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Dos milenios y medio de demagogia destruyendo democracias

Por: Guillermo Rodríguez González - Jun 11, 2017, 9:00 am
(Política Exterior)
La democracia puede autodestruirse en diversas formas. (Política Exterior)

Cuando la política se reduce a competencia de demagogos excitando resentimientos de las masas, la democracia está condenada. La demagogia señalará como chivo expiatorio de nuestras propias deficiencias algún “enemigo del pueblo” interno o externo. Cuando se impone la política sobre el Derecho y caen las garantías de libertad y propiedad, la mayoría arrepentida encuentra muy difícil deponer a quienes tan fácilmente entronizó.  La democracia puede autodestruirse en diversas formas. Pero la demagogia –la que hoy alaga el envidioso igualitarismo colectivista de unos y el racista nacionalismo xenófobo de otros– es la condición sine qua non de su destrucción por medio del voto.

La democracia se estableció y cayó así cinco siglos antes de Cristo. Entendían los atenienses la necesidad de sujetar la voluntad de la mayoría al imperio de la ley. Y la de dividir materialmente el poder. Isonomía denominaban esa igualdad ante la ley. Para garantizar la isonomía se desarrolló la democracia ateniense. Empezó con Solón en el 594 A.C. quien estableció que un Concejo aristocrático llamado Boulé preparase lo que aprobaría o negaría una asamblea democrática denominada Ekklesía. Siguió la muy popular tiranía de los pisistrátidas y para superarla se impuso la reforma de Clistenes en que se establecen los demos para garantizar que el aristocrático Arcontado de nueve se reparta entre las tribus impidiendo su control por una familia. Su Boulé de los 500 fue dividida en Pritanías asignadas por sorteo. Esa reforma estableció el ostracismo, logró el pago a quienes ejercieran cargos públicos y fortaleció la Asamblea Popular. Con Efialtes en el 462 A.C. llegó la limitación del Areópago a funciones judiciales y a la administración del patrimonio sagrado.

Una revolución democrática tan rápida cayó en la demagogia tan velozmente como avanzó, entre otras cosas, por los efectos políticos y económicos del imperialismo ateniense. Los atenienses llegaron a imponer a otros algo de democracia por la fuerza del tutelaje imperial. Mientras la peligrosa contradicción del imperio se las advertía Pericles:

“Este imperio que poseéis ya es como una tiranía: conseguirla parece ser una injusticia, pero abandonarla constituye un peligro.”

Alcibiades justificaba la necesidad el imperio para mantener la democracia Ateniense soberana:

“…si nosotros no ejerciéramos el imperio sobre los demás, seríamos nosotros mismos quienes nos veríamos en el peligro de caer bajo el imperio de los otros.”

 

La popularidad de una innecesaria expedición siciliana defendida demagógicamente resultaría clave en la derrota de Atenas por Esparta en la guerra del Peloponeso. Y es interesante que la degeneración de la democracia ateniense se acelerase durante la guerra. Es tras el fracaso militar en Sicilia que someten a juicio a los estrategos (generales) exigiendo la muchedumbre a instancia del demagogo Calixteno que se les condenara a muerte en grupo. La Asamblea clamaba contra la defensa y la responsabilidad separada. La democrática mayoría aborrecía las ya escasas garantías del derecho ateniense. Jenofonte explica como:

“Euriptoleno, hijo de Pisianacte, y algunos más demandaron a Calixteno, alegando que había redactado propuestas ilegales. […] La multitud gritaba que era monstruoso por uno no dejar a la asamblea hacer lo que quería. […] Licisco propuso juzgar también a éstos con el mismo voto que a los estrategos, si no deponían la demanda, ya la masa prorrumpió en gritos de aprobación, se vieron forzados a retirar las demandas. Algunos prítanos se negaban a proponer la votación ilegal. […] La multitud pedía a gritos citar a juicio a los que se negaban, los prítanos tuvieron miedo y todos convinieron en proponerla excepto Sócrates, hijo de Sofronisco. Este se negó a hacer algo que no fuese legal.”

Es fascinante lo rápidamente que los atenienses dejaron de entender su democracia como el imperio de la Ley frente  a los gobiernos arbitrarios del pasado. El sistema emergió por oposición a reyes, oligarquías y tiranos. En menos de un siglo llegaron a entenderlo como su propio derecho a imponer cualquier antojo de la mayoría excitada por los demagogos sobre la Ley. Tras dos milenios y medio  se recuerdan los nombres de los demagogos que exacerbaron las pasiones de la muchedumbre. Los de los escasos y titubeantes ciudadanos que intentaron resistirlo. Incluso el del único irreductible defensor de la Ley ante la arbitrariedad de la mayoría. Lord Acton describe como:

“En una memorable ocasión, los atenienses, reunidos en asamblea, afirmaron que sería monstruoso que se pudiera impedirles hacer lo que quisiera […] De este modo, el pueblo ateniense, absolutamente libre, se convirtió en tirano […] Condujo a ruina a la propia ciudad pretendiendo dirigir la guerra discutiendo en la plaza del mercado. Como la República francesa, condenó a muerte a sus propios desgraciados dirigentes. Trato a las ciudades sometidas con tal injusticia que perdió su propio imperio marítimo. Oprimió a los ricos hasta el punto de que éstos conspiraron con el enemigo común; y finalmente coronó sus culpas con el martirio de Sócrates. […]al Estado no le quedó otra cosa que perder su propia existencia; y los atenienses, cansados y envilecidos comprendieron la verdadera causa de su ruina. […] era necesario que la democracia estuviera limitada al menos como había sido necesario que lo estuviera la oligarquía.”

Pero su conclusión era demasiado optimista. Los envilecidos atenienses no entendieron que la necesidad de prohibir a la mayoría democrática violar los derechos de ciudadano alguno, es idéntica a la de prohibirlo a rey, dictador u oligarquía. Tampoco lo entendieron los franceses y destruyeron así su primera República. Ni lo entienden las mayorías en casi ningún lugar de la tierra hoy. Ni en aquellos en que por ventura impera, más o menos, el Estado de derecho. Y es por eso que casi ningún pueblo, entre los que viven y prosperan en paz y democracia disfrutando de un Estado de derecho, está hoy a salvo realmente. La democracia no está a salvo de sí misma sino en donde las mayorías impidan la posibilidad misma de su propia tiranía.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.