La inactividad de la oposición venezolana: síntoma de su tragedia

La oportunidad es única y el venezolano exige urgencia. Pero mientras, no se ha presentado una ruta clara para enfrentar el próximo fraude electoral

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La dirigencia de la oposición parece no responder ante los tiempos difíciles y únicos en los que se encuentra Venezuela. (Archivo)

Es un momento histórico. La comunidad internacional presiona como nunca. Justo este 13 de febrero el Grupo de Lima —es decir, más de13 importantes naciones de la región—, se reunieron para acordar el rechazo a la convocatoria de elecciones ilegales por parte del régimen chavista de Venezuela. Y, en lo que fue una acción inédita y decisiva, retirar la invitación de Nicolás Maduro a la VIII Cumbre de las Américas.

Todos estos recientes movimientos están de alguna forma vinculados a las manifestaciones callejeras que dominaron la agenda entre abril y julio del año pasado en Venezuela. En medio de esas protestas, cuando Nicolás Maduro asesinaba venezolanos por día, fue que se convocó a la ilegal Asamblea Nacional Constituyente; también cuando impusieron las primeras sanciones; que la comunidad internacional, entera, empezó a prestar atención al país que por años marginó.

Sin embargo, ahora, cuando se comienzan a ver los verdaderos logros del sacrificio de cientos de jóvenes; en un momento decisivo, donde países de la región han aplicado una tenaza de sanciones y Maduro, en medio de su torpeza, pretende avanzar con la destrucción institucional del país, las calles de Venezuela parecen cada vez más desiertas, producto del mayor éxodo de su historia; y de la ausencia de un elemento fundamental.

No se puede decir que el venezolano está dormido. No. Está, en cambio, padeciendo. Sufre los estragos de un sistema criminal decidido a abolir cada espacio de la vida cívica; pero, al mismo tiempo, soporta el desamparo de un liderazgo, necesario y vital, para dirigir su lucha por la libertad.

La Mesa de la Unidad Democrática ya no representa nada, pero estorba

Las protestas del año pasado iniciaron por diferentes razones. Una, sin duda, fue que varios jóvenes, de la esperanzadora generación del 2007, prefirieron dar la espalda a sus partidos para demostrar a la ciudadanía que sí había un liderazgo dispuesto a arriesgarse junto a la gente en las calles.

En ese momento se difundieron las emocionantes imágenes del diputado Freddy Guevara devolviendo bombas lacrimógenas o de Carlos Paparoni siendo agredido por la Guardia Nacional Bolivariana.

En aquellos días era bastante claro que esa era la ruta: las manifestaciones en las calles para presionar al régimen de Maduro hasta lograr un acontecimiento. Era una ruta difícil y con un costo altísimo. Pero era la única posible, que se izaba sobre el delirio electoral, constitucional e institucional.

Sin embargo, en medio de esa coyuntura el régimen ofreció un cebo y volvió a imponerse el inútil desvarío electoral. La dirigencia compró el libreto al chavismo y decidió participar en las áridas elecciones regionales de octubre del año pasado —lo inconcebible de aquella decisión fue que se tomó justo después del mayor fraude de la historia contemporánea de Venezuela: el de la Asamblea Nacional Constituyente—.

Para ese momento ya había quedado claro que la generación de 2007 se había marchitado. Terminó mimetizada con la demagogia de la política vieja, tan responsable del drama actual. De repente empezamos a ver a diputados, que días atrás andaban recibiendo perdigones a la calle, amenazando al ciudadano. Diciendo que si la gente no votaba, “no existía”.

Con el fraude de la regionales quedaron en evidencia los estafadores. La gente votó y la dictadura ganó. Los electores en las colas le permitieron al régimen simular la estafa con la que se regaló a sí mismo la mayoría de las gobernaciones del país.

El resto, cuatro, se las adjudicó al partido presuntamente opositor Acción Democrática —y una a Primero Justicia que luego volvió a arrebatar—.

Pero luego se concretó la capitulación final que exhibió al mismo tiempo, a los colaboradores. Los cuatro gobernadores de Acción Democrática no solo celebraron su triunfo en medio de un fraude inaceptable. También se juramentaron ante la ilegal Asamblea Nacional Constituyente. En ese momento se generó un quiebre definitivo —y necesario—.

Ya la Mesa de la Unidad Democrática venía desgastada. Cuando decidieron darle la espalda a más de siete millones de venezolanos al ignorar los resultados del plebiscito del dieciséis de julio —desconocimiento de la Constituyente, designar nuevos poderes y conformar Gobierno de transición—  definieron lo que vendría.

En agosto del año pasado, cuando la MUD, arrastrada por Henry Ramos Allup —el líder de Acción Democrática— se aventuró en una carreta sin frenos al despeñadero electoral, la coordinadora del movimiento Vente Venezuela, María Corina Machado, decidió apartarse. Es una de las líderes con mayor influencia en el país. En ese momento abandonó a la Mesa de la Unidad Democrática.

