Maduro, Guaidó y la vida útil de las amenazas

Las amenazas tienen una limitada vida útil, algo que Juan Guaidó parece ignorar en su arremetida contra el régimen de Maduro.

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Las amenazas sin sustento pierden credibilidad.
(Foto: EFE)

Por Emmanuel Rincón *

Maquiavelo decía que para permanecer en el poder era indispensable saber administrar bien las crueldades, en eso sin duda alguna Nicolás Maduro ha sido muy eficaz.

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La política es un compendio de relaciones sociológicas, que a su vez se nutre de factores psicológicos individuales de sus protagonistas principales.

Las amenazas tienen una vida útil, esto aplica en todos los campos de las relaciones humanas y sociales; desde las relaciones sentimentales (cuando la mujer dice «ya, esta es la última o se acaba») e incluso en las relaciones comerciales  (cuando el proveedor desafía «ya, o me pagas o vamos a la corte»). Algo similar ocurre con las relaciones políticas.

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Una amenaza, no obstante, debe ser sostenida a efectos de no perder validez, de no derivar en puro palabrerío. Ante la falta de acciones, terminan por disiparse, pierden su poder de coerción.

Haciendo un símil con el pugilismo, hoy la organización criminal liderada por Nicolás Maduro, es el boxeador que se atrinchera en una esquina del cuadrilátero, esperando tomar aire, respirar, coger vida de nuevo, y escapar al asedio de su contrincante. Puede caer a la lona, pero si el conteo no llega a diez, no ha perdido. Entonces, se pone de pie, vuelve a la batalla, su oponente le tiene compasión, lo golpea, le da un gancho de izquierda, otro de derecha, está sangrando, pero no termina de darle el KO. En la epopeya ese boxeador es capaz de tomar fuerza de donde no la tiene, para que a pesar de la adversidad y de que sus opciones de triunfo se hayan disminuido considerablemente, pueda enviar un gancho directo al rostro y desencajar la quijada de su adversario. ¡Sorpresa!, dejaste respirar a tu enemigo, no lo terminaste de eliminar, lo dejaste deambular por el cuadrilátero, y ahora ha sacado un golpe mágico que te ha tumbado.

El “todas las opciones están sobre la mesa”, ha pasado a convertirse en la versión moderna de “el tiempo de Dios es perfecto”: frases que en la emotividad inicial generan un respaldo masivo, pero que ante la ineficiencia de desempeño en el tiempo, empieza a generar repudio en la sociedad.

Es difícil precisar quién es el responsable de que las amenazas de una acción contundente, o la aplicación de la fuerza militar no se hayan concretado. Cada país defiende sus intereses, por más que la situación de Venezuela sea desesperada, la intervención militar unilateral o multilateral, no es una decisión exclusiva de Juan Guaidó. De hecho, probablemente en el compendio de mandatarios con la potestad de tomar esta decisión, es quizás de los que menos peso tenga, porque lo importante es que Iván Duque esté dispuesto a prestar su territorio y componentes militares para iniciar una campaña; o que Donald Trump termine de derrumbar a sus adversarios en el senado y la media para poder enviar los marines, y que Jair Bolsonaro sencillamente se decida.

Lo cierto es que el chavismo es la reconstrucción política de Floyd Mayweather: es ágil, es rápido, medidor, estratégico, en vista de su fuerza inferior evita la confrontación directa, corre por el cuadrilátero, y solo lanza un golpe cuando se percata de que no hay forma de que falle.

La detención arbitraria de Roberto Marrero es otra prueba más de que en el juego político los chavistas no son unos novatos, sopesaron las amenazas, se acuartelaron, evitaron meterse con el presidente interino ante la presunta acción de los Estados Unidos. Tomaron aire, prestaron atención a las declaraciones del Grupo de Lima donde indicaban que la intervención militar estaba descartada, vieron con el tiempo que tenían margen de maniobra, y arremetieron contra el círculo cercano de Juan Guaidó. ¿Por qué lo hicieron? ¿O para qué lo hicieron? Fue simplemente una acción que buscaba medir una respuesta, su intención no era otra que sopesar el discurso del gobierno norteamericano, hoy día ya tienen una respuesta, quizás no una definitiva, pero se van armando una idea.

La vida útil de las amenazas ya expiró, no importa que la comisionada Bachelet haya dicho en su informe de la ONU que Venezuela atraviesa una crisis humanitaria. No interesa que los gobiernos de la región desconozcan al régimen ni que el Departamento de Estado Americano siga imponiendo sanciones contra el aparato dictatorial. Ellos siempre encontrarán una forma de financiación (narcotráfico), siempre tendrán a la mano mecanismos de manipulación ideológica y audiovisual, siempre van a evadir la realidad, y al menos que la fuerza los obligue a dejar de hacerlo, no van a parar en su acometido de destruir las vidas de 30 millones personas, con tal de ellos no caer en desgracia.

El ring se empequeñece y queda reducido de pronto a dos protagonistas: Trump y Maduro. Todo se resume a si Trump quiere emplear la fuerza o no. De ser así, el dictador solo puede sucumbir, pero para que ello ocurra, primero hay un trance diplomático que debe resolverse en el norte.

Un grupo opositor comandado por Antonio Ledezma y María Corina Machado insisten en la aplicación del artículo 187, numeral 11. Luis Almagro desde la OEA proclama la activación del R2P, lo cierto es que esto dejó de ser un asunto jurídico, y se reduce tangiblemente a lo político y social, lo único que importa es, ¿quiere Donald Trump acabar por la fuerza con Maduro?

De momento, sus amenazas se quedaron sin aire. Si realmente quiere quebrar a la dictadura, va a tener que actuar.

*Emmanuel Rincón es abogado y escritor venezolano, autor de cinco novelas, con un grado en Modern Masterpieces of World Literature de Harvard University.

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