El modelo político para recuperar Venezuela: ¿activación o restauración?

La libertad no se planifica. La libertad se permite, y no es mediante planes que se construye.

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(Flickr)

¿Qué tipo de modelo político necesitamos para recuperar del foso a la economía venezolana? La respuesta que demos a esa pregunta puede ser crucial para la suerte del país.

Si es verdad lo que dicen los gremios empresariales venezolanos, la destrucción de los activos productivos del país es inmensa en todos los sectores. Y se nota. El país no puede abastecerse de alimentos, tampoco tiene vitalidad manufacturera, el comercio se ha desplomado, y los servicios no cuentan con infraestructura para proporcionar servicios de calidad, ni clientes con suficiente capacidad adquisitiva para pagar su precio.

El país está arruinado, y sigue amenazado por una brutal fuga de talento, y una corrida inversionista que huye despavorida por la fatal presencia del socialismo marxista, sus obsesiones anticapitalistas, la impudicia con la que viola los derechos de propiedad y el desparpajo con el que censura a la prensa libre.

No hay reservas internacionales y ya vivimos los efectos de una valoración de riesgo atenta a los impagos de la deuda y las maromas “criptomonetarias” con las que el régimen quiere salir de su propio embrollo. Ni que decir del desasosiego inversionista que aporta la inseguridad ciudadana y el caos de un Gobierno que no quiere monopolizar la violencia. Todo es muy desfavorable. El colapso, para bien o para mal, está a la vuelta de la esquina, y es imparable.

Pero frente a la posibilidad de un colapso inminente surgen nuevas oportunidades para viejas tentaciones, fundadas en falacias ancestrales. Se trata de sustituir el socialismo fracasado por un esquema socialista sin oportunidades de tener éxito. De volver a esquemas que solo producen pobreza y desbalances entre un Gobierno demasiado fuerte y un ciudadano demasiado vulnerable. Y por eso vale la pena hacer un inventario de esos peligros.

1. El peligro de mantener el mismo modelo de estado socialista con atenuación socialdemócrata es un peligro. Me refiero a la aspiración de buena parte de los partidos del establishment venezolano, que quisieran ser los titulares de un Gobierno excedido en sus atribuciones, capacidades y posibilidades reales de financiación.

Ellos fácilmente caerían en la tentación de dejar indemne la infraestructura del socialismo, con sus empresas públicas, su déficit, la indisciplina fiscal y el oprobioso régimen de controles que impiden el florecimiento del sistema de mercado. Es la trampa tendida desde una transición que dice ser diferente, pero que es la misma trama corrupta, clientelar y necesitada de poder que nos hace a todos unos pobres sirvientes de los gobiernos.

2. El peligro de mantener vigente el modelo de estado patrimonialista, donde el Gobierno administra sin controles efectivos todos los recursos del país, dejando fuera del juego a la empresa privada. Los partidos que juegan a ser la alternativa al socialismo del siglo XXI no quieren discutir la titularidad pública de las fuentes de riqueza nacional.

Para ellos, es indiscutible que el petróleo, los minerales preciosos y las mal llamadas “empresas estratégicas” sigan en manos del Gobierno, entre otras cosas porque es una fuente inagotable de clientelismo a costa de hacer estructural la pobreza de los ciudadanos.

3. El peligro de mantener vigente el proteccionismo a las empresas privadas que se nutren marginalmente del modelo patrimonialista. Ellos pretenden administrar un país al margen de un régimen de competencia abierto. De esta forma protegen las cuotas de mercado para las empresas establecidas y, a la vez, impiden el despertar del ánimo inversionista. Con ellos seguirían condenando al país a tener la menor densidad per cápita de empresas, obligando a la economía a tener que disociarse entre un pequeño y exclusivo sector formal que se ve competido por un creciente sector informal.

El proteccionismo determina una economía bonsái, ratifica la supuesta necesidad de un Estado expandido y condena a las nuevas generaciones a la obligación de migrar buscando mejores oportunidades de desarrollo profesional, simplemente porque en las economías proteccionistas no generan suficientes empresas ni empleos productivos.

4. El peligro de intentar planificar la economía como supuesto incentivo al desarrollo empresarial. Ellos podrían caer en la estafa de la tecnocracia insulsa, que intenta meter la trampa de hacer pasar por buenas los que son realmente sofismas muy antiguos, refutados secularmente, pero que cada cierto resurgen de sus cenizas para intentar una “nueva economía” que glorifica el absurdo del control “social” de los negocios, de la planificación y del gasto deficitario que su intento significa.

Grandes ministerios de industria, comercio y agricultura, un banco central que nunca termina de entrar por el aro de la autonomía real, el manoseo de la moneda para financiar el populismo, son todos ellos viejos esquemas a los que se suman ahora las nuevas agencias reguladoras de servicios —como el caso de las telecomunicaciones—. Estas son instancias de dispendio presupuestario y entidades encubridoras de la ansiedad del control que se esconde bajo las vestiduras de grandes proyectos de “articulación y formación de conglomerados” de todo tipo, que bien pronto muestran su inutilidad, su imposibilidad, el despilfarro de los recursos y el mal uso de consultores y expertos que nunca son capaces de implementar alguno de sus proyectos obsesivamente calculados. La libertad no se planifica. La libertad se permite, y no es mediante planes que se construye.

5. El peligro de insistir en leyes laborales populistas, sectarias y antipatronales. La demagogia laboral, con aumentos de salario por decreto, regulaciones estrictas al mercado de trabajo, barreras de salidas muy onerosas y sobrecostos al empleo por imposición de “derechos adquiridos”, lo único que ha provocado y seguirá incitando es la destrucción masiva de los empleos privados, y si se quiere, mayores cargas para un Estado que no puede financiar ningún esquema de bienestar disociado del esfuerzo productivo de sus ciudadanos.

Ningún país requiere de la restauración del error y de la ruina. Está más que comprobado que las variaciones de intensidad del modelo socialista solo adelantan o retardan las consecuencias de una gran estafa. Si realmente se quiere activar la economía, hay que darle una oportunidad a la libertad.

Por eso, antes que pensar en planes sofisticados, hay que lograr lo básico, que si se obtiene, todo lo demás resulta prescindible: mercados libres y competitivos, libre convertibilidad de la moneda, mínimas regulaciones laborales, respeto por los derechos de la propiedad privada de los activos productivos, seguridad jurídica, seguridad ciudadana, acceso competitivo a los recursos del país, sin odiosas reservas patrimonialistas, sin competencia desleal de empresas públicas y monopolios estatales, y un Gobierno limitado a sus objetivos esenciales, con disciplina fiscal y sin expectativas de practicar el capitalismo de Estado. Activar la economía tiene una consigna: “Todo el mercado que sea imaginable, toda limitación al Gobierno que sea posible”.

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