Venezuela: la unidad como azote

¿Tiene sentido una unidad impuesta por la oligarquía del fracaso y del error sistemático?

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Ellos quieren mantener un odioso derecho a veto porque todavía pretenden ser los mandatarios de un respaldo popular que fue alguna vez mayoritario, pero que ya no tienen. (Twitter)

Una ansiedad perniciosa recorre a Venezuela. ¿Es acaso posible derrotar a la tiranía reinante en ausencia de unidad? ¿Es la unidad una condición indispensable, necesaria y suficiente para superar los obstáculos actuales y recuperar el sendero de la libertad? ¿Hay que deponer principios y valores para disolvernos en una mezcla inconexa de intereses contradictorios que solo se disimula en algunas puestas en escena? ¿Cuál es la unidad que necesita el país? ¿Y si no aceptas las condiciones impuestas por los “unionistas”, entonces eres un traidor a la patria?

La ansiedad unitarista se está transformando en un dedo acusador que anda buscando culpables, inventando componendas y propagando falacias. Por eso hay que hacer el esfuerzo de aclarar tanta confusión. La unidad no es una condición, tampoco un desiderátum. Es simplemente un curso de acción que solo funciona adecuadamente si se cumplen un conjunto de requisitos. La unidad no puede ser asumida como un fetiche milagroso, componedor de todos los entuertos y conjurador de todas las tiranías. No puede ser tampoco el trapiche en el que se muelan la integridad, la congruencia y los valores, para mezclarlos con la inconsistencia, las apuestas subalternas y la extrema flexibilidad con la que algunos tratan al régimen.

La ansiedad unitarista pretende invertir el proceso lógico asociado a la formulación de consensos y alineación de objetivos. En la vida real primero se definen las metas y los medios para alcanzarlas, y luego se proponen las condiciones indispensables para acumular la fuerza y la organización que se necesitan para lograrlas. Es en ese momento, y no antes, que se plantea la pertinencia o no de practicar la unidad, si eso es lo que conviene, o si resulta necesario.

No es al revés, tal y como se pretende hacer en Venezuela con la experiencia del llamado “Frente Amplio”. Ellos quieren primero la foto, desean que primero se celebre el espectáculo, y luego se haga el trabajo de acordar los términos de la coalición. Pero allí está la trampa. Porque sus proponentes pretenden practicar la política de los hechos cumplidos, la imposición autoritaria de un guión preestablecido y la preservación de privilegios de mando y dirección de un liderazgo quebrado en su moral, además de su capacidad de producir resultados. Ellos quieren mantener un odioso derecho a veto porque todavía pretenden ser los mandatarios de un respaldo popular que fue alguna vez mayoritario, pero que ya no tienen. Y, por supuesto, nombrar a gente de su confianza en los puestos de dirección ejecutiva.

¿Tiene sentido una unidad impuesta por la oligarquía del fracaso y del error sistemático? ¿Tiene sentido ser “los mirones de palo” de una falsa unidad?

A decir verdad, los partidos, que se lucran de una supuesta mayoría obtenida en las últimas elecciones parlamentarias, quieren seguir ejerciendo una influencia determinante, a pesar de todo lo que ha ocurrido en los últimos dos años, plenos de errores estratégicos y rebosados de una obsesión por el fracaso de cuanto han intentado. Erraron en la agenda parlamentaria. Erraron en la oportunidad de solicitar un referendo revocatorio para destituir al presidente. Erraron al conducir las protestas de calle. Erraron al defraudar los compromisos de la consulta popular celebrada exitosamente el 16J. Erraron al acompañar procesos electorales espurios. Erraron al participar “por mampuesto” en las elecciones municipales. Erraron al juramentarse ante la fraudulenta Asamblea Constituyente, a la que permitieron instalarse. Erraron al ir a las parodias de negociación realizadas en República Dominicana. Erraron al no reaccionar rápidamente ante la convocatoria, también fraudulenta, de una simulación de elecciones presidenciales. Erraron al pedir “una mejora de las condiciones electorales para decidir participar”. Erraron al enmascararse detrás de la tramoya de un frente amplio. Y siguen errando al intentar, por todos los medios, que todos se sumen a esa farsa.

Estos son los que quieren seguir dirigiendo la agenda política de Venezuela. Los mismos que son incapaces de asumir la responsabilidad por sus desafueros. Los mismos que necesitan echarle la culpa a “los radicales” que los obligan al incómodo extremo. Los mismos que nunca son realmente solidarios con los que son transformados en presos políticos y mercancía de canje. Algunos plantean que el momento exige “pasar la página y perdonar”. ¿Perdonar sin propósito de enmienda? ¿Perdonar para preservar la mezquindad analítica y salvaguardar la prepotencia con que intentan dirigir?

La ansiedad unitarista es un azote. Persiguen por todos los medios ser un polo también totalitario a la tiranía que ellos no se atreven a calificar como totalitaria. Su objetivo a corto plazo no es enfrentar al régimen que, con esa oposición fofa y equivocada, luce cómodo en el logro de sus propias metas. Su objetivo real es devorar la diversidad de opciones, depredar a los que con razón se resisten, y lograr lo que efectivamente buscan: el monopolio absoluto de la alternativa para implantar una connivencia con el régimen que les permita seguir siendo lo único que han practicado en los últimos años: un atractivo y confortable juego de roles en el que ellos se han especializado en ser oposición y nunca una posibilidad de Gobierno.

A pesar de lo dicho, ¿hace falta asumir la unidad como una necesidad impostergable? Definitivamente no. Lo que se necesita es acumular fuerza. Y eso se logra con integridad, claridad estratégica, disciplina táctica, confianza social y significación política honesta de lo que efectivamente está ocurriendo. No se pueden acompañar la duda y los entuertos, sin terminar estando equivocados. No se puede compartir la ambigüedad de los que tienen miedo de definir al régimen como una tiranía. No se puede convivir con quienes tienen miedo de criticar al socialismo.

Tampoco vale la pena ser el cortejo de los que no quieren renunciar al discurso populista, o de los que sueñan con ser los rectores de un Estado arbitrario y patrimonialista. Pero, sobre todo, ¿qué sentido tiene ser parte de los que simulan amplitud porque acogen en su seno a represores confesos, violadores obvios de los derechos humanos, practicantes de la cuerda floja ideológica y farsantes conspicuos que no se pueden remangar la camisa porque allí esconden bonos de la deuda ilegalmente contraídos, comisiones estatales, prebendas políticas e historiales inconfesables de cooperación silenciosa? Eso no es unidad. Eso es contubernio. Y una unidad así no es demostración de probidad, es un peligroso azote de las posibilidades de triunfo.

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