Locura de género

¿Qué separa una causa justa de una histeria de género? Los postulados de los colectivos "feministas" modernos están basados en falacias históricas y convenientes tergiversaciones y omisiones.

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Un movimiento sostenido por el odio no trae nada bueno bajo el brazo.
(Foto: EFE)

¿Quién, en su sano juicio y en pleno uso de sus capacidades intelectuales, no es feminista? Deberíamos hurgar los contenedores de basura moral más profundos para encontrar un personaje que, ya bien entrado el siglo XXI, no sostenga, con la más sólida de las convicciones, que hombres y mujeres tienen los mismos derechos y obligaciones, que son física, intelectual y emocionalmente capaces de ejecutar las mismas tareas y son igualmente libres de gozar de sus individualidades y de sus facultades cívicas.

Sin embargo, el término «feminismo» nos fue despojado (a nosotras, las mujeres), tanto así que no somos pocas las que rechazamos el vocablo con contundente vehemencia y hastío. ¿Y qué pasa si no decimos, con todo el aire de nuestros pulmones, que somos feministas? ¿Qué significaría? ¿Que queremos volver a la Edad de Piedra? ¿Que somos machistas? ¿Que abogamos por más abusos sexuales? Todo el postulado de este colectivo histérico (como todo colectivo) es ridículo.

El movimiento feminista actual no nace de un reclamo justo, y es esta la razón por la que no solo es estúpido sino que está condenado a la estupidez. En primer lugar, las bases históricas que lo sostienen no son las más confiables. La  supuesta «invisibilización de las mujeres» en la historia (disparadora de este revanchismo cainita) no existe como tal.

Ya en el 400, hombres viajaban de los sitios más remotos para tomar clases de matemáticas y astronomía con Hipatia de Alexandría. Entre el 700 y el 1000, las mujeres de la cultura escandinava (vikingos) tenían derecho al divorcio y a la propiedad privada. Asimismo, incluso durante el medioevo central y tardío, son incontables las mujeres que fueron admiradas y respetadas por sus contemporáneos. Desde Juana de Arco, pasando por Eleonor de Aquitania, hasta una reina imprescindible para Europa y el mundo (Isabel de Castilla, cuyo apoyo a las expediciones de Cristóbal Colón forjaran uno de los eventos que ponen fin a la Edad Media), las mujeres han sido una parte irremplazable de la historia. Son tantos los ejemplos del Renacimiento en adelante, que no me bastaría un solo artículo para referenciarlas.

La «invisibilización» a la que se aferran desde los colectivos feministas, por lo tanto, no es real. La única razón por la que siguen amarrándose a este portaaviones cargado de falacias es la misma por la que el socialismo sigue en vida: falta de estudio y lectura.

Por supuesto que fue, durante demasiado tiempo, la masculinidad la que imperó. En algunos puntos del globo, lo sigue siendo. Pero incluso en este contexto, en el que a la mujer fue, en efecto, vergonzosamente minimizada, hablar de «invisibilización»  es una exageración malintencionada.

Es fácil olvidar, en la comodidad del siglo XXI, que las guerras en la historia fueron la regla. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad atraviesa el más extenso período de paz alguna vez vivido (que no, no significa que no haya guerras, sino que hoy en día es literalmente más problable morir de diabetes que a causa de un conflicto bélico).  Sí, es cierto, hasta hace relativamente poco tiempo, nadie miraba a una mujer para diseñar una catedral. De la misma manera, a lo largo de todos estos siglos en los que la paz fue la excepción, tampoco se miraba a una mujer para dirigir un batallón. Mientras tanto, los hombres gozaban del dudoso privilegio de ser descuartizados en una trinchera o de morir en el campo de batalla por razones que le eran absolutamente ajenas.

Este feminismo (que, reitero, me apena llamarlo así) nació en la década de 1960. El socialismo, al darse cuenta de que la reivindicación armada ya no seducía y habiendo agotado la monserga de la lucha de clases, va a las universidades y abraza las causas sociales. Nunca antes el socialismo o el comunismo habían sido gay-friendly (sino todo lo contrario), por citar otro de los ejemplos más notorios. El socialismo y el comunismo dan así el toque colectivista a un movimiento que, hasta entonces, era una reivindicación válida y justa.

A partir de allí, todos sabemos lo que sucede: la mujer es convenientemente convertida en víctima, y si hay víctimas, es porque hay victimarios. La sociedad se divide y reina el caos (como nuestras abuelas alguna vez nos dijeron, «a río revuelto, ganancia de pescador»). Y no es solo mi opinión desde el liberalismo.

Ellie Mae O’Hagan expuso la misma idea en su columna de The Guardian el pasado 8 de marzo, solo que O’Hagan halaga estas siniestras semejanzas. «Si esto (la causa «feminista») suena a socialismo, es porque lo es. Solo mermando el poder de la clase del jefe (…) podremos asegurar que ninguna mujer sea forzada a elegir entre explotación sexual y económica y pobreza», alega, entre disparates varios y un despligue descomunal de ignorancia y negando el papel fundamental del capitalismo a la hora de independizar a la mujer.

Todos los colectivismos funcionan más o menos de la misma manera. Las aspiraciones y singularidades de cada individuo son ignoradas (de ser posible, aplastadas) y los fines justifican los medios. Es por esto que la historia es adaptada para ser funcional a esta narrativa iracunda y fanatizada, omitiendo pasajes esenciales de los sucesos que nos trajeron a la coyuntura actual.

Y como no conocen la historia, la repetirán. El feminismo puritano y mojigato se presta para los mismos atropellos que tantos hombres y mujeres resistieron. Este feminsimo, alimentado de odio y  de un par de argucias de libreto, es un retroceso para la libertad. No, no para «las libertades conquistadas» de las mujeres, ni para la de los hombres: es una amenaza para la libertad, punto final.

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