Como (no) hablar con un conservador: crítica al libro de Gloria Álvarez

Rothbard llamaba "libertario modal" a aquellos libertarios que despreciaban la religión, la moral y las tradiciones. Gloria Álvarez cae en esa definición

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Gloria Álvarez, escritora y politóloga. (Foto: Gloria Álvarez)

Por Esteban Zapata

«No escribas ese libro» fue la consigna con la que la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez presentó su libro «Cómo hablar con un conservador». Honestamente tiene sentido: no es conveniente escribir un libro en contra de los conservadores. Es totalmente innecesario, anacrónico y obsoleto.

En realidad, este libro es más bien un ataque a los libertarios que denomina «lobos conservadores», y no a los propios conservadores que nunca ha sabido definir. El problema principal es que nunca ha entendido —o ha leído superficialmente— a Hayek, Mises, Bastiat o Rothbard, que tuvieron ideas «conservadoras» como defender la tradición, la moral y la religión. ¿Ellos también fueron «lobos conservadores disfrazados de ovejas liberales»? Según la premisa de Álvarez, lo son.

El lector se preguntará por qué este libro es innecesario, anacrónico y obsoleto. Es innecesario porque crea división entre los libertarios. Las ideas puristas de «ni de izquierda ni de derecha» o «el que opina distinto a mí, es conservador o paleo» solo generan peleas absurdas que, a estas alturas, evidencian que existe una crisis profunda dentro del movimiento. Es anacrónico porque los conservadores que la autora menciona en su libro, dejaron de existir en el siglo XIX. Actualmente, la mayoría de conservadores opina distinto a lo expuesto ahí. Es obsoleto, además, porque en tiempos actuales las ideas libertarias entraron en fase crítica.

Cuando Álvarez se dio a conocer en el año 2014, se hablaba de «el futuro libertario». Pero en el 2016 surgieron figuras y sucesos que cambiaron todo, como el Brexit, el triunfo de Trump y Bolsonaro. Ahora, la alianza con los conservadores pro-libre mercado se hace imperiosa. El auge de la izquierda progresista e identitaria, cada vez más intolerante y totalitaria, y el consenso socialdemócrata, hace muy difícil que los liberales/libertarios por sí solos puedan triunfar en las urnas (el ejemplo estadounidense es claro: el Partido Libertario nunca ha logrado más de un 3% de los votos).

La premisa básica que tiene el libro es que los liberales/libertarios no son conservadores, que son distintos entre sí y, por lo tanto, hay que distanciarnos de ellos. No solo esto no tiene asidero en la evidencia histórica (la autora se «basó» en la Encyclopedia of Libertarianism para indicar eso) sino que también Álvarez falla en explicarlo. ¿Hayek fue «tonto útil» del conservadurismo al decir que los defensores de la libertad necesitan de los partidos conservadores para sobrevivir? ¿También lo fue Friedman al decir que prefería votar por el partido Republicano y no por el partido Libertario, porque quería libertad económica y eso sólo lo lograría con la derecha conservadora?

Al profesar la «religión objetivista» de Ayn Rand, que ve a todo el mundo como su enemigo, incluidos a los libertarios, no extraña entonces que ella se haya transformado en una colectivista de la libertad: una persona fanática que excomulga a todo libertario que no piense como ella.

No solo eso, sino que el pensamiento libertario de la guatemalteca queda en entredicho por sus constantes contracciones expuestas en este libro. Dice defender la vida, pero ningunea a los libertarios que se oponen al aborto y trata de justificar su apoyo con conceptos como la conciencia, que no define en el libro. ¿O por qué hace una defensa de «la diversidad de familias» cuando Hayek lo consideraba «falso individualismo» (él indicaba que el Estado crea nuevas formas de familias o, en el caso de la familia monoparental, se busca la dependencia de este)?

La autora presenta un discurso extremadamente parecido al progresismo, que busca que el Estado regule la sociedad, lo que la hace caer en una amalgama ideológica bastante extraña. Recordemos: Álvarez siempre ha tenido un discurso anticomunista y antisocialista (que la hizo popular), sus ídolos son conservadores, pro-vida y religiosos, incluida Thatcher que por alguna extraña razón la define como «libertaria» sin serlo (ella impuso la moral victoriana a través del Estado) y, a la vez, se coloca una camiseta populista de «soy hetero y apoyo a la diversidad sexual» (¿qué tiene de libertario clasificar a las personas en base a su orientación sexual?) y pontifica las bondades de tener leyes a favor del aborto. Álvarez adopta posiciones progresistas, identitarias y anti-libertarias y las trata de vender en este libro como «liberales» sin serlo.

También este libro demuestra un prejuicio contra los religiosos y la derecha. Por otro lado, sus conocimientos en ciencia son nulos. ¿Sabrá que la ideología libertaria es parte de la derecha y no pocos libertarios son adeptos a alguna religión? ¿Y que el ateísmo militante que ella profesa es contradictorio con las ideas libertarias, incluida la idea de «respetar irrestrictamente el proyecto de vida del otro»?

La autora realiza constantemente falacia de autoridad y lo hace a menudo con personajes que carecen de competencia y/o autoridad, como Esther Perel (sexóloga) o Andrea Cuevas, a quienes se refiere como líderes de opinión sin serlo. Además, la psicología evolutiva, la neurociencia y la antropología evolutiva descartan los planteamientos expresados en este libro con respecto a la familia, el matrimonio, la sexualidad y la religión. Sin embargo, la autora le hace creer a su lector lo contrario.

Por ejemplo, alega que en Latinoamérica se niega la evolución y que esa es la causa de la pobreza y desnutrición en la región, cuando en realidad es todo lo contrario: en la mayoría de los países latinoamericanos se apoya en más de 50 % la teoría de la evolución. Pasa igual cuando expone ideas desacreditadas y refutadas como la escala Kinsey y sus teorías sobre la sexualidad «fluida» o que la noción que el matrimonio es un «sistema económico».

Rothbard llamaba «libertario modal» a aquellos libertarios que despreciaban la religión, la moral y las tradiciones y Gloria Álvarez cae en esa definición. La defensa de la vida, libertad y propiedad en esta región es indispensable y ser opuesto a las personas con ideas en común, como los conservadores, no es la forma de hacerlo. De lo contrario, estaremos peleando una batalla perdida sin ninguna razón aparente, que nos dejará en un aislamiento total, gracias a la fragmentación que generan libros como este.


Esteban Zapata es liberal clásico egresado de la Universidad de la Frontera de Chile como biomédico.

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