Nuestros mal llamados tratados de “libre comercio” sirven a burócratas y políticos

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(Mexicoport) libre comercio
Sin monopolios sindicales ni resistencia al cambio tecnológico, el desempleo estructural sería ínfimo en economías libres. (Mexicoport)

Que Donald Trump llegara al poder con un discurso proteccionista no significa que Hillary Clinton fuera librecambista. Trump capitalizó políticamente la caída de empleos industriales. Hay desempleo coyuntural durante recesiones cíclicas. Termina cuando el capital mal invertido se reorienta a inversión productiva –o a la próxima burbuja– demandando trabajo desempleado durante la recesión. Similar tipo pero diferentes puestos de trabajo. Reorientar capital y trabajo es costoso.

Hay desempleo estructural. Sindicatos monopolizando oferta de trabajo alzan ingresos de los que mantienen en el mercado expulsando a otros. Desempleo producto de la estructura sindical. Los precios de monopolio hacen rentable invertir en sustituir oferta monopolista. El monopolio sindical hará más rentable sustituir trabajo con capital, o contratarlo afuera. Con precios menores la competencia de lo producido con trabajo no sindicalizado o capital intensivo, debilita monopolios sindicales. Entre los que pierden esos trabajos surgirán proteccionistas y neoluditas.

Nuevas tecnologías y nuevas formas de gestión incrementan la cantidad y calidad de la producción con menos trabajo. Demanda creciente de productos masivos incrementará la demanda total de trabajo, pero con nuevos trabajos que requerirán nuevas  habilidades. La economía libre que transforma lujos de ayer en bienes y servicios masivos baratos, implica adaptarnos a constantes cambios en la demanda de habilidades y conocimientos. Quienes no quieran o no puedan adaptarse no entrarán en la nueva estructura productiva.

Sin monopolios sindicales ni resistencia al cambio tecnológico, el desempleo estructural sería ínfimo en economías libres. Pero capital, bienes y servicios transables, como trabajadores, no se mueven libremente. En mercados nacionales o multinacionales, más o menos cerrados, cada regulación, privilegio, y distorsión improductiva beneficiará a algún grupo de interés organizado. El agregado de todas, al poder de burócratas y políticos. Leyes contra la inmigración, aranceles proteccionistas y regulaciones discrecionales son barreras al libre comercio en todo el mundo.

 

El libre comercio nos favorece como consumidores. La especialización permite intercambiar aquello que produzcamos más eficientemente que otros, por lo que otros produzcan más eficientemente que nosotros. Clima, cultura, capital disponible, e instituciones son diversos. Intercambiar es compartir diversidad. Pero no vivimos en un mundo librecambista. Barreras bajan y suben al juego del poder político dentro y entre naciones. “El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás.” nos explicaba Frédéric Bastiat, que era librecambista. La abrumadora mayoría de intelectuales, políticos, educadores y artistas del entretenimiento, nos dicen ahora que los privilegios, grandes o pequeños, que benefician a unos a costa de otros son derechos. No extraña que todos resistan cambios que ataquen sus privilegios y se nieguen a competir sin ellos.

Los librecambistas como Bastiat no creían en los acuerdos de libre comercio. Lo que acuerden para regular el comercio internacional políticos y burócratas no será libre comercio entre las naciones. Los llaman de libre comercio, pero son acuerdos de comercio regulado. El libre comercio es unilateral y beneficia a toda la sociedad a costa de intereses concentrados. Es disruptivo para privilegios y regulaciones, exige libre mercado, impuestos bajos y un Estado eficiente. El libre mercado interno y externo traen prosperidad,  diversidad y eliminan la pobreza. No la desigualdad, que incrementa horizontalmente con mayor diversidad y verticalmente con grandes riquezas, sino la pobreza. La competencia por privilegios políticos en lugar de producir riqueza para todos, enriquece mucho a pocos y empobrece a muchos.

Desde que Michel Chevalier y Richard Cobden negociaron un tratado de comercio entre Francia e Inglaterra en 1860 –magnifico comparado con los actuales– los tratados de libre comercio, en el mejor de los casos, han sido uniones arancelarias que amplían mercados protegidos con arancel común. Luego introducen la estandarización regulatoria con que crecen burocracias nacionales y crean poderosas burocracias internacionales. Burocracias multinacionales politizadas que logran poderes soberanos, e imponen el consenso socialdemócrata y su agenda cultural. Hoy los tratados de “libre comercio” son complejos aparatos regulatorios de excepciones y cuotas para ventaja de intereses concentrados. Poder de burócratas y políticos.

El acceso a mercados amplios, incluso así, favorece a quienes queden dentro. Pero ni son libre comercio, ni representan otra cosa que un sistema multilateral de regulación político-burocrática comprometida a la agenda ideológica de las burocracias transnacionales. ¿Es mejor la alternativa? No. Que los tratados sean otro tipo de acuerdo de élites políticas contra el libre mercado, no hace al viejo proteccionismo bueno. Son dos males entre los que realmente no elegimos, caemos en uno u otro y lo hacemos mal menor o mal mayor.

Buen ejemplo es el Trans Pacific Partnership TPP. Nació como acuerdo entre Brunei, Nueva Zelanda, Singapur y Chile. La administración Obama lo impulsó buscando aproximarse al arancel común contra China. El esfuerzo estadounidense logró la incorporación de Australia, Malasia, Vietnam, Perú, Japón, Canadá y México a las negociaciones. La mayoría son Estados que tienen acuerdos regionales o bilaterales con EE.UU. Excluir a China de una unión arancelaria como esa es una maniobra proteccionista transparente. Retirar a los EE.UU. del TPP mientras se amenaza con incrementar los aranceles a productos chinos es otro medio al mismo fin.

En tales enredos burocráticos los riesgos políticos son enormes. La agresiva renegociación del Nafta por Trump confundió a la izquierda radical mexicana, hasta que notaron que el efecto político interno ha sido que su candidato, Lopez Obrador, subiera del tercer al primer lugar en las encuestas. Si los líderes del PRI y el PAN acordaran conjuntamente la mejor respuesta, México saldría fortalecido. Ni lo hacen, ni lo harán. Que Lopez Obrador transformase México en una gigantesca Venezuela en la frontera de los EE.UU. no es lo que busca Trump. Es parte de lo que arriesga renegociando complejos acuerdos mercantilistas para ajustarlos a su agenda política. El libre comercio juega en eso el mismo papel que jugó en la agenda con que negociaron esos acuerdos sus antecesores. Ninguno.

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