Sí, comunidad internacional: hay que seguir apoyando a Guaidó

La indignación obnubila la razón e impacienta. Aun así, hoy, respaldar a Guaidó es la única forma real de vencer al usurpador y restaurar la libertad en Venezuela.

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Apoyar a Juan Guaidó es fomentar la restauración de la república.
(Foto: Flickr)

Los venezolanos no aguantan más, y no es necesario estar en el país caribeño para corroborarlo. Cualquiera que lea las noticias o vea las desgarradoras imágenes que, en plena justicia, se vuelven virales en redes sociales, puede palpar la desesperación del pueblo venezolano.

Pocas personas puedan tal vez llegar a imaginarse el desasosiego absoluto que produce estar secuestrado en tierra propia por un puñado de tiranos estultos, hijos dignos de lo que siempre ha sido – y está condenado a ser – un sinónimo de miseria, escasez y dolor: el socialismo.

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Sin corriente eléctrica, sin agua, sin medicamentos básicos y prácticamente sin alimentos, es fácil – tentador y hasta casi justificado – caer en la desesperanza, en el descreimiento total hacia cualquier proyecto. Afortunadamente, solo un grupo casi imperceptible de venezolanos ha caído en el vacío estremecedor de la angustia.

No obstante, y como siempre en las redes, algunos agitadores impacientes (que probablemente jamás haya pisado Venezuela) empiezan a hacerse sentir mediante reclamos urgentes y exigencias de intervención militar internacional en el país caribeño.

La activación y aplicación del artículo 187, numeral 11 es – y en este punto estamos todos de acuerdo, es fútil y contraproducente crear falsas pendencias – imprescindible para la partida (¿y posterior condena?) de la mafia de Miraflores. Esta medida, recurso último pero legítimo, jamás ha sido descartado por el presidente encargado Juan Guaidó.

Así y todo, hay una multitud en cólera (con sobrados y válidos motivos) que no duda en vilipendiar a Guaidó, arguyendo que es cobarde y hasta “blando” por no acelerar la ejecución del mencionado recurso constitucional.

Señores, el tiempo apremia. Cada segundo que pasa, en la oscuridad y en medio de una ola de saqueos sin precedentes, constituye una verdadera tortura para los venezolanos, que permanecen en su gran mayoría incomunicados, sin novedades de sus familiares en otros puntos del país o en el exterior. Como si ello fuese poco, en las últimas horas Maduro realizó una llamada a los temibles colectivos (milicias populares armadas y coordinadas por el propio régimen) alentándolos a lo que el dictador denomina una “resistencia activa”. En Venezuela, el apagón comenzó hace mucho tiempo, y no está estrictamente relacionado al intermitente servicio de energía eléctrica que ha trascendido durante la última semana.

Aun así, la mesura es siempre mejor consejera que el atropello. Incluso en medio de una de las catástrofes más duras que de las que el continente haya sido testigo, hay que tener presente que en momentos así de críticos no solo se debe actuar, sino que se debe actuar bien.

Desde el 23 de enero, Juan Guaidó ha hecho lo que le es humanamente posible para demostrar al mundo que no se contentará con una simple confrontación, que su objetivo es la restitución de la república y restauración de la libertad en Venezuela. Para ello, debe asegurar a la comunidad internacional (en pos de recibir su apoyo diplomático y logístico) que ha agotado todas las vías pacíficas y de diálogo. Caso contrario, allá saldrá el servil oficialismo mexicano, boliviano o uruguayo a proponer negociaciones que solo oxigenan al usurpador.

Es por esto que Juan Guaidó (y la Asamblea Nacional) aún no aprueba el 187. La decepción que evidencian algunos decepcionados da vida y fuerzas al tirano. Cada desencantado es un aliado del régimen: ¿u olvida el lector acaso, después de dos décadas de chavismo, cuánto costó dar con un líder opositor de la talla de Guaidó?

El caos venezolano indigna, y ciertas quejas o reclamos son solo una manifestación de empatía y solidaridad. Pero hasta el día de hoy, Guaidó ha dado señales de saber lo que hace y de entender las reglas del juego; es claro, entonces, que no le temblará la mano a la hora de, por fin, aplicar el artículo 187.

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