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Cómo el ecologismo soviético causó el mayor desastre ambiental del siglo XX

By: Guillermo Rodríguez González - Oct 17, 2016, 4:14 pm
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No es raro que el socialismo del siglo XXI incorpore en su dogma las tesis políticas del ecologismo politizado del siglo anterior. (youtube.com)

Recorrer los restos oxidados de los inevitablemente fallidos y abandonados proyectos industriales o agrícolas soviéticos, es constatar la inviabilidad del socialismo, ahí se desperdició insensatamente capital y trabajo ocasionando miseria y destrucción material y moral; además de contaminación y daños ambientales irrecuperables a una escala inimaginable. El socialismo es el sistema económico más destructivo para el medio ambiente que ha conocido la humanidad, pese a lo que presumía y presume de ecologista.

No es raro que el socialismo del siglo XXI incorpore en su dogma las tesis políticas del ecologismo politizado del siglo anterior. De hecho, es parte de su estrategia el colonizar causas con orígenes propios y potencial movilizador  –del ecologismo y el indigenismo al feminismo–, transformándolas en satélites ideológicos y peones políticos. De hecho, ya el marxismo soviético había adelantado el camino infiltrando y manipulando causas como el ecologismo y el pacifismo antinuclear.

El Kremlin tuvo entre sus más efectivos tontos útiles al ecologismo político. Un ecologismo que por esa vía resultó cómplice de la destrucción medioambiental más terrible de la historia, la que produjo la inviable planificación central socialistas cuando fracasó en su pretensión de competir con economías de mercado mediante el gigantesco desperdicio de recursos.

Digamos que fue un ecologismo tuerto, sin ojo izquierdo no veía la salvaje destrucción del medioambiente que practicaban las economías socialistas, algo de lo que todavía hoy muy poco se habla. No se pudo ocultar Chernobil, pero pocos han oído del desastre ecológico del Mar Aral. Tal vez el mayor desastre ecológico ocasionado por la acción del hombre en el siglo XX. Un caso de destrucción ambiental intencionada de los planificadores socialistas soviéticos tan admirados abiertamente por los adalides del movimiento ecologista occidental.

 

La historia del desastre la podemos iniciar explicando que para el año de 1960 el Mar Aral, alimentado por los ríos Amu Daria y Syr Daria, cubría una superficie de algo más de 66.400 kilómetros cuadrados. Tan extenso mar interior permitió el desarrollo de una  industria pesquera en la que se ocupaban alrededor de 60.000 personas. La abundancia de agua también permitía el desarrollo de la agricultura en la zona, con las limitaciones y complicaciones propias de la ineficaz economía socialista soviética.

Para mediados del siglo pasado, bajo el Gobierno del Premier Nikita Kruschev los altos cuadros del aparato de  planificadores económicos soviéticos centraron su devastadora atención en la zona de la cuenca del Mar Aral, entre las Repúblicas Soviética de Kazajstán y Uzbekistán. Planearon ambiciosas metas de producción de algodón mediante proyectos que se iniciaron con la construcción de un gigantesco canal de 500 kilómetros de longitud, el cual acaparó un tercio del caudal del Amu Daria. Un primer paso de lo que llegaría a ser una extensa red canales de riego en tierras desérticas de en una zona de 7.600.000 hectáreas ubicadas entre Uzbekistán y Turkmenistán.

Los  objetivos de producción de algodón consumieron mucha más agua de la que se podía restar del caudal de los ríos Amu Daria y Syr Daria sin comprometer la que requería el Mar Aral para compensar la natural evaporación, lo que causó que se empezaran a secarse y salinizarse, dejando, en poco tiempo, a los pueblos pesqueros a kilómetros de una costa que se retiraba mientras los peces se extinguían por la salinización del cada vez más pequeño lago. Eventualmente, la topografía de un mar interior que se evaporaba rápidamente condujo a la separación en varios lagos muy salobres.

