de Néstor, si bien no fue exactamente lo mismo que el proyecto cristinista, no tenía mucho que ver con lo que venía predicando Fernández. A su favor hay que reconocerle que cuando el kirchnerismo comenzó con las ideas locas de reforma constitucional, ley de medios y «democratización» de la justicia, Alberto pegó el portazo y se fue.

Como exfuncionario, Fernández retomó su discurso previo y cuestionó duramente a Cristina en reiteradas oportunidades. A diferencia de las críticas del macrismo, las cuestiones de Alberto eran más serias y puntuales. Hablaba de la emisión monetaria que generaba inflación y de la letra chica de las aberraciones que el kirchnerismo pretendía hacer en la justicia. Nunca pudo seducirme su discurso ya que me resultaba imposible borrar su pasado oficialista, como me pasa ahora con Miguel Ángel Pichetto (exsenador K). Pero el Alberto crítico de Cristina, técnicamente hasta podía ser catalogado como «liberal». Pero más allá del acuerdo conceptual, a aquel Fernández se lo escuchaba honesto y cómodo con sus dichos. Relajado y tranquilo. No hay más que repasar las grabaciones de esa época para corroborar que se escucha a un hombre que dice lo que piensa. El mamarracho actual, incómodo, que improvisa un lenguaje inclusivo vergonzante, muestra todo lo contrario en su cara cada vez que dice «chiques».

El Alberto verdadero en una oportunidad se peleó con una de sus críticas y la mandó a lavar los platos. Y está bien. Hay que desdramatizar un poco esta cuestión de género. Disfruté tanto de ese momento como cuando Cristina le dijo a Macri «machirulo» en otra oportunidad. Desde ese momento le digo así a mi gato. Con el Alberto espontáneo me hubiera encantado tomar un vino y discutir de política. Al feminista sobreactuado de hoy no le compro un auto usado… ni el discurso.

Ahora, vamos a suponer que, una vez más, Alberto decidió priorizar su ambición política y proyecto personal por sobre sus creencias personales. Aclaro que cuando digo «creencias» no hablo de convicciones, ya que demostró, lamentablemente, que no las tiene. Aquí tampoco hay opinión ni descalificación. Es dato objetivo. No se va de la mano de alguien a la que se cuestionó como él lo hizo con Cristina, aunque te lleve a la presidencia. Un kirchnerista me puede decir lo mismo de Carrió con Macri. Claro que sí, respondería. Los políticos de convicciones, lamentablemente son los que van quedando en el camino. Con esto me refiero a que, técnicamente, Alberto comprende a la perfección qué funciona y qué fracasa en Argentina y en el mundo. Más allá de su formación en derecho, es un tipo inteligente y con conocimientos básicos de economía. A diferencia del kirchnerismo, Alberto no tiene un solo problema conceptual importante.

Ahora, la tesis del Fernández «amoral» o «inmoral», en pos de su propio proyecto político, es lo que no me cierra del todo tampoco. El presidente sabe que no hay quórum (no hablo del Congreso, sino de la opinión pública) para pasar la reforma judicial de la impunidad kirchnerista, que lo tiene a él como vocero y no a la vicepresidente, que con este tema la juega de muda. De la misma manera que supo el momento exacto en el que debió renunciar al primer proceso kirchnerista, quiero creer que el presidente sabe que el proceso autoritario patético que impulsa no tiene ningún futuro. De avanzar en esta dirección inaceptable, el pueblo argentino los sacará a patadas de la Casa Rosada.

Entonces, y como no tengo respuestas, comparto mis inquietudes… ¿Perdió por completo el contacto con la realidad el astuto presidente argentino? ¿La presidencia lo cegó por completo y está absolutamente desconectado del mundo? ¿Hay algo que se nos está escapando en el análisis y no podemos ver? Sinceramente no lo se.

La llamada y la inquietud que me sacó el sueño

La otra noche cocinando y tomando una copa de vino, mientras le daba vueltas y vueltas al asunto, le mandé un mensaje a alguien que entiende mucho más que yo de estas cuestiones. Un amigo que me duplica en años y me multiplica demasiado en experiencia política y capacidad de análisis. Él también estaba inquieto por esta cuestión. En un momento de la charla, que mutó del WhatsApp al teléfono, la voz de la experiencia del otro lado me dijo: «¿Y si la quieren cagar a ella? Son tan hijos de puta que estos pueden hacer cualquier cosa». La tesis fue acompañada de una serie de anécdotas impensadas de cosas que vio de primera mano en la historia del país, y lo cierto es que un mal pensado podría evaluar la posibilidad. «Andá a saber si le hicieron creer a ella que estaban los votos en el Congreso, se presentó todo, y a último momento, en el día de la votación no dan los porotos y se cae la reforma. Los procesos judiciales contra ella son terribles y no se detienen, eh…».

Le dije que la tesis es interesante, pero que la veía demasiado sofisticada y planificada para el peronismo y para la Argentina. Aunque no me convenció del todo no la descarto. De lo único que estoy seguro… es que acá hay algo que no me cierra.

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