Posteriormente, cuando se juramentaron los cómplices gobernadores de Acción Democrática, el líder y excandidato presidencial, Henrique Capriles Radonski, también se apartó de la Mesa de la Unidad Democrática. Dijo en ese momento que no se volvería a reunir mientras estuviese Ramos Allup.

Ahora en las ruedas de prensa de la Unidad se ven las mismos tristes rostros. Todos, rechazados y denostados en el país: Julio Borges, Manuel Rosales, Henry Ramos Allup, Henri Falcón, Timoteo Zambrano, Enrique Márquez —dirigentes de los partidos Un Nuevo Tiempo, Avanzada Progresista, Acción Democrática; fuerzas políticas que ya han sido denunciadas por presuntamente colaborar con el chavismo—.

En cambio, los semblantes que antes aparecían y que generaban más confianza, no están. Los dirigentes que quedan, y tienen algo de decoro, entienden que no les conviene posar junto a los alevosos. Los otros, o han tenido que asumir el exilio —para desde tierras lejanas criticar con firmeza a la Mesa de la Unidad Democrática—, o han dejado claro su antipatía con el curso de esa dirigencia.

Ya los rostros de Freddy Guevara, María Corina Machado, Antonio Ledezma, David Smolansky y Capriles, no están. Tampoco de los que siguen en el país y continúan formando parte de la Unidad, como Delsa Solórzano, Lilian Tintori o Juan Carlos Mejía. Sus apariciones son esporádicas, porque han sido sustituidos por Omar Barboza o algún funesto gobernador de Acción Democrática.

Nadie sabe bien qué es lo que queda de la Mesa de la Unidad Democrática. Al principio se suponía que era una coalición de más de veinte partidos de oposición, pero ahora solo se habla de un presunto G-4: Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo, Primero Justicia y Voluntad Popular. Estos últimos, con disidentes de la MUD entre sus filas, como Ramón Muchacho, Smolansky o Roberto Smith, quienes son firmes al cuestionar a la Mesa de la Unidad Democrática.

Y, en medio de la tragedia de la plataforma electoral —que jamás pudo ser algo más que una plataforma electoral—, se han alzado otros movimientos, cuyos intereses son perfilarse como alternativas para una sociedad desamparada y hastiada.

Ya la Mesa de la Unidad Democrática no representa nada. Hace unos días un grupo de dirigentes estaba en República Dominicana tratando de negociar algo en nombre de nadie. A la isla asistió Julio Borges, quien domina Primero Justicia pero carece de la popularidad de Capriles; Manuel Rosales, rechazado por la mayoría de los ciudadanos por ser un presunto cómplice; Luis Florido, de Voluntad Popular; y militantes de Acción Democrática, partido también acusado por cómplice.

Julio Borges en República Dominicana, junto a Manuel Rosales.

Pero la Mesa de la Unidad sigue ahí. Pretendiendo liderar una batalla. Tratando de capitalizar el significado de «unidad». Lo que queda de ella, de la MUD, trata de dar direcciones a la sociedad. Y ahí están. Ahora el diálogo ha fracasado —sin sorprender a nadie—, por lo que ese espacio de lucha ha quedado descartado. Al mismo tiempo, la comunidad internacional, entera, ha dejado claro que no reconocerá y rechazará, no solo el próximo proceso electoral fraudulento, sino cualquier resultado que se produzca.

Ya algunos dirigentes de la presunta oposición, campantes, habían informado su voluntad de asistir al trágico simulacro. Lo dijeron cuando ya varios países del mundo habían expresado su rechazo a los falsos comicios —incluso, sin vergüenza, Henry Ramos Allup, uno de los candidatos, llegó a hacer la infeliz pregunta de si a él no lo reconocerían como presidente en caso de ganar—.

Pero ayer el Grupo de Lima, en lo que fue un inédito y decisivo comunicado, dejó claro que los más de 13 países no reconocerán ninguna elección que no sea libre y rechazarán a cualquier candidato que se juramente ante la ilegal Asamblea Nacional Constituyente —como lo hicieron los gobernadores adecos—.

Han pasado casi veinticuatro horas y aún los que pretenden dirigir a todo un país no han ofrecido ninguna ruta. Veinticuatro horas de la declaración del Grupo de Lima, claro; pero varios días del fracaso del diálogo. No se ha dicho nada. Supuestamente están en un largo proceso de consulta, como si no se hubiesen preparado frente al previsible escenario.

No han dejado claro si irán en contra de toda la comunidad internacional, dispuestos a ser cómplices del chavismo en la farsa; o si obedecerán a la advertencia del concierto de naciones y se someterán a la voluntad de la mayoría de los ciudadanos racionales.

