Por qué el desarrollo no puede decretarse ni legislarse

América Latina sigue representando “opresión", incluso en las muchas “transformaciones” que con constructivista espíritu revolucionario pretenden crear.

357
Los caudillos han sido modernizadores y primitivos, conservadores y revolucionarios, de izquierda y derecha. (Fotomontaje PanAm Post)

En un triste y monótono feriado –pues fuera del país de fantasía de la propaganda, aburrido silencio impone la destrucción material y moral en la absurda miseria socialista– pude releer Rumbo a la libertad de Álvaro Vargas Llosa, libro del 2005 que me resultó de notable actualidad.

Para explicar por qué fracasaron en Hispanoamérica las reformas “neoliberales” –moderada apertura comercial, puntuales privatizaciones y disciplina fiscal– Vargas Llosa las ubica en un marco histórico, económico y cultural amplio. Es significativo el marco histórico que cuenta el subtítulo How to Undo 500 Years of State Oppression (Cómo deshacer 500 años de opresión estatal) de la edición en inglés, Liberty for Latin America. Pero no el de la edición en español, Por qué la izquierda y el “neoliberalismo” fracasan en Latinoamérica.

Significativo porque el libro no se limita al fracaso de políticas de la izquierda cepalista que prevalecieron en el subcontinente de los 60 a los 80 –y algunos aplicaban desde los 30, sin necesidad de teoría de la dependencia– que forzó las limitadas reformas “neoliberales” de los 90. Otro fracaso continental (con apenas una excepción) dando paso al Foro de Sao Paulo con el socialismo del siglo XXI. Sino que, con el descarnado realismo de un Carlos Rangel, parte de identificar las debilidades hispanoamericanas que a largo plazo son causas reales –no míticas justificaciones intelectuales– de la creciente riqueza de aquélla Angloamérica al norte (EE. UU. y Canadá) y la recurrente pobreza de esta Hispanoamérica, al sur del Rio Grande.

En 2005, el proyecto del socialismo del siglo XXI crecía. Hoy es otro inocultable fracaso. Hambre, miseria y totalitarismo en Venezuela. Escándalos de corrupción y derrotas electorales en toda Sudamérica. En busca de un punto de inflexión en México y/o Colombia para recubrirse de nuevo disfraz y lanzarse a la reconquista del subcontinente.

Para este Vargas Llosa, hijo del nobel de Literatura, también periodista y autor –no de ficción literaria, sino de ensayo político y económico– las causas de que en Hispanoámerica sea tan frágil, incluso lo que su compatriota peruano y teórico del derecho, Enrique Ghersi denomina “estado de legalidad” y ausente un Estado de derecho, sería que del comienzo de la conquista española, e incluso antes de la expedición de Colón, hay recurrencia a largo plazo –y con ello institucionalización– de cinco hábitos perniciosos: corporativismo, mercantilismo estatal, privilegio, transferencia de riqueza y ley política.

Hábitos que explicarían cómo en Hispanoamérica los caudillos han sido modernizadores y primitivos, conservadores y revolucionarios, de izquierda y derecha. Y sus proyectos grandilocuentes –incluso los que en algún momento lograron legalidad y paz, permitiendo cierta prosperidad– fracasaron a largo plazo. La institucionalidad forzada no prevaleció. La fatídica institución que sí prevaleció sobre todo fue el caudillismo. Y es el caso que está entre nosotros, como señala Vargas Llosa,

“Democracias se comportan como dictaduras (…) empresas privadas como burocracias gubernamentales (…) las leyes y las constituciones equivalen a ficción (…) personas reales se ven obligadas a pasar la vida luchando por sobrevivir en entornos hostiles”.

América Latina sigue representando “opresión”, incluso en las muchas “transformaciones” que con constructivista espíritu revolucionario pretenden crear –o importar por artificio de copy paste de legislaciones– instituciones, para terminar apenas, en el mejor de los casos, en “reorganización de las élites y los intereses del poder”. Lo contrario, lamenta Vargas Llosa, a la revolución Americana de EE. UU. Continuidad de una larga tradición jurídica y política –evolucionando de la tradición británica– que en las colonias se levantó en armas contra Londres, no para “establecer”, sino para defender los derechos establecidos de los colonos “como ingleses” con sus propias y autónomas legislaturas.

Y recuerda Vargas Llosa que a pesar de deberle sus éxitos como nación, abandonó eventualmente EE. UU. gran parte de esas bases filosóficas, para dejar de lado el Gobierno limitado. Con el auge del progresismo tras la Primera Guerra Mundial, se inician los experimentos constructivistas del intervencionismo político estadounidense. Y su cómplice correlato en élites hispanoamericanas. El peor –al norte y sur del Rio Grande–, una absurda repetición de algo que viene fracasando desde 1789. La fallida guerra a las drogas.

Como no se trata de copiar a EE. UU. –ni en lo malo, como se ha hecho frecuentemente, ni en lo bueno como ocasionalmente se intentó sin demasiado éxito–, sino de encontrar un camino propio hacia hábitos que como costumbres institucionalizadas hacen el éxito del capitalismo, en todas y cada una de las diferentes –distintas y distantes– culturas que han logrado adoptarlo. Tras explicar lo que salió mal en los ochenta y noventa, propone Vargas Llosa un camino realista –alejado del espejismo de incompletos programas simplificados por cualquier voluntarismo constructivista– para adelantar integrales reformas liberales.

Su clave es efectivamente la profunda reforma institucional, jurídica y política. Un giro al Estado de derecho, libertad y propiedad. A las bases de una apertura al mercado, asumida en su mayoritario interés por los propios hispanoamericanos, especialmente los más pobres. Porque, en la tradición de Hayek, nos advertía Vargas Llosa en 2005, el problema ha sido –y sigue siendo– que “El desarrollo no puede decretarse ni legislarse” porque “Las instituciones de la civilización han resultado de un largo proceso evolutivo, no de un diseño deliberado”. En un libro que me resulta de actualidad porque el socialismo del siglo XXI –logre o no el segundo aire que busca– perderá el poder donde no alcance el totalitarismo. Y colapsará –tardía pero inevitablemente– donde lo establezca.

Así que dudosa o tímidamente para algunos hoy, indudablemente para todos, tarde o temprano llegará el tiempo de orientarse al libre mercado. Alguna vez quizás sin repetir viejos errores.

Comentarios