Cómo el conservadurismo hizo grande a Estados Unidos

Muchos liberales hoy en día desconocen en qué ambiente floreció el capitalismo, pero además se empeñan en defender estilos de vida que terminarán por destruir la libertad que gozamos.

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Ronald Reagan y su esposa Nancy. (Foto: Flickr)

Una y otra vez mi pelea con muchos libertarios ha sido sobre la importancia de los valores y la cultura predominante en una sociedad para mantener el capitalismo y la libertad en el largo plazo. El capitalismo es un sistema socioeconómico, lo cual quiere decir que no solo se trata de instituciones bancarias sino también de costumbres y cultura.

Muchos liberales hoy en día desconocen en qué ambiente floreció el capitalismo, pero además se empeñan en defender estilos de vida que terminarán por destruir la libertad que gozamos hoy.

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Hablemos de cómo Estado Unidos llegó a ser grande. La ética protestante y el puritanismo ofrecieron en Estados Unidos el terreno ideal para que floreciera el capitalismo. Los códigos de la sociedad eran el trabajo, la sobriedad, el ahorro, el freno sexual y en general una actitud prohibitiva y de contenerse frente a los deseos carnales.

Si se quiere entender el ambiente y la cultura que permitió que Estados Unidos se convirtiera en tan grande nación no hace falta sino ir a los textos de Jonathan Edwards y Benjamin Franklin con su protestantismo. El pensamiento de estos hombres forjó el carácter norteamericano.

Franklin, por ejemplo, hablaba una y otra vez de «utilidad». Hablaba de «salir adelante» mediante la templanza y el trabajo duro. Incluso cuando hablaba de Dios, recalcaba la «utilidad» de ser creyente. Dios recompensa el buen comportamiento y castiga el vicio, de modo que un creyente tendrá un vida ordenada y útil.

El padre fundador insistía en las trece virtudes útiles: la templanza, el silencio, el orden, la resolución, la frugalidad, la laboriosidad, la sinceridad, la justicia, la moderación,la limpieza, la tranquilidad, la castidad y la humildad.

Estas virtudes eran sobre todo muy útiles en poblaciones pequeñas donde no se podían dar el lujo de encerrar o desterrar a buena parte de la comunidad, ya que eso afectaría su población y el orden en que vivían. Por lo tanto, entendiendo lo necesarias que eran estas virtudes, la comunidad se esforzaba por cultivarlas y cuidarlas.

Se estableció un sistema de control social mediante el voz a voz, el escarnio y el señalamiento a quien no tuviera una vida útil y decente. La gente sentía desconfianza y no se relacionaba con los vagos, borrachos y perezosos, ni con aquellos que decidían entregarse al placer.

Las religiones sirvieron como medio de control social y motivación para salir adelante y volver grande una nación. Esos valores conservadores fueron los que permitieron el florecimiento del capitalismo y la libertad.

Varios son los factores que contribuyeron a que este comportamiento tan rígido y virtuoso poco a poco se fuera desvaneciendo hasta terminar en la predominancia de una cultura que amenaza la libertad y el sostenimiento del capitalismo.

Por un lado, como lo explica muy bien Daniel Bell, en la medida en que las sociedades fueron acumulando riqueza ya no era necesario ser tan estricto en los comportamientos. Antes la gente no podía durar una semana dedicada al placer y las borracheras porque podía perder todo. En ese sentido, el mismo capitalismo ha permitido que las personas puedan tener una vida muchísimo menos disciplinada.

La crítica, por supuesto, no es al capitalismo y sus beneficios, sino a aquellos que se olvidan de cuáles son los comportamientos que permitieron las riquezas de las que gozamos hoy y que son necesarios -aunque ya no en esa medida- para mantener en el largo plazo la libertad y la prosperidad.

Por otro lado, las ciudades fueron creciendo y se hizo imposible mantener el sistema de control social y exclusión a quienes se comporten mal. Antes los vecinos se conocían, hoy en día es probable que usted ni siquiera sepa quién vive en el apartamento de al lado o quién es su compañero de trabajo.

