El socialismo es la máxima expresión de odio y desprecio por la humanidad

Toda libertad empieza en la conciencia de individualidad, a la que se reduce la última libertad posible

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El socialismo es la máxima expresión de odio y desprecio por la humanidad (L)

El socialismo únicamente produce miseria y destrucción. Y los socialistas lo saben. Por eso, y no otra cosa, luchan. Odian y desprecian a la humanidad a tal punto que ansían liberarla de sí misma, despojando a todos y cada uno de la libertad que nos hace humanos.

Hay tantas definiciones falsas de libertad como ideólogos enemigos de la libertad. Pero la libertad de un ser social, inteligente, capaz de racionalidad e individualidad compleja –eso es el ser humano– tiene dos aspectos; el hombre tiene o carece de libertad interior y/o de libertad en el orden social.

La segunda fue definida acertadamente por Hayek como “aquella condición de los hombres por la que la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo”, mientras la primera se puede definir incluso como primer y último signo de conciencia individual.

Una sociedad libre es aquella en la que la libertad interior se exteriorizará generalmente sin temor. Porque, como explica Lord Acton: “todo hombre estará protegido para hacer cuanto crea que es su deber frente a la presión de la autoridad y de la mayoría, de la costumbre y de la opinión”. 

Pero en una sociedad sin libertad en el orden social, la libertad interior será el más íntimo secreto. El que se desvanece hasta desaparecer en la obscuridad. O salta a la luz sin importar las consecuencias, como señala Solzhenitsyn en Archipelago Gulag:

“N. Stoliarova recuerda a su vecina de catre en Butyrki, en 1937, una anciana. La interrogaban cada noche. (…) ‘No vais a poder sacarme nada, aunque me cortéis a pedacitos. Porque tenéis miedo de vuestros superiores, tenéis miedo unos de otros y hasta tenéis miedo de matarme (perderían un eslabón de la cadena). ¡Pero yo no tengo miedo de nada! ¡Estoy preparada para presentarme ante el Señor aunque sea ahora mismo!”.

La convicción moral –con o sin fe religiosa– hace de personas comunes y corrientes héroes que se aferran a mantener, e incluso exteriorizar su libertad interior cuando la libertad en el orden social no existe. ¿Por qué llegan a sentirse obligados a exteriorizarla sabiendo que sufrirán lo peor por hacerlo? Pues porque la libertad interior terminaría por desaparecer en su permanente negación exterior. Y como el totalitarismo necesita la destrucción de toda libertad, entiende que quien controla lo que puede ser expresado terminará por determinar lo que pueda ser pensado.

Toda libertad empieza en la conciencia de individualidad, a la que se reduce la última libertad posible. Conocer y valorar la libertad interior es condición cultural indispensable de la libertad en el orden social. Por eso la grosera ignorancia regodeada en banalidad es intencionada y eficaz herramienta de adoctrinamiento totalitario. Que el totalitarismo pretenda controlar la esfera intima de sus súbditos le exige imponerse sobre cualquier fe religiosa en la que pudieran refugiarse. El totalitarismo debe ser, de suyo, religión única por y para el Estado.

Y el socialismo revolucionario es una religión maligna, que concluye necesariamente en el  desprecio absoluto por la vida. Como afirmó Mao en el congreso del PCCh del 17 de mayo de 1958: “No hay que hacer tanto alboroto por una guerra mundial. Lo peor que puede pasar (…) Que la mitad de la población desaparezca (…) ya ha ocurrido varias veces en la historia (…) Lo mejor sería que quedara la mitad de la población, lo siguiente mejor que quedara un tercio”.

Tras renunciar a su propia consciencia para adorar la absoluta inhumanidad a la que intencionadamente denominará “amor por la humanidad”, el fiel socialista ansiará martirizar todo lo que pueda someter de  humanidad real en nombre de una imposible liberación. Y será capaz de cualquier brutalidad, crueldad e indignidad que sirva a su revolución, sin límite, temor o remordimiento alguno.

Hayek nos explica que:

“La evolución de una tradición moral, que nos permitió construir un orden amplio de colaboración internacional, exigió la represión gradual de (…) la búsqueda de objetivos en común con nuestros semejantes; y fue posible por el desarrollo de una nueva moral que el hombre primitivo rechazaría. (…) fue la evolución de la propiedad, de los contratos, de la libertad de sentimiento con respecto a lo que pertenece a cada uno, lo que se transformó en la base de lo que yo llamo civilización”.

La relación causal entre propiedad y libertad no se limita al que la propiedad, y como mínimo la auto propiedad, sea la condición material que permita el ejercicio de la libertad –esclavitud es por definición negación de auto propiedad– sino que, como explicó Ayn Rand “negar los derechos de propiedad equivale a convertir a los hombres en propiedad del Estado. Quienquiera que se arrogue el ‘derecho’ de ‘redistribuir’ la riqueza que otros producen está reclamando el ‘derecho’ de tratar a los seres humanos como bienes de uso”.

El futuro prometido del socialismo siempre está en el pasado. Todo socialismo es un anhelo atávico de retorno a lo absolutamente primitivo. Y es maligno como ninguna otra idea porque aspira a deshumanizarnos hasta reducirnos al hombre nuevo que pretende. Hombre “nuevo” que sería moral e intelectualmente idéntico a la bestia pre humana de la que evolucionamos. Un salvaje que en su desconocimiento de la individualidad, era todavía incapaz de auto propiedad y con ella de libertad.

Sea que rechacen abiertamente la libertad como “prejuicio burgués” o denominen libertad a una  engañosa “liberación” que fue y será siempre la negación de la libertad en el orden social, lo que no pueden aceptar los socialistas es que “la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo”.

Para aceptarlo tendrían que “re-significar” arbitrariamente ese mínimo, no como lo indispensable para perseguir acciones antisociales contra personas y propiedades, sino como la criminal e inhumana coacción total, necesaria para intentar rehacer el orden social en función de sus atávicas pulsiones. Y denominar a eso “justicia social”.

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