La culpa de los patriotas

Estados Unidos es culpable de intervenir el norte sirio. No obstante, pareciera asimismo ser culpable de retirarse

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, retiró sus tropas de Siria. (Foto: Flickr)

El mundo actual es la perfecta ilustración planetaria de la Torre de Babel: mortales incapaces de aprehender totalmente la verdad y la reconexión con lo divino (razón por la cual harán del mundo la vía para regresar del lugar que han sido expulsados). No sin antes recordar que en la vía, todos y cada uno se creen el Michelangelo de su época, hablando tutti il mondo en su particular lengua omnisapiente y nadie, al final, entendiéndose. Es decir: estamos en presencia de un gnosticismo puro y duro, desde el cual se funda la creencia de la posibilidad del bien absoluto por intervención humana, superior a cierto mal inherente mundano, y que fundamentalmente puede ser transformado; en palabras de Voegelin, inmanentizar el Escatón.

Sentado frente a su casa, el conservador escucha el llanto de un niño en la calle silenciosa. Observa la nueva palabra que creó el reflejo del nombre del café de la esquina, la pequeña raíz saliente entre las losas de una pared, o cómo el viento le roba el sombrero a la señora de la acera contraria. El mundo es una serendipia constante, una sorpresa dentro de la cual el mundo es como debe ser. Inexacto, salvaje y, por lo tanto, igualmente finito e infinito.

De aquí en adelante podemos entender fácilmente las pretensiones de las ideologías y su fetiche matemático. Diametrar todo, volverlo exacto, obvio e irrevocablemente lógico, hace del mundo un aburrimiento predecible y perfecto para que los inmanentismos escatológicos (esto es, aquellas tentativas de anticipar el Juicio Final que dará paso al «reino celestial terrestre») suenen sus Siete Trompetas, establezcan sus tribunales (sean estos el Estado corporativo o la revolución, la justicia social, el progreso, o el mismo intervencionismo bajo la bandera de la guerra contra el terrorismo) y pasen por las guillotinas a sus rebeldes.

Ahí yace la verdad de la hubris revolucionaria: la presunción de la transgresión de los límites terrenales para recrear un paraíso hecho de carne y hueso, soberbia y orgullo.

Esto puede perfectamente aplicarse al contexto actual del Medio Oriente y la estancia de Estados Unidos, porque si bien existen ciertos peligros que pudieran amenazar al hemisferio occidental, en aquello se esconde la paradoja del espíritu revolucionario: provocar guerras infinitas implica, no el fin de los males, pero que el mundo sea solamente finito.

Por supuesto que esto no lo han entendido ciertos individuos que se marcan dentro del conservadurismo y que han despotricado contra la administración. Al desentenderse de la sensatez y abrazar la desastrosa postura del World’s policeman (el policía del mundo), reniegan de la responsabilidad de cada ciudadano y de la lealtad al país que todos debemos honrar.

Nuestras naciones pueden estar repletas de errores, pero es la capacidad de reinventarnos, lo que da pie al ser humano ser capaz de existir y, más esencialmente, capaz de la verdad. Lo dijo el mismo San Agustín: si fallor, sum (si me equivoco, existo).

Donald Trump ha hecho ese ejercicio de ser consciente de los errores del gobierno norteamericano, reinventando el juego y así, existiendo. Es magnífico lo que ha hecho como una verdadera prueba del patriotismo nacional que no es está basado en Washington sino arraigado hasta al más inhóspito pueblo de los Estados Unidos, valorando la vida de sus soldados, la preservación de las familias norteamericanas y los intereses nacionales, por encima de intereses coyunturales de aquellos pseudoaliados enfrascados en seguir escalando conflictos bélicos delicadísimos, y peor, que otros peleen sus batallas.

Más allá de la estrategia, es el interés nacional el juego de nubes que ensombrecen las malas hierbas de las ideologías, seductoras al humano para justificar sus acciones como un mandato divino y, peor, reafirmación de la verdadera realidad. Muchas veces —sino es que todas las veces— la mecánica del poder obnubila lo que es fundamental para una nación y los hombres se cierran a admitir sus errores al ver lo simple que puede llegar a ser el patriotismo. Véase cómo cierta derecha más tendiente al neoconservadurismo y geopolíticamente a la unipolaridad atlantista criticó el repliegue de tropas del norte sirio y que la volátil dinámica regional fluyera naturalmente con los aliados adyacentes capaces de combatir, por ejemplo, la propagación del otomanismo y el hipotético rebrote del Estádo Islámico.

Culpar de entrada a Estados Unidos por preocuparse por sus soldados, sus familias y su dinero, dice bastante del buensalvajismo todavía latente y escurridizo en las tendencias políticas que, a primera vista, uno no pensaría que estarían contaminadas por aquello. Si por intervenir es culpable, pero si por retirarse también lo es, notamos que estos individuos que se ufanan de haber superado el «bananerismo sudaca», aplican una lógica de destrucción y, francamente, de desinterés mezquino y miopía geopolítica.

He sido claro en otros momentos al decir que la postura correcta para Venezuela puede reducirse a una frase: debemos pagar nuestra factura, poner el pecho por nuestros errores y responsabilizarnos por primera vez en la vida. Esta generación asumió la cuenta que engordaron las generaciones anteriores, Dei gratia que contamos con aliados que nos puedan ayudar a tomar nuestro país de vuelta —con nuestras propias manos—, pero es miserable culparlos por importarse por los suyos de la misma forma en que nosotros lo hacemos con los nuestros.

La oikophobia, el odio al hogar y a lo familiar, no solo podemos observarlo en aquellos que patológicamente accionan para dejar por el suelo a Venezuela y permitir que siga siendo violada, sino también en aquellos que se oponen a que otros protejan a sus familias, sus intereses nacionales —que no deberían ser el destruir las familias e intereses de otras naciones— y a su patria.

Estos son en realidad los culpables de seguir dando oxígeno al antisoberanismo enfermizo, no los patriotas.

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