Por qué insiste China en una guerra de divisas que no puede ganar

Las grandes exportadoras privadas chinas dependen de un crédito artificialmente barato, un gran mercado interno protegido de toda competencia foránea

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China apostó al mercantilismo, no al capitalismo y su libre mercado. (Foto: Shangai, China – Flickr)

Si algo quedó claro al primer minuto en la guerra de divisas con que China responde a presiones comerciales –y arancelarias– de la administración Trump, es la debilidad del país asiático en ese campo. Una divisa no es reserva global únicamente por el peso relativo de la economía en que se emita –aunque eso influya– sino porque inspira más confianza que otras.

La economía china es la segunda del mundo: única, fuera de Estados Unidos, con capacidad de mantener una superpotencia de proyección global. Pero el yuan se usa en cerca del 4 % de transacciones globales. El dólar estadounidense en más del 80 %. China intenta mantener una moneda fuerte, garantía de poder adquisitivo interno, sin reducir enormes desequilibrios por mal inversión y sobreendeudamiento. Y para eso necesita exportar induciendo competitividad artificial con la manipulación cambiaria que permite su control de capitales. Encarcela ahorros e inversiones locales devaluando para «crear» competitividad. Eso es disfrazar desequilibrios.

Los controles de capitales chinos no evitan la fuga de capitales impulsada por su manipulación cambiaria, e imposibilitan fortalecer la balanza financiera. Tienen reservas totales de oro inferiores al cuarto del 1% de su masa monetaria y su ratio de reservas de divisas respecto a masa monetaria es menor al 12 %. La crisis del 97 estalló cuando en algunas economías asiáticas bajó del 25 %.

La competitividad tecnológica e industrial china todavía depende de apoderarse de investigación y desarrollo foráneos a cambio de acceso restringido a cuotas limitadas de su protegido mercado interno o de espiar para robar propiedad intelectual de corporaciones foráneas en favor de privadas locales próximas al Partido. Sus grandes exportadoras privadas –como las orientadas al mercado interno– dependen del crédito artificialmente barato, un gran mercado interno protegido de toda competencia foránea, y competitividad externa subsidiada con manipulación cambiaria y control de capitales.

La administración Trump, nos guste o no, al señalar China como manipulador de moneda, está en lo cierto. En grandes economías desarrolladas, todos los gobiernos crean exceso de masa monetaria y abaratan artificialmente el crédito, en mayor o menor grado. Pero única y exclusivamente China, entre esas grandes economías, incurre en control de capitales y fijación política del tipo de cambio.

Vimos la devaluación del yuan sobre siete por dólar. En 2008, dos unidades de deuda financiaban una de PIB chino. Hoy una de PIB requiere siete de deuda. Hay control de capitales y fuga. Incluso el ahorro encarcelado adentro se desplaza al oro y al bitcoin. Lo que pueda quien tiene prohibido proteger ahorros con divisas y no alcanza a evadir el control. Más que guerras económicas entre gobiernos, son guerras de gobiernos contra sus gobernados expoliando salarios, ahorros e inversiones productivas para financiar ineficientes y sobreendeudados privilegiados. Cuando las víctimas salvan sus ahorros evidencian la ventaja del emisor de divisa de reserva, primera opción para protegerse de la devaluación de cualquier otra.

Washington obtiene –a corto plazo– con menor coste lo mismo –o más– devaluando menos porque los capitales huyen al dólar ante cualquier devaluación de divisas fuertes y convertibles como el euro y la libra. Más del inconvertible Yuan. No se puede desplazar al dólar como divisa de reserva, copiando los errores de Estados Unidos –y agregando los que Estados Unidos no comete– porque una divisa menos confiable no desplazará una más confiable, y el yuan ni siquiera ofrece libre convertibilidad.

¿A qué juega Beijing? No a lo que todo anti yankee desinformado creyó de «la bomba atómica financiera» de deuda estadounidense en manos chinas. Este año China redujo posiciones en bonos americanos en 100 000 millones de dólares, y el bono de Estados Unidos se fortaleció sin recompras de la Reserva Federal, mientras China –con control de capitales– sufría la fuga de más de 40 000 millones el primer semestre.

Pero Xi Jing Pin encabeza un Estado totalitario comunista que adoptó un «capitalismo» limitado y controlado para esquivar un colapso soviético, no un libre mercado. Hablamos de empresas privadas políticamente leales y siempre dependientes del gobierno. Mercantilismo, privilegios y controles. Suficiente para sacar a millones de la miseria creando una economía capaz de soportar una superpotencia de proyección global sin ceder un milímetro de control político e incrementando el control social con nuevas herramientas tecnológicas sutiles y eficientes.

A Beijing nada le cuesta obligar a su población sin voz a soportar enormes costes cuando suponen que un impacto mucho menor sobre el votante estadounidense afectaría seriamente a la administración Trump. Entienden que no enfrentan un consenso bipartidista, sino la posición de una administración sujeta a opinión pública, oposición legislativa y elecciones regulares. Si se equivocan, el costo político interno chino sería usualmente inexistente, excepto cuando algún error atípico dispara una lucha abierta por el poder dentro del Politburó.

Regalo del cielo para Beijing sería que la Unión Europea le imite, fracase y deba dejar de lado sus recientes prevenciones ante el proteccionismo ventajista de Beijing por una oleada populista antiyankee. Sobre todo porque en Estados Unidos, quienes piden intervenir políticamente al dólar –quinta columna contra su posición como divisa de reserva– hicieron más daño desde dentro que cualquiera amenaza externa.

Los totalitarismos confiados en su permanencia apuestan fácilmente al largo plazo. Aunque no están considerando en Beijing que independientemente de lo que en Estados Unidos pase o deje de pasar, China –pese a su peso en el comercio internacional– no podrá emitir una divisa de reserva creíble sin eliminar los controles de capitales y renunciar a la manipulación del tipo de cambio. La guerra de divisas fortalecerá a la de reserva y despedazará a quienes apuesten a devaluar para crecer. Esto sería demasiado sacrificio por lo incierto de comprometer una reelección de Trump ante algún demócrata que pudiera incluso mantener la misma presión sobre China. Pero posiblemente Xi no encuentra manera de ceder ahora –en lo que cediendo a corto plazo fortalecería a China a mediano y largo plazo– sin comprometer su posición en un totalitarismo del que, a diferencia de Mao o Deng, no es todavía caudillo indiscutible.

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