La tragedia ecológica y social de la cuenca, producto de lo insostenible de tan extenso proyecto agrícola sin agua suficiente para alimentar al mismo tiempo al Aral, empeoró cuando las  tierras irrigadas sufrieron de un proceso de salinización producto de los errores técnicos del tipo que resulta común entre los planificadores centrales de los períodos del llamado “desarrollo intensivo” del socialismo soviético. En pocas palabras, un derroche arrollador de insumos en proyectos de escasísima eficiencia que ni siquiera lograban cumplir los objetivos de los planes quinquenales, a menos que asumieran costos materiales, humanos y ambientales insostenibles en el tiempo.

En este caso la FAO, cuya burocracia puede ser señalada de cualquier cosa, menos de poca simpatía con el socialismo en cualquiera de sus versiones, reportó cómo los principales errores de técnica agrícola del proyecto soviético acabaron con el Mar Aral:

1. Utilización de canales de riego sin recubrimiento que producen desperdicio y filtración de sales en el agua subterránea.

2. Falta de sistemas de drenaje para eliminar el agua residual y las sustancias químicas de los campos.

3. Los campos anegados también salinizan las aguas subterráneas y producen escurrimientos de sales.

4. Descarga de corrientes saturadas de minerales y plaguicidas en los ríos principales.

Y no produjeron algodón en las cantidades planificadas, los daños ambientales llegaron a afectar parte de esos mismos cultivos, y la destrucción del Aral, prevista por los planificadores soviéticos que lo consideraban un “error de la naturaleza”, dejó en su lugar contaminadas planicies de desiertos salados desde la que lo vertido regresaba en forma de tormentas de polvo y sal.

La destrucción del Mar Aral fue producto de la indiferencia por el medio ambiente de un Estado socialista que se ocupó del financiar y controlar buena parte del activismo político ecologista occidental. Así el Mar Aral sufrió uno de los mayores desastres ecológicos del siglo XX, pero no estuvo entre los temas de los comprometidos grupos ecologistas occidentales. Aunque conociendo los planes quinquenales, la tasa de evaporación del Aral, y lo que ocurre al dejar expuesto tal tipo de suelo, era fácil predecir la magnitud del desastre.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.

Chile, donde ser liberticida se ha puesto de moda

By: Andrea Kohen - @AndreaKohen - Oct 17, 2016, 3:41 pm
(Diario UChile)

