La actual guerra cultural en los EE. UU. determinará el futuro de la libertad

La guerra cultural más importante en occidente es la que se libra por los corazones y las mentes de los estadounidenses de hoy y mañana.

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Los valores que hicieron grande a Estados Unidos penden de un hilo.
(Foto: EFE)

El resultado de las guerras culturales determina el de las batallas políticas a largo plazo. En una visión a largo plazo, la guerra cultural más importante en occidente es la que se libra por los corazones y las mentes de los estadounidenses de hoy y mañana. La primera potencia del planeta es a su vez la más libre entre las naciones denominadas «potencias». Pero las bases de la libertad –y del éxito económico, político y cultural– en los Estados Unidos están siendo atacadas hace tiempo desde dentro, mucho más y mucho mejor que desde fuera.

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Del filo totalitario, el radicalismo neomarxista que domina hoy sus universidades de élite, pasando por consenso izquierdista del grueso de su prensa, arte, industria del entretenimiento e intelectualidad, y la tendencia creciente al contubernio mercantilista entre políticos, burócratas y corporaciones aterradas ante la competencia, hasta la deriva socialista del partido demócrata y el crecimiento de su ultraizquierda marxista totalitaria, no es que no exista resistencia, sino que la que existe no pareciera tener clara la creciente, multiforme, descentralizada fuerza emocional profundamente irracional que enfrenta. No ven las profundas y extendidas raíces sino las más escandalosas ramas, por lo que en una visión a largo plazo las señales son ominosas.

Para entenderlo, es interesante revisar la historia de la que surgió la exitosa cultura política bajo artero ataque. En este caso, el momento crítico en que el Parlamento Británico asumió la soberanía, tornando su propio poder ilimitado en 1767. Esa soberanía parlamentaria es inmediato rehén de intereses organizados, y la ampliación del voto popular en lugar corregir ese mal lo profundiza. Hayek explica que los británicos fueron víctimas de la confusión de un principio de supremacía del poder del Parlamento sobre cualquier otro poder del Estado, con un principio de soberanía popular ilimitada, representada en él.

Los colonos proclamaron su independencia y se levantaron en armas para hacerla efectiva en defensa de la soberanía de la ley sobre el gobierno de los hombres de la que el Parlamento británico desertó en 1767. Sus propios parlamentos coloniales electos, proclamaban, eran las únicos que podían imponerles impuestos. Con un Estado débil en extremo, sus antepasados experimentaron con el autogobierno en las colonias en un grado que era simplemente inimaginable en las islas británicas, más aun en la Europa continental o en las provincias de la América española.

Ganada la independencia el constitucionalismo estadounidense se construye sobre las tradiciones de ley y gobierno de las colonias. No introducían derechos a través de la constitución escrita como una novedad, defendían los que estaban vigentes en el “common law” que habían evolucionado independientemente desde su contexto cultural británico. Sus antepasados no planearon e intentaron plasmar un sistema de libertades individuales. Las circunstancias concurrentes favorables permitieron que un orden espontáneo las estableciera en su contexto cultural. Las ejercieron primero y solo después reflexionaron sobre ellas.

Sus esfuerzos por establecer un gobierno limitado que garantizara las libertades individuales sin pervertirse en la tiranía (como había ocurrido en las republicas antiguas) dependía de mantener y profundizar la cultura política que resumió Thomas Jefferson al definir como: “libertad significa no tener obstáculos en la acción de acuerdo con nuestra voluntad, dentro de los límites dibujados alrededor de nosotros por la igualdad de derechos de los demás”.

La revolución americana fue un éxito, pero también lo fue (y lo sigue siendo en muchos sentidos) la contrarrevolución que debilitó sus bases en poco más de un siglo. Es fácil notarlo si los dos filósofos más influyentes en los EE.UU. en los últimos 100 años son John Dewey y John Rawls. El primero desdibuja la libertad al identificarla con el poder y proponer al socialismo como “fundamento material”.

Dewey estuvo entre los primeros en denominar “liberalismo” al socialismo cuando afirmó que “el liberalismo será una causa perdida por mucho tiempo si no se está dispuesto a ir más allá y socializar las fuerzas de producción, de manera que la libertad de los individuos venga respaldada por la propia estructura de la organización económica (…) ya que la libertad real depende de condiciones de trabajo social y científicamente estructuradas”.

En la medida que esas ideas prevalezcan,  transformarán a Estados Unidos, poco a poco, en otro inviable Estado del Bienestar –socialismo moderado no menos inviable que el socialismo radical– encarrilado hacia un eventual colapso de consecuencias imponderables. Llevarlo hasta sus últimas consecuencias exige ideas más peligrosas. Las que les permitan destruir finalmente toda limitación al poder de la tiranía democrática, para finalmente imponer el totalitarismo de minorías fanáticas trasformando la democracia que las entronizó en una pantomima incapaz de desalojarlas, es lo que buscan los socialistas democráticos para EE.UU. Y para el mundo entero.

De ello se ocupan hoy intelectuales y políticos neo marxistas filo-totalitarios y posmodernos, como Chomsky, Sanders y Ocasio-Cortez. Son cada vez más, y cada vez más influyentes. La resistencia es fuerte, pero es política de corto plazo. No ataca la raíz sino las ramas. Esto no interesa únicamente a los estadounidenses, por el papel que ocupan en el concierto de las naciones, importa a todos el mundo. Porque, nos guste o no, el gran poder ascendente alternativo es mucho más autoritario y emerge de pequeños ajustes en una tradición política brutalmente totalitaria.

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