Además, -y esto es lo más importante- los líderes culturales, movimientos de artistas y demás, han penetrado hasta lo más profundo de esas columnas y esos sustentos morales que hicieron a Estados Unidos tan grande. Por fortuna, aún no las tumban y cada vez hay más gente reaccionando ante el ataque.

Hay que aclarar que aunque no siempre en la misma medida, sí fueron siempre estos mismos los fundamentos de las sociedades que llegaron a alcanzar libertad y prosperidad.

La cultura que se generaliza a partir de 1960 ha sido llamada por sus creadores «contracultura» porque precisamente va en contra de todos estos valores y costumbres reforzadas por el puritanismo y el ética protestante, el objetivo final no es más que un ataque a los valores de los que hemos hablado.

Aunque este movimiento solo logra generalizarse en los 1960, ya desde inicios del siglo XX estaba trabajando fuertemente. Harold Stearns, un intelectual famoso en los años 1920, y que tenía un grupo muy influyente en la Universidad de Harvard, escribió que “un puritano era una persona sexualmente inepta que, incapaz de gozar ella misma, solo hallaba satisfacción en impedir el goce de otros”.

En 1920 ya diferentes personalidades de la clase alta vivían vidas bohemias, leían a Marx y Freud, y creían que los problemas del mundo se debían al puritanismo y a la represión de los instintos. Pero no es sino hasta la década de 1960 cuando todo esto baja a la gente del común

El rechazo a los valores conservadores viene por la cultura. En los 1960, Michel Foucault y su idea del hombre como “una huella en la arena”, que será borrada por las olas se hace popular. El hombre que piensa en la vida eterna, en llevar una vida buena para la salvación del alma es cada vez menos común. Y es que cuando se dice que el ataque fue desde la cultura, se habla de que en general, el arte, la literatura, la filosofía, la psicología le decían a los jóvenes que estaba bien liberar sus instintos y hacer todo cuanto quisieran y en el momento que deseasen.

El estilo de vida antes reservado solo para un pequeño grupo de clase alta, es ahora practicado por lo que todavía sigue siendo una minoría pero ahora son muchos más y dominan por completo la escena cultural. En la actualidad parece que todo está permitido, casi cualquier aberración es defendida por lo menos por un grupillo de intelectuales, cada vez más influyentes, que se presentan a sí mismos como visionarios defensores de la libertad. Incluso la pedofilia encuentra en estos momentos defensores.

Dice Adam Smith en La Riqueza de Las Naciones: «los vicios frívolos son siempre ruinosos para el pueblo llano y una sola semana de imprudencia y disipación a menudo basta para destruir a un pobre trabajador para siempre … las personas mejores y más sabias del pueblo llano, por ello, siempre aborrecen dichos excesos, que la experiencia les demuestra resultan inmediatamente fatales para la gente de su condición».

Hoy ya no ocurre eso, el cambio cultural ha llegado a todas las clases y ya no se trata de un estilo de vida reservado para unos pocos que pueden sobrellevar las consecuencias de una vida de «liberación». El daño que la idea de vivir según los instintos, y hacer todo cuanto se quiere, ha ocasionado a los más pobres y a la sociedad en general no se ha dimensionado aún.

Una sociedad de vagos, libertinos, abandonados a sus deseos, sin el más mínimo carácter para contener sus instintos, y dedicados la vida bohemia, es una sociedad que no podrá mantenerse en libertad ni podrá en el largo plazo mantener la prosperidad.

Por eso desde Montesquieu, pasando por Smith que hablaba de la necesidad de un orden moral para que surja y se mantenga el capitalismo, hasta libertarios que tienen amplia difusión en la actualidad como Rothbard con su rechazo a los libertarios-libertinos o Mises, que por ejemplo decía que «el amor libre es la solución socialista para los problemas sexuales», e incluyendo pensadores como Hans-Hermann Hoppe quien asegura que todo buen libertario debe ser conservador, los grandes liberales siempre han sido conservadores en el ámbito social.

Para tener un país con cada vez más libertad y prosperidad no es necesario volverse puritano, pero sí es necesario mantener los valores conservadores fundamentales que permitieron a Occidente ser lo que es hoy.

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