Para cualquier persona que ama la libertad y el poder de decisión, el chile del 2010, con todas sus imperfecciones, era un buen lugar para vivir. Los seres humanos son en esencia libres. La condición natural de las personas es aquella en la que pueden decidir por sí mismos cuáles son sus límites, y dentro de una sociedad la libertad del otro es el límite razonable para ejercer la libertad propia, creándose así la armonía social con la que, dentro de nuestras imperfecciones humanas, podemos convivir con las diferencias naturales que existen entre personas, mientras se respete el libre albedrío del otro, su propiedad y su vida. Lea más: Chile: Congreso exige a Bachelet que gestione liberación de presos políticos en Venezuela Lea más: Argentinos viajan a Chile y Paraguay para comprar más barato He ahí los márgenes de la convivencia pacífica entre seres humanos diferentes y libres; la diferencia provee un valor agregado, ya que lo que uno no puede aportar a la sociedad, el otro es capaz de proveerlo con sus habilidades y talentos naturales, que bien trabajados son útiles para sí mismo y para los demás. En el intercambio de lo que cada persona puede aportar a otro, con el fin de beneficiarse a sí mismo, se generan oportunidades y riqueza y las sociedades prosperan en aquella diferencia, porque lo que es valioso para uno, no necesariamente es valioso para otro, pero cada uno va creando  las condiciones que conformarán su felicidad, bajo los términos que cada uno estipule, mientras no haya daños a terceros. Ese control de daños le da la función al Estado de impartir justicia y, a través de la fuerza pública, controlar a aquellos que no desean ese desenvolvimiento libre y pacífico Los chilenos habían logrado convertir su país en una de las sociedades más libres del mundo, que aun con sus carencias e imperfecciones, todavía podían hacer buen uso de su libre albedrío. Esto desde que en 1990 retornó la democracia a la república y se fortalecieron las instituciones que proveían esa libertad. Entiéndase que cada país va tomando decisiones electorales que modifican su condición libre de una u otra manera y Chile no es la excepción. Dentro de la imperfección humana, se entiende que los gobernantes de las naciones no son seres dotados de incorruptibilidad, discernimiento especial ni nada fuera de lo común de lo que nos hace humanos, simplemente reúnen las simpatías necesarias entorno a su persona o un plan de trabajo para que en conjunto la sociedad se dirija a un objetivo. Se entiende que el ser humano cuando vive en sociedad debe pagar el costo de ciertas externalidades y de acuerdo a su idiosincrasia debe convivir con la mediocridad que no tiene remedio alguno, sino que se trabaja para mantenerla a niveles aceptables. No es lo mismo votar por un gobernante que roba y que además es inepto, que votar por uno que roba pero que al menos deja abiertas las posibilidades del desarrollo y libertades esenciales. En este contexto, en que no da lo mismo, Chile se ha equivocado rotundamente haciéndose indiferente a la política y los costos que esta tiene en la vida y la libertad de las personas. Los chilenos han estado eligiendo líderes que en vez de empoderarlos, asegurando al menos su libre albedrío, cada vez regulan aspectos más personales de la vida de las personas. Las razones de estos resultados electorales de la última década quizás son tema de otro estudio, tal vez tenga más que ver con nuevas generaciones llenas de inseguridades y carencias en el hogar por falta de padres que eduquen a conciencia a los hijos que traen al mundo, y esa ausencia paternal los haga buscar un padre en el estado, pero eso es tema de la psicología y la sociología. El liberticida imperante, sin embargo, afecta a todos los miembros de la sociedad, incluyendo a aquellos que sí valoran su libertad y sí saben qué hacer con  ella. Los proyectos de ley aprobados durante la administración Bachelet, tanto en su primer mandato como en el actual, propenden a la eliminación gradual de libertades. Primero se comenzó con el proyecto de ley que regula lo que se vende en quioscos escolares, obligando a los proveedores de estos servicios a tener solamente comida que el Estado considere saludable, porque en la mente de las autoridades la gente no tiene idea lo que es bueno para sus hijos, y como nadie tiene tiempo de amar lo suficiente a sus retoños como para darles la libertad de elegir o custodiar lo que ingieren, el Estado se hace cargo limitando las elecciones en recintos escolares. googletag.cmd.push(function() { googletag.display('div-gpt-ad-1459522593195-0'); });   No es de extrañar que los “mercados negros” proliferen dentro de las escuelas, dejando en ganancia marginal a las personas que podían sustentar sus hogares con los quioscos escolares, ya que lo que se prohíbe termina siendo siempre adquirido de una u otra manera. El mercado libre siempre gana y lamentablemente, si ha de imponerse por la violencia, termina haciéndolo. Quizás en un tiempo veamos tráfico de aquellos alimentos no saludables en una red no controlada entre los escolares, que será aún más perniciosa para los mismos. Se envió un proyecto para controlar la sal en los restaurantes y en los alimentos. Resulta que ahora los chilenos tampoco tienen inteligencia para velar por su propia salud; resulta que el Estado debe regular nuestro sodio ingerido. Además de la última joya parlamentaria en que se eliminan las tareas para la casa, puesto que los niños manifiestan “signos de estrés” escolar, dejando así nula la posibilidad para aquellos padres que buscan una educación exigente y rigurosa y dejando la puerta cerrada a la diversidad de modelos educacionales. El liberticida está de moda en Chile, así lo han estado decidiendo los chilenos desde el 2006 hasta hoy 2016, ya Chile ha salido del ranking de los países más libres para volver a la lista del monto que prefiere que padre Estado regule su libertad porque al parecer, los chilenos no saben qué hacer con ella.

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