La cultura del oprimido, la estrategia socialista para combatir al capitalismo desde adentro

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(Flickr)
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Tiempo atrás un fabricante de camisetas estampadas próximo a quebrar me preguntó qué haría en su lugar. Me temo que estamparles al Che Guevara con lemas como: ¡abajo el capitalismo! respondí. Desagradable, pero funcionó, comentaría meses después. No habría funcionado con frases reales del mitificado segundón de Castro. Dijo cosas como: “Los jóvenes deben aprender a pensar y actuar como una masa, es criminal pensar como individuos” o “El odio es el elemento central de nuestra lucha, un odio tan violento que impulsa al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndolo en una violenta y fría máquina de matar”.

Su mito es ya parte del marxismo cultural, un batiburrillo de creencias y ritos tardo-marxistas que hacen la identidad de la izquierda contemporánea. Tras el colapso soviético se impuso entre ellos el principio de Antonio Gransci: “Debemos adueñarnos del mundo de las ideas, para que las nuestras sean las ideas del mundo”. Gransci observó con la angustia de un creyente que ve tambalearse su fe, como de las condiciones propicias a la revolución en la Italia de entreguerras emergía el poder fascista en lugar del comunismo.

Mussolini, agitador socialista revolucionario, detectó que las clases oprimidas eran tradicionalistas y nacionalistas. Los trabajadores no respondieron a la conmoción apocalíptica de la primera guerra mundial como se deducía de Marx. Únicamente en la atrasada Rusia –a contramano de las profecías marxistas– tomaron el poder los comunistas. Si la gente era nacionalista y apegada a sus tradiciones, culturales y morales, el internacionalismo socialista y la “consciencia” de clase barriendo toda tradición, concluyó Mussolini, nunca atraerían a las masas y la revolución soviética sería un accidente irrepetible. Así, decidió que si las ideas del socialismo no eran las de la gente, replantearía al socialismo para las costumbres y sueños del común a través de grandes mitos nacionales. Movimientos revolucionarios socialistas y nacionalistas alcanzaron el poder y establecieron totalitarismos en Italia, Alemania y algunos países de Europa central. Para los marxistas fue un shock que únicamente superaron cuando una URSS que había entrado en la segunda guerra mundial como aliada del III Reich, salió como potencia vencedora de sus tempranos aliados y aliada de sus próximos enemigos.

Gransci teorizó darle la vuelta a la solución del Duce. No proponía adaptar el socialismo a la gente, sino adaptar a la gente a su socialismo. Y no desde el poder totalitario como pretendían los soviéticos, sino mucho antes de alcanzarlo. Creía que tomada la cultura, el resto caería por añadidura; los propagandistas soviéticos ya practicaban parte de lo que él teorizaría. La historia no les condujo del reino de la necesidad al de la abundancia. El comunismo trajo caos y hambruna forzándolos a copiar técnicas y prácticas capitalistas. Su economía fue una muy prolongada agonía hasta el inevitable colapso final, cuyas causas había explicado tempranamente Mises. El cambio revolucionario de “la infraestructura” –aparte de no producir abundancia, sino miseria– ni creaba automáticamente, ni facilitaba crear su  “correspondiente” superestructura de ideas, cultura y moral. El parto del hombre nuevo resultó un aborto de cinismo, crueldad y resignación.

El socialismo real siempre es gris, miserable, monótono y criminal. En mayor o menor grado. Pero, censura y propaganda mediante, se vende como un futuro brillante en el prospero occidente capitalista y su periferia subdesarrollada. Los marxismos heterodoxos –Gransci, Escuela de Frankfurt, etc.–  teorizaron, entre otras cosas, justificaciones para que, contra los fundamentos del materialismo histórico, la “superestructrura”, en jerga marxista: ideas y costumbres institucionalizadas, fuera causa de la “infraestructura”, es decir: medios y relaciones de producción. Los soviéticos entendían que la difusión de aquellas teorías en occidente y entre quienes ellos públicamente calificaban de “compañeros de ruta”, y menos públicamente de “tontos útiles”, era tan importante como su censura tras la cortina de hierro.

 

Una conspiración real se propone fines específicos y tiene duración limitada. No es fácil mantenerla en secreto. La mayoría de las conspiraciones fracasan por ser develadas. Una conspiración para dominar la cultura occidental sería imposible. De intentarse tropezaría con lo que impide el funcionamiento de las economías socialistas. No se puede planificar centralmente un orden espontaneo de tal complejidad. Por ello donde el socialismo impera, la cultura oficial es gris y mediocre y la cultura autónoma censurada y perseguida. En el mundo libre –y su periferia autoritaria– los soviéticos observaron que espontáneamente –fuera de su control y previsiones– se combinaban sus propios esfuerzos de agitación y propaganda, los tontos útiles, heterodoxas teorías comunistas censuradas en la URSS y la libertad de expresión y organización de occidente, en disruptiva agitación cultural que tendía a alinearse espontáneamente con ciertos intereses soviéticos. Y a debilitar los fundamentos intelectuales y morales del capitalismo. No podían controlarlo, apenas orientarlo ocasionalmente. Pero les entregó una inesperada victoria en una imprevista guerra por la mente y el corazón de occidente. La guerra geopolítica, tecnológica y económica que previeron y planearon, la perdieron.

La diversa izquierda actual, cuyo núcleo ideológico común sería ese “marxismo cultural” imagina al  “proletariado” como la mística suma de todos los oprimidos, reales o imaginarios; no solo económicos, sino raciales, de género, religiosos, ambientales, etc. Y al capitalismo, como otro místico agregado de todos los reales o supuestos opresores.

  • Entender que el mito del socialismo dependía de prevalecer en el mundo de la ideas.
  • Apostar a que una vez que la idea socialista prevaleciera entre los intelectuales, se extendería al arte, entretenimiento y cultura popular hasta hacerse “sentido común”.
  • Ver que casi cualquier conflicto podría ser redefinido, simplificado y sumado a “las causas”, e instrumentalizado en la gran causa de la destrucción del capitalismo.

Es lo que quedó y prosperó como socialismo revolucionario tras el colapso soviético. Algo que el poder soviético no planeó y que sus estrategas vieron como secundario en su agitación y propaganda. Pero que resultó el único huevo de aquélla serpiente muerta en eclosionar como una amenaza interna a la civilización occidental. Hasta ahora.

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