El transfuguismo argentino

Los pueblos nos merecemos los poderes que nos gobiernan, pero habría que estar claros en que cuando el engaño moral es atroz, la gente no tiene la culpa de semejantes estratagemas a las que se la somete

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Alberto Fernández y Sergio Massa tras pactar coalición electoral. (Foto: EFE)

Por Washington Abdala

Argentina es un actor esencial en Latinoamérica. Si a Argentina la va mal, por más que a otros países les vaya bien, en alguna medida nos va a ir mal a todos. Si algo aprendimos –padeciendo un Mercosur débil– es que los vínculos entre la región son estrechos y que solo hay fluidez de personas, servicios y bienes cuando las economías se complementan y los gobiernos motorizan ese talante (debería ser tarea de los Estados, pero la realidad es así). Y para ello la economía tiene que estar operativa porque de lo contrario no hay sinergias posibles y los países se ponen trabas arancelarias y se encierran. El miedo es el precursor de los nacionalismos.

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Por eso los «actores políticos» son siempre un dato a mirar de reojos porque a todos nos influyen los liderazgos que suceden en el continente, más aún en un mundo globalizado donde, si bien los mercados se diversifican, no así los vínculos, y menos la «contaminación» política en zonas hundidas por la corrupción. ¿Quién iba a venir del mundo exterior a invertir en el país de Cristina Kirchner o en el de Lula Da Silva donde las cleptocracias en el poder habían instalado sistemas de corrupción que todo lo envilecían y al que había que rendirles culto para impulsar cualquier emprendimiento? Es cierto, no se han recuperado aún las economías de los países al ritmo que sería deseable, pero es verdad también que el péndulo de lo ético empezó visibilizarse, y ya no se aplaude al político «ladrón» sino que se lo enjuicia y se lo escudriña con desconfianza. Por lo menos, en esa tendencia parecía que estábamos.

Por eso llamó la atención en la región el nombramiento como testaferro político de Cristina Fernández de Kirchner de Alberto Fernandez. Es más: aún resulta incomprensible, excepto para aquellos que consideran la política un ajedrez donde las jugadas solo las conoce alguien muy experto en movimientos a futuro.

La designación de Alberto Fernández como kirchnerista de segunda generación (remasterizado) es un acto sigiloso que denota una ética menor cuando de generar distracciones se trata, pero aún más inmoral es la aceptación y algarabía del ungido, que de un día para el otro sale a desdecirse de lo expresado, creyendo que sus dichos ya no valen, comenzando un relato increíblemente proteccionista de la exprimera dama, reprochada penalmente de diversas causas penales. Solo para los que oímos alguna grabaciones «auténticas» de la dama, nos alcanza y nos sobra para entender la verosimilitud de la prueba allí reconocida y captar que se está ante un conflicto de interés notorio donde lo privado importó más que lo público. No se puede exonerar de responsabilidad política a la expresidenta, solo algunos senadores corporativos la salvan de recorrer los estrados judiciales y terminar presa. Esa es la verdad, los que hoy se asumen como alternativa son los socios implícitos de la dama. Por eso también al pirueta de Sergio Massa es otro acto más que daña la credibilidad de lo político de manera grotesca. Ayer te amo, luego te odio, hoy te vuelvo a amar. Un culebrón no podría ser más increíble.

Pero volvamos a la moral, buena parte del descrédito de lo político en el presente es fruto de que el ciudadano advierte que lo moral es inmoral, o sea, ya no hay moral dentro de la política, o la que se advierte es pútrida, menor y egoísta. Eso cree la gente y planteos como los que se hacen solo refuerzan que esa es la verdad.

Con franqueza, el nuevo relato de Alberto Fernández o Sergio Massa causa perplejidad, estupor y rebaja lo político al espacio de máxima devaluación: si cualquier causa permite decir ayer que Cristina era «el mal» y hoy –por razones de poder político y arribismo personal– hablar en clave admonitoria para con ella, algo está muy diluido en nuestras sociedades. Y lo que está mal no es la política sino la moral de las personas que hacen política así manejando umbrales repugnantes que nos permiten creer que todo está habilitado en el reino del poder.

Hace pocos años estuvo en Montevideo este mismo Alberto Fernández brindando una conferencia sobre la región y sus problemas. Durante no menos de una hora su versión era que el gobierno de Cristina era malo, errático, decadente y ruinoso, más otros calificativos despreciativos con los que solía juzgar a la señora con rostro de niño sobrio, blasfemando las peores expresiones que alguien pudiera imaginar para con otro ser político. Estilo gestual inexpresivo pero dialéctica de choque y retórica confrontacional. Ahora, todo parece medianamente aceptable dentro de un panorama que al principio causaba impacto. Y el tema moral, que es sustantivo, se lo advierte poco como si el «transfuguismo» fuera una variable cotidiana en la política. Y lo que sucede es que nos acostumbramos a estas cabriolas y no nos impactan lo suficiente.

Que el senador Pichetto sea el candidato a vicepresidente de Macri, digamos las cosas como son, obedece a la misma lógica de incrementar las bases políticas a costa de cualquier principio ético. Y eso sucede donde las reglas electorales lo permiten: en realidad allí está el pecado primigenio, la inmoralidad de la legislación electoral ambienta un sistema de partidos que logra la repugnancia del ciudadano.

No estoy seguro que semejante osadía, que tal brutal inmoralidad y que tan penoso escenario político al final obtenga el respaldo que aspira para sus proponentes, pero de ser así, con franqueza la Argentina estará en problemas porque nunca se sabrá cual es el verdadero discurso del eventual «poderoso» de turno si las mayoría así lo decidieran.

La política sin un mínimo de moral no tiene sentido de ser y termina hundiendo a todos en un lodazal que luego lleva años salir del mismo. La historia muestra con elocuencia que esto es así.

Los pueblos nos merecemos los poderes que nos gobiernan, es verdad, pero habría que estar claros en que cuando el engaño moral es atroz, la gente no tiene la culpa de semejantes estratagemas a las que se la somete. Y el que engaña moralmente, engañará políticamente y no es confiable nunca. Son el perfil de personas que la política debería decantar y no convocar nunca. Sin embargo, esa no es la evidencia empírica y habrá que estar muy atentos para que la conciencia popular adquiera madurez y logre entender los desafíos que tiene por delante.

Borges sostenía que los peronistas eran incorregibles, me temo que la observación se compadece in totum con los políticos en ese bendito país: casi todos ellos son incorregibles. Y con políticos incorregibles, el destino de la nación está sellado.

Washington Abdala es abogado, escritor, docente de Ciencias Políticas en Uruguay y representante de la Secretaria General de la OEA en el diferendo de Guatemala y Belice.

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