Venezuela: ¿para qué quiere reelegirse Nicolás Maduro?

Su intento de "relegitimación" no consigue eco ni dentro ni fuera del país, y algunos analistas se temen un "colapso del día siguiente" de una reelección falsa

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A esta altura, lo único que podría lograr Maduro con su farsa de elección es tratar de cohesionar a sus mermadas huestes. (Fotomontaje PanAm Post)

Está muy claro, a esta altura del partido, que Nicolás Maduro no podrá obtener la “legitimidad” que esperaba de una “elección” presidencial hecha precipitadamente, violando todos los lapsos y las leyes venezolanas, con un árbitro absolutamente carente de credibilidad y sin reconocimiento interno o internacional.

Parece evidente que la ONU no la avalará; que no servirá para ganar terreno con Estados Unidos, los países importantes de América o la Unión Europea (al contrario, que las sanciones recrudecerán); y es dolorosamente obvio, tras su viaje a Estados Unidos con los hermanos Rodríguez, que Henri Falcón no puede ser considerado, a ningún efecto, “candidato opositor”, como afanosamente intenta hacerlo ver el régimen venezolano. El “efecto legitimador” que podría brindarle Falcón a Maduro, sencillamente, no está ocurriendo.

Para más, las perspectivas de Venezuela, en este momento, son aterradoras. El país ha entrado en una fase de colapso de sus servicios públicos. Las fallas de electricidad ya impiden la vida cotidiana; la escasez de alimentos está llevando a la gente a un estado semianimal de peleas, búsqueda de comida en la basura, e hiperinflación; miles de personas abandonan las fronteras nacionales todos los días, hacia los países vecinos; la gente muere por algo tan sencillo como la falta de un antibiótico de uso común.

Y más allá, el rechazo a Nicolás Maduro, a todo lo que representan tanto él, como Diosdado Cabello y todo el resto de los gerifaltes de la cúpula del chavismo, es profundo, insondable incluso para las encuestas. Pueden usar la televisión las 24 horas para promoverse; pueden inventar todas las “elecciones” (no competitivas) que les dé la gana; pero la verdad de las cosas es que la farsa termina donde comienza la calle, donde un comentario a favor del régimen es recibido con desprecio, con rabia, incluso con odio. Ellos lo saben, pero aún intentan mantener un engaño, no solo a punta de propaganda: Están dispuestos a reprimir con mucha mayor dureza hoy que en 2017.

Maduro promete “recuperar la economía”(?) si “gana” las “elecciones”. Todos sabemos que está prometiendo lo mismo desde 2013. Supongamos, por un momento, que el camino que toma el obeso mandón es el contrario al que todo el mundo esperaría: Imaginemos (soñar no cuesta nada) que el 21 de mayo Maduro anuncia un programa de apertura económica, libera los precios, el tipo de cambio y privatiza.

¿Es viable? Por supuesto que no. Maduro no tiene ninguno de los recursos (el primero, el intelectual) para tomar una decisión de este tipo: carece del soporte necesario y del mando entre la mafia que lo sostiene en el poder, para asumir semejante golpe de timón; y tampoco obtendría, de esa sedicente “elección” la legitimidad indispensable para abordarlo. Hace por lo menos tres años que Venezuela no tiene un presidente, sino un aferrado.

¿Hay otro camino? ¿Puede esquivar Venezuela el colapso que vivieron todos los países comunistas, y con él, la poblada que sin duda vendrá entre los que se queden aquí? ¿Sucederá eso antes o después del 20 de mayo? ¿Hay manera de contener la avalancha que aún podría producir este pueblo hambriento?

Son preguntas sin respuesta. Pero los acontecimientos se precipitan.

La “ventana de la represión” también se cierra

Entonces, ¿para qué quiere reelegirse Nicolás Maduro? En diversas oportunidades ha hablado de un “mandato relegitimado”, que, como ya vimos, no podrá imponerse al exterior, y a lo interno es cada día más difícil de vender.

A esta altura, lo único que podría lograr Maduro con su farsa de elección es tratar de cohesionar a sus mermadas huestes, y con el único propósito, valga la reiteración, de sostenerse en el poder a sangre y fuego. Pero hasta esto le es esquivo ahora, como lo muestran los abundantes ruidos de sables.

Está muy claro que la casta militar, en este momento, no parece dispuesta a inmolarse con Maduro; y si él y su grupo más cercano pueden seguir considerando a EE. UU. y sus sanciones como un “tigre de papel”, en el resto de la casta, sí están escuchando atentamente, y con temor, por la oficialidad media, con más qué perder y más años para sufrirlo.

El temor, nada disimulado en los países aún cercanos a Maduro y con cierto poder (Rusia, China, porque Bolivia o San Vicente y las Granadinas no cuentan en el concierto internacional) es de “una reelección que pueda implosionar” al día siguiente. Y a todos interesa un Plan B; no solo a los amigos de Maduro, sino a los vecinos de Venezuela.

Porque la alternativa sería, sencillamente, insoportable para la región. Y porque Maduro y los que están alrededor, que se sienten atrincherados en estos 900 mil kilómetros cuadrados, no conocen de decenas de casos en la Historia de gobernantes a los que “se les pasó el arroz”, y a los que nadie pudo salvar de la furia de sus ciudadanos. Por ignorancia, pueden someter al país (y a ellos mismos) a un destino peor que el actual; está llegando el día en el que encerrarse, sencillamente, no les servirá de nada, porque los cocodrilos que se los comerán están puertas adentro.

Lástima que en este momento crucial del país, no haya ni siquiera un atisbo de coherencia en la oposición venezolana, que pueda liderar tan tristes horas.

Pendientes de los días que nos vienen, venezolanos y amigos de Venezuela (el país, no el Gobierno) en el mundo.

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