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El colectivismo es la doctrina del hombre que aspira a ser chimpancé

Por: Guillermo Rodríguez González - Dic 29, 2016, 8:32 pm
(Sunoticiero) colectivismo
Los grandes primates han creado varios conjuntos pre-culturales, que equivalen en su propio grado a culturas y tradiciones. Un grado tan rudimentario que no podemos definirlos sino como pre-cultura. (Sunoticiero)

El colectivismo no será jamás un avance de la civilización. Todo colectivismo recubre la irracional aspiración por un retroceso tan completo que pretende recuperar etapas animales de una especie que subsiste únicamente porque las superó.

El hombre más primitivo tenía una cultura muy cercana a la pre-cultura del chimpancé moderno. Quienes estudian tales primates explican que emplean algo similar a un lenguaje y son capaces de aprender el sistema moderno de señas para sordomudos y comunicarse así con los humanos. Tienen complejas conductas políticas. Fabrican y usan herramientas elementales. Los grandes primates han creado varios conjuntos pre-culturales, que equivalen en su propio grado a culturas y tradiciones. Un grado tan rudimentario que no podemos definirlos sino como pre-cultura.

Lo que no ha evolucionado entre esos inteligentes primates es el concepto de propiedad ajena respetable. Concepto que permitió el intercambio voluntario y aseguró la evolución de culturas humanas hacia la civilización. Los chimpancés disponen hasta cierto punto de lenguaje, política y herramientas. Pero no han desarrollado propiedad y comercio. Nuestra especie es cercana genéticamente al chimpancé pero más débil que cualquier otro gran primate. Difícilmente hubiera sobrevivido la especie humana sin transformar al inferior “chimpancé lampiño” en el superior humano civilizado.

Lo que nos diferencia de otros primates es la propiedad ajena respetable que hace útil la conservación de herramientas. La propiedad respetada se puede intercambiar voluntariamente. Del respeto por la propiedad ajena nace el intercambio voluntario y la especialización que produce desarrollo tecnológico. Así la humanidad comienza la acumulación de capital. Serán nuestros primeros auténticos antepasados los que descubrieron el intercambio y la especialización. También adquirieron la capacidad de derrotar competidores. Otras especies, u otros humanos que no descubrieran esas ventajas culturales.

 

La acumulación y especialización no hacen desaparecer el sustrato más primitivo. El colectivismo que no reconoce la propiedad privada ve los escasos recursos de subsistencia como dados para una u otra forma de rapiña. Sustrato más primitivo que nos acompañará, amparado en la envidia, en el interminable camino de la civilización.

Un gobierno que no se limite a la ley del más fuerte evoluciona con la propiedad y el intercambio por la necesidad de dirimir conflictos. Con división del trabajo y comercio la ley del más fuerte es improductiva. Pertenece al colectivismo primitivo del humano que no había superado a otros primates. La paradoja de la utilidad del gobierno se debe a que la civilización siempre será amenazada por quienes se organizan para reivindicar el retorno hacia las más primitivas etapas de nuestra especie. Al desarrollo de la propiedad y la acumulación de capital, se corresponden el del bandolerismo saqueador que en lugar de producir e intercambiar voluntariamente se apodera de los productos de la civilización ajena por la fuerza.

Formas simples de gobierno, por prestigio del sabio juez que aplica la ley consuetudinaria, son suficientes para dirimir conflictos entre personas pacíficas. Insuficientes para defender sociedades productoras contra  saqueadores organizados. No es necesario que se descubra la agricultura para tener algo similar al Estado. La guerra, el saqueo y la esclavitud pueden surgir en sociedades de cazadores y recolectores que acumulen suficiente capital, por especialización, comercio e innovación con tecnología primitiva.

El bandidaje errante es impredecible y destructivo. Bajo su amenaza la producción se reduce y el comercio se minimiza. Pero el éxito militar de algunos bandidos les permite cierto monopolio territorial. Se dan el lujo de imponer tributos. Tal bandido se encuentra en una situación peculiar. Al garantizar paz impone tributos fijos que cobrará tan ordenada, predecible e incruentamente como pueda en su propio interés. Garantiza accidentalmente a sus víctimas usar lo que no les arrebata para producir e intercambiar más. El bandido descubre que mientras sea más pacifico para la producción y el comercio sea su territorio, más tributos paga. Pierde interés en saquear y empieza a calcular el mayor tributo que puede imponer sin reducir la producción.

El bandido se ha transformado en Estado. El interés del Estado será sacar el máximo provecho de la población, manteniendo la paz y el orden al mínimo costo posible. Y ampliar su territorio desplazando o sometiendo otros bandidos entronizados en sus propios territorios. Eso, y no otra cosa dieron origen a la guerra y los primeros imperios anteriores a la escritura.

Fue, es, y será, interés de la población mantener al Estado limitado a lo que le resulta útil. Y limitar los tributos al costo razonable de tales funciones. Que el Estado esté al servicio de la sociedad, o la sociedad al servicio del Estado, es la verdadera lucha cultural que la humanidad libra desde que el Estado resultó paradójicamente preferible al bandidaje errante e impredecible.

Pero el interés del Estado por tener la población a su servicio, terminó por apoyarse en inconsistentes sofismas que no son más que la negación de la naturaleza del Estado mismo y de la civilización. Es porque algo dentro de nosotros aspira al retorno a estadios más primitivos de la especie. Y una forma de intentarlo es mediante el uso del Estado para la imposición del colectivismo. Esos intentos han colapsado por su propio peso. O cuando alcanzaron un equilibro de miseria aislada, ante enemigos externos más poderosos.  Los más recientes tuvieron resultados tan inhumanos como los genocidios de Kulaks, Camboyanos, etc. La bestialidad del “amor a la humanidad” como colectivo en desprecio a cada ser humano como individuo no conoce límites.

Como especie, avanzaremos hacia grados cada vez más humanos de civilización individualista, o retrocederemos al colectivismo animal, hasta destruir toda forma de civilización humana, garantizando la extinción de nuestra propia especie.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.