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Nuestra libertad depende de lo que todavía no aprendemos de la República romana

By: Guillermo Rodríguez González - Jul 2, 2017, 9:00 am
(WelcomeToRome)
Una parte la historia de la República romana se asemeja a algunas monarquías parlamentarias. (WelcomeToRome)

Que el orden social evoluciona espontáneamente en procesos cuya complejidad escapan al dominio del cerebro humano es hasta cierto punto conocido, cuando menos en el derecho, desde la antigüedad. Como señaló Cicerón:

“…nuestra república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No ha sido fundada durante la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en cuenta todo al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la práctica en el transcurso de un largo periodo de la historia.”

Marco Tulio Cicerón vivió los tiempos en que la nobleza y el pueblo romanos hicieron de la plebe el árbitro de sus conflictos condenando la República. Y todavía no terminamos de aprender de los grandes conflictos políticos de la antigüedad occidental que las instituciones evolucionan desde la moral compartida y no se pueden imponer fuera de aquella, y que una vez que la multitud adquiere el poder de violar los derechos de aquellos que envidia y odia, nadie estará  a salvo nuevamente porque el único orden que posible será el de demagogos y tiranos sucediéndose en sus crueldades.

Las instituciones romanas evolucionaron en el marco de una Constitución mixta hasta que el imperio romano dejó de existir como tal. Cuando los patricios romanos depusieron al último Rey,  Tarquino el soberbio y fundaron la República partiendo de los censos de tribus y centurias del Rey Serbio Tulio, crearon el consulado electivo nombrando a dos Cónsules que por un año que tendrían los poderes y funciones del monarca. Las principales instancias de gobierno de la República: Senado, Tribunales, Magistraturas, Comicios, Tribus, existían ya en la monarquía. La República  requirió algunas peculiares como la dictadura que en Roma servía al mismo propósito extraordinario y temporal que los estados de excepción sirven en las constituciones contemporáneas.

De una parte la historia de la República romana se asemeja a algunas monarquías parlamentarias en una larga y compleja lucha por el poder entre patricios, équites, quirites propietarios y una plebe urbana sin propiedad, que fue extendiendo el derecho al voto y el acceso a los cargos del Patriciado al pueblo. Es durante esa etapa que se desarrolla el peculiar tipo de clientelismo político romano. Un conjunto de bien establecidas aunque discutibles costumbres que en al no lograr canalizarse en el marco institucional terminaron por forzarlo. El prolongado y violento conflicto entre los partidos de populares y optimates en la República superaría el delicado balance de poderes que la mantenía como tal y  finalmente se aceptan desde las reelecciones sucesivas en el Consulado de Mario hasta la prolongada dictadura de Cornelio Sila.

 

Salustio resumió acertadamente porqué se perdería la república:

Porque tanto la nobleza como el Pueblo hicieron servir, aquella su elevación, éste su libertad, para sus antojos, robando unos y otros y apropiándose cuanto podían. De esta suerte, todo se dividió en dos bandos, y la República, cogida en medio de ellos, quedó despedazada. Pero el partido de los nobles, por su estrecha unión era más fuerte; la plebe, aunque en mayor número, por estar desunida y dividida su fuerza podía menos.

Así se comenzó a establecer un poder en el centro de la República mucho más parecido al de los antiguos monarcas. Por y con apoyo popular los emperadores responderían estabilizando nuevamente las instituciones con acuerdo a esa tendencia a partir del principado de Octavio. La Republica Romana, en cuanto a su tradición patricia antimonárquica, entra en crisis irremediable con la tiranía de Mario y muere en realidad con la dictadura de Cornelio Sila, cuando el Senado acepta una dictadura que excedió en tiempo y propósitos a lo que establecían las tradiciones republicanas. En muchos sentidos el derecho consuetudinario y su doctrina continuaron su evolución inalterada entre el periodo de la República y el principado imperial de los primeros Augustos. Mucha agua habría de correr bajo eternos puentes romanos hasta que el imperio tardío terminarse por desarrollar una legislación de carácter positivista sin relación con la tradición consuetudinaria del derecho romano.

Lo que entienden por derecho romano nuestros juristas es más bien el derecho romanista, cristiano y medieval que intentó reconciliar a la luz de una nueva tradición moral la doctrina del derecho de la República con las leyes del imperio tardío y los nuevos reyes bárbaros romanizados. Muchos antes que los francos en su intento de resucitar al imperio romano de occidente en el Sacro Imperio Romano Germánico adoptaran una visión teológica política totalitaria del cristianismo, la deriva final al absolutismo ocurrió tras la caída de Roma en el imperio oriental de Bizancio, en un periodo en que de Romano únicamente conserva el nombre.

Los problemas del imperialismo, que Roma mantuvo bajo control por siglos integrando a sus colonias a sus cultura y ciudadanía, ya conocidos por los atenienses, lenta e indeteniblemente derivaron hacia el arbitraje del poder político por las legiones junto con la concentración del poder del Estado en los Emperadores y el acceso de los hombres libres de origen más humilde hacia la cúspide social y política, única y exclusivamente por la vía de la carrera militar. Y sin embargo, que la razón griega se reconciliara con la moral cristiana en el derecho romano dejó una semilla de libertad en la teología y el derecho canónigo y mantuvo suficiente de los principios universales de justicia en el derecho por las que en medio de ruina material se ponían límites al más poderoso de los emperadores militares del tardío imperio decadente, que eran desconocidos e inimaginables para la mayoría de los gobernantes de su tiempo gran parte del mundo.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.

