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El progresismo resiste en las urnas electorales de América Latina

Por: Ángel Soto - @angelsotochile - Nov 3, 2014, 12:56 pm
progresismo
Evo Morales, líder emblemático del progresismo latinoamericano, ganó recientemente su tercer mandato presidencial. (Wikimedia)

EnglishLas recientes elecciones presidenciales en Latinoamérica hicieron pensar, a más de alguno, que el mapa político-ideológico —también llamado clima de opinión— del continente se movería desde la izquierda a la “derecha”. Error.

Se sembraron inquietudes, incertidumbres y sobre todo dudas, respecto de lo que podría estar ocurriendo con el progresismo en el continente basados en la esperanza de que en Brasil ganaría Aécio Neves; o que en Uruguay Luis Lacalle Pou lograría imponerse sobre su contendor Tabaré Vásquez, como así también el descenso en la popularidad de la presidenta chilena Michelle Bachelet, y el grado de rechazo hacia Cristina Fernández de Kirchner en Argentina.

¿Es eso realmente así? ¿Se ha visto comprometido el apoyo de la izquierda por parte de las bases? ¿Por qué los resultados de las encuestas dan empates “técnicos”, levantado ilusiones en un sector del electorado? ¿Es que acaso hay un cambio en el clima de opinión y la población de Latinoamérica se ha “derechizado”?

Por supuesto que no. Nada de eso. Aunque por un margen estrecho, Dilma Rousseff finalmente consiguió la reelección y hasta ahora —salvo ocurra algo inesperado, que en política puede pasar, especialmente en nuestra región— las cosas parecen indicar que será Tabaré Vásquez quien llegué nuevamente a la presidencia de Uruguay.

En un año electoral como este, lo cierto es que las noticias no fueron malas para el progresismo continental, pues ganó en todas las contiendas. Hace unos días, otro líder emblemático de la izquierda regional como Evo Morales avanzó hacia su Gobierno permanente en Bolivia; anteriormente lo hizo Rafael Correa en Ecuador; Salvador Sánchez en El Salvador; Juan Carlos Varela en Panamá y Luis Guillermo Solís en Costa Rica.

En Venezuela, Nicolás Maduro dio un paso importante al conseguir un asiento como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Mientras que en Cuba, pese a que hace 25 años cayó el Muro de Berlín, los hermanos Castro no se enteraron.

Finalmente, la Alianza del Pacífico: Chile, Perú, Colombia y México, si bien son un referente interesante y mucho más exitoso que el Mercosur, no son precisamente Gobiernos de “derechas”, con excepción del presidente Juan Manuel Santos. ¿Qué ha ocurrido entonces?

Mi opinión es que si bien hay un cierto descontento que se traspasó a las urnas, la opinión pública latinoamericana sigue apostando a la izquierda, a quien —por ahora— le perdona sus defectos y errores. En el caso de Dilma, le hizo pasar “un susto”, pero el mensaje puede ser “veamos si aprende la lección”.

Por otro lado, las “derechas” latinoamericanas no contribuyen en demasía a mover el clima de opinión a su favor. En algunos países, están enfrascadas en peleas internas y divisiones partidistas. En otros, se debaten sobre quién es más purista doctrinariamente; y en casi todos carecen de liderazgo. Mientras que en la mayoría del continente casi no son alternativa real. Se quejan de la supremacía de la izquierda, de su dominio, del control que ejercen sobre el discurso, el lenguaje y la cultura, pero nada hacen para contenerla. Al contrario, le facilitan el trabajo.

Quizás, tal como lo reconoció el entonces candidato presidencial Ricardo Lagos la noche del 12 de diciembre de 1999 que lo obligó a pasar a una segunda vuelta electoral, es tiempo que la izquierda escuche “el mensaje del pueblo”, y no malinterprete a la calle como hasta ahora lo está haciendo.

Eso puede significar la oportunidad para abandonar el discurso ideologizado, excluyente, intolerante y prepotente, que en algún momento pareció quedar atrás. Y tal como lo hicieron algunos sectores de la propia izquierda en los años 90, se retome la senda del crecimiento, de las reformas económicas necesarias basadas en la confianza en los privados, en los mercados, en los empresarios, inversionistas y en los consumidores —que contribuya a la credibilidad de la política económica, a la transparencia y al control del gasto público.

La historia de nuestro continente se mueve como un péndulo. Votos de castigo, como el que sufrió la Concertación en Chile en 2010 pueden repetirse una y otra vez, sin que eso signifique una “derechización” de la sociedad. Lo que sí pareciera ser claro es que, en este “escuchar a la gente”, las clases medias ya no estarán dispuestas a entregar cheques en blanco a los caudillos y gobernantes de turno. Han tomado conciencia de su poder, y en eso, no hay vuelta atrás.

Ángel Soto Ángel Soto

Ángel Soto es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Sociedad Mont Pelerin y catedrático en la Universidad de los Andes (Chile). Twitter: @angelsotochile.