Una disidencia que es —y no es— vanguardia

Mientras la Mesa de la Unidad Democrática perdía toda credibilidad y respaldo, en el país se alzó un nuevo movimiento, mucho más sólido, cuyo interés es representar a esa ciudadanía desamparado y convertirse en punta de lanza de la lucha contra la tiranía de Maduro. Es decir, ser vanguardia.

Soy Venezuela nació el sábado 16 de septiembre. Es una alianza que está conformada por un grupo bastante heterogéneo. Desde intelectuales de la talla del historiador y escritor Germán Carrera Damas y Rocío Guijarro, la presidente de la Red Liberal de América Latina y gerente general del think tank CEDICE; hasta un activista como Julio “Coco” Jimenez y el histórico y sabio dirigente de 84 años, Enrique Aristeguieta Gramcko.

La alianza de oposición es dirigida principalmente por María Corina Machado, Antonio Ledezma y el diplomático y hombre internacional, Diego Arria. Aunque Soy Venezuela no arrancó con tanta fuerza, se ha visto favorecida por el descrédito que padece la MUD.

Miembros de la alianza Soy Venezuela. En primera fila están la exalcaldesa metropolitana de Caracas, el historiador y escritor Germán Carrera Damas, la abogada Blanca Rosa Marmol, el activista Julio Coco y el político Enrique Aristeguieta Gramcko.

No obstante, han sido tímidos. Los pasos los han dado con pie de plomo —probablemente por la represión de la dictadura, que ya hace poco secuestró y liberó al más anciano del grupo, Aristeguieta Gramcko—.

La primera manifestación la convocaron en noviembre del año pasado, en apoyo al secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro. En esa oportunidad la participación fue moderada, pero fue su primer acto de presencia en el asfalto.

Esperaron varios meses para volverlo a intentar. Fue a principios de este año cuando Soy Venezuela convocó a una manifestación más atrevida. Los dirigentes del movimiento de oposición se plantaron frente a la histórica Universidad Central de Venezuela en honor a los asesinados por la dictadura. Nuevamente la participación fue austera, pero ese 22 de enero resurgió el olor a gas lacrimógeno en Caracas.

No han vuelto a marchar, y algunos de sus líderes sugieren que de eso no se trata. De acuerdo con el filósofo y catedrático Erik Del Búfalo, miembro de Soy Venezuela, esta nueva etapa implica mucho más orden, inteligencia y actos clandestinos.

En el ámbito internacional puede que los logros sean mayores. Soy Venezuela se ha movido bastante entre la comunidad de naciones porque cuenta, primero, con el expreso político y reconocido dirigente, Antonio Ledezma, quien pudo huir de Venezuela. También está Diego Arria, uno de los venezolanos más respetados fuera de la frontera.

Pero la coyuntura parece exigir premura. En Venezuela, los niños, las madres y los padres, mueren. Unos por falta de diálisis, de comida, de medicinas, de orden público; también porque impera la impunidad, la anarquía, la represión. Son cientos. Son miles. Además, la oportunidad es única —y, quizá, la última—.

Maduro se prepara para orquestar otro gran crimen contra la República. Perderá mucha más legitimidad ese 22 de abril, si lo dejan solo, claro. Sin embargo, nada servirá si no existe una agenda paralela, elaborada por los verdaderos disidentes, que establezca una ruta racional e inteligente para el rescate de la libertad.

Esa ruta no se ha planteado. Evidentemente no lo ha hecho la MUD —que desde hace rato debió apartarse o hacerse un harakiri—; pero tampoco Soy Venezuela, que al principio se erigió como vanguardia.

Algunos tienen la esperanza de que naciones amigas concreten una intervención militar para deponer a Maduro. Sin embargo, la inercia y la complicidad no colaboran con esa empresa.

Como muy bien señala el filósofo Del Búfalo: “Es bueno hacer el ejercicio de cómo nos ven desde afuera. Quizá nos ven como un país lamentable: chavismo impune, oposición inepta y colaboracionista, masas tranquilas esperando un pernil y élites ignorantes y parasitarias. No es fácil tomar la decisión de intervenir un país así”.

Los que rechazan a María Corina Machado y a su grupo, aseguran que la dirigente anda estancada en el diagnóstico, en la crítica —ojo, necesaria—, y en el idealismo. La atacan por no concretar y por su discurso abstracto. Que hable de libertad, de principios y de «narcotiranía», no es atractivo.

Tal vez es verdad. Aunque esta es, sin duda, una lucha de principios. Una gesta en la que la dignidad debe alzarse sobre lo indecoroso. Pero es hora de concretar.

Quizá las estrategias deban mantenerse en la clandestinidad —es lo inteligente frente a una tiranía—, pero la gente está harta. Se necesita precisión. Urge saber cómo encarar los tiempos difíciles que vendrán. Claramente no se trata de falsas e imbéciles disyuntivas (como votar o no votar); sino de establecer una importante hoja de ruta.

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