Debates entre libertarios: una reacción a la columna de Vanesa Vallejo

By: Javier Garay - @Crittiko - Jul 2, 2017, 8:00 am
Debates entre libertarios

El día sábado la reconocida libertaria y opinadora, Vanessa Vallejo, en este mismo espacio, escribió una provocadora columna en la que sentó su posición sobre la relación que ella percibe entre libertarianismo y conservadurismo. Respeto sus ideas y visión, pero creo que está equivocada en varios sentidos. Debo comenzar por decir que, en el plano personal, no comparto la forma que Vanesa adoptó para ubicarse en el “mundo libertario”. Creo que su lenguaje y estilo no solo sobre-simplifican la realidad, sino también las ideas liberales y, además, chocan gravemente a quienes no comparten nuestras visiones. Así, creo que se resulta hablando solo entre convencidos y cazando peleas y generando polémicas que afectan, me parece, la profundidad e importancia de las ideas liberales. Mejor dicho, la veo como a la Milo Yiannopoulos colombiana y libertaria. Lea más: Milo Yiannopoulos ya dejó de ser gracioso, es mejor olvidarlo Pero no porque no comparta su estilo quiere decir que este no sea útil o efectivo. Simplemente, no me parece. Pero respeto su decisión y, claramente, creo que es un personaje que tendrá incidencia en la evolución del movimiento libertario en los años por venir. Por esto último, lo que sigue no puede entenderse como una respuesta directa a ella (no la conozco, fuera de unos pocos mensajes que nos hemos cruzado por Facebook). No caigo en su error de confundir que mi posición, lo que me gusta o no, me da la posibilidad de señalar quiénes son libertarios, quiénes no o de rotular a los que considero mis contrarios como “socialistas de mercado” o, para este caso, “fascistas de mercado”. Hablaré es de sus ideas. Estamos de acuerdo: un libertario no tiene por qué pensar igual y puede tener posiciones morales tradicionales específicas. Lo que diferencia a un libertario de un conservador es el no querer imponer su moral por medio de la coerción estatal. Sin embargo, creo que dejar eso en claro es lo de menos en el artículo: de lo que se percibe, la autora parece concentrarse en establecer las bases del verdadero libertarianismo. Solo ella –y su forma de pensar– son correctas y son, por lo tanto, libertarias. A quién no comparta lo allí consignado se le revoca la “certificación” de libertario. Antes de la columna fue un mensaje en Facebook en el que, si bien recuerdo, la autora se quejaba por una aparente pérdida de amigos, según ella, como resultado de su “defensa de la familia”. Su intención, seguramente, no era victimizarse o lamentar el alejamiento de algún amigo, sino plantear su visión. Pero allí se equivocó: confundió la defensa de la familia con la defensa de un tipo de familia. La familia es una institución social importante, pero eso no es igual a creer que la aceptada por una moral específica es la única expresión posible de la familia. Además, confundir la defensa de la familia con la familia tradicional es ir en contra de los cambios sociales, muchos de ellos de carácter espontáneo. googletag.cmd.push(function() { googletag.display('div-gpt-ad-1459522593195-0'); });   Este y otros errores los amplifica en su columna. Allí, se confunden las personas con las ideas y se asume que el “pensamiento libertario”, si algo así de unificado y dogmático existe, es resultado de las personas. En un libro encontré que Robert Nozick utilizó al Estado para exigir una disminución en la renta que pagaba por su apartamento y que, entre libertarios, había más odios que amigos. Pero no por eso podría pensarse que el libertarianismo defiende la libertad excepto cuando no me gustan los precios o que promueve el odio y la enemistad. ¿Qué tendríamos que decir del apoyo al partido comunista estadounidense por parte de autores como M. Rothbard? De igual manera, cae en un serio error de interpretación histórica. Así fuera verdad que esos libertarios, es más, que todos los libertarios del mundo fuesen conservadores en lo cultural y social, eso no demuestra que el libertarianismo dependa de eso para existir. Es como aceptar que porque todos los países desarrollados tienen estados de bienestar, eso quiere decir que el desarrollo requiere de la creación de un estado de bienestar. Por esta vía, se cae en otro error. Para justificar su conservadurismo, nos cuenta que von Mises, Rothbard y otros también lo fueron. Pero eso es caer en una falacia que mezcla lo ad hominem con la falacia de autoridad. Otro problema es que se confunde la existencia de algunas virtudes (como el ahorro), con algunas características humanas e incluso algunos oficios (como la prostitución). Una prostituta no necesariamente es despilfarradora. Puede ser ahorradora. Ahora, si se cree que el problema está en que la prostituta no trabaja o que no es productiva, habría que revisarse la teoría del valor austriaca. Lea más: Las niñerías de la "derecha alternativa" no son liberalismo Por todo esto, y mucho más, esta columna no logra convencer y, más bien, pareciera que su intención fuese abrirles la puerta a los fascistas y extremistas para que se sientan tranquilos pensando que son liberales, sabiendo que son todo lo contrario. La defensa de la libertad está basada en el individualismo. Cualquier pensamiento colectivista es su contrario, sea este conservador o socialista. El liberalismo puede entenderse como un conjunto de ideas, como una propuesta política o como un estilo de vida. Yo prefiero verlo como esto último. Para eso se requiere una forma de pensar que excluye tendencias colectivistas y que, aunque se valora la tradición, no se considera que esta deba mantenerse a costa del orden espontáneo. Es claro que la autora es conservadora en términos sociales y culturales. Eso está bien. Es perfecto. Pero eso no debe abrir la puerta a la confusión, haciendo pasar sus posiciones por las de lo que supuestamente debería ser el pensamiento y las ideas en las que